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La política de “no lo ofreces, no lo recibes” aliviaría la escasez de organos
5/5/2002
Marisa McNee

Dos años atrás, mientras padecía de una colangitis esclerosante primaria (la misma enfermedad que en 1999 mató al jugador de los Chicago Bears, Walter Payton), a Chris se le realizó un transplante de hígado que le salvó la vida. Su historia resulta inspiradora acerca de la fortaleza, de la perseverancia y del regalo de la vida. Pero la misma sirve también como un austero recordatorio de cuántas personas no son tan afortunadas.

Miles de personas mueren cada año mientras aguardan por una donación de órganos vitales. A medida que la tecnología médica aumenta el número de potenciales receptores, la escasez de órganos empeora y la lista de espera se torna más larga.

La política que produjo este penoso resultado ha estado en vigor desde que los transplantes de riñón se volvieron factibles por vez primera allá por los años 50. La misma fue incorporada a la legislación bajo la Ley Nacional del Transplante de Organos de 1984, la cual declaró ilegal a la compra o venta de órganos humanos. Desde entonces, el sistema de obtención de órganos de la nación ha recaído exclusivamente en la buena voluntad como el factor motivador para los donantes de órganos.

Pero la buena voluntad por sí sola nunca ha producido la suficiente cantidad de órganos que satisfaga a la demanda. A pesar de que la donación de órganos se incrementó en un 10 por ciento durante la década pasada, el número de individuos que precisan de un transplante aumentó en un 30 por ciento.

Que la actual política haya persistido por tanto tiempo es un ultraje moral. Incluso sus defensores tienen dificultad para sostener que la política es exitosa. En su lugar, argumentan que las alternativas basadas en el mercado, tal como la de la compensación por los órganos, no son éticas y desalientan a los actuales “dadores.”

Más atroz es la circunstancia de que los partidarios del sistema actual defiendan su continuación basándose en principios humanitarios. ¿Qué tiene de tan humanitario el hecho de permitir que la gente continúe muriéndose mientras espera por los transplantes, tan solo para que podemos sentirnos bien acerca del acto de “dar”? Claramente no somos lo suficientemente generosos si aproximadamente 6.000 personas fallecen anualmente, mientras cerca de otras 79.000 son relegadas a las listas de espera.

Recientemente, la comunidad médica ha empezado a recomendar la compensación para la donación de órganos como un remedio para la escasez. La American Society of Transplant Surgeons ha apoyado ya el pago por los órganos cadavéricos. Y la cámara de delegados a cargo de la American Medical Association (AMA conforme su sigla en inglés) se reunirá en junio en Chicago a fin de votar sobre un programa piloto que probará los efectos de distintos motivadores, incluido el pago, para la donación de órganos cadavéricos.

Quienes apoyan la creación de un mercado para los órganos, están convencidos de que los incentivos financieros son al única manera de terminar con el déficit, mientras que los defensores del sistema actual-segmentos de la comunidad médica y quizás la mayoría de los estadounidenses-se sienten aún incómodos con la idea de pagar por los órganos donados.

Pero el dinero y la buena voluntad no son los únicos incentivos disponibles. ¿Qué hay respecto de la auto-responsabilidad?

Bajo el sistema actual, el público en general no asume ninguna responsabilidad a fin de mantener la oferta. La United Network for Organ Sharing, el grupo sin fines de lucro que coordina los transplantes para el gobierno federal, actualmente toma la posición de que los órganos son un “recurso nacional,” lo cual significa que el acceso a los órganos se encuentra enteramente separado de la oferta de órganos. En otras palabras, los no-donantes tienen tanto acceso al fondo común de órganos como los donantes.

En virtud de que no existen consecuencias por negarse a donar, no sorprende que tanta gente elija no suscribir una tarjeta de donante. En el presente, los costos o los beneficios de acordar ser un donante no se diferencian en nada de los de un no-donante. ¿Por qué no adoptar una política de “no lo ofreces, no lo recibes” tal como la propuesta por el economista Alexander Tabarrok ?

En el nuevo libro, Entrepreneurial Economics, Tabarrok sostiene que el hecho de otorgarle prioridad para los transplantes de órganos a aquellos que han acordado ya donarlos, genera un incentivo para firmar una tarjeta de donante de órganos (e impone una sanción para aquellos que no la rubrican), incrementando así el número de órganos para transplantes.

Además, una política de “no lo ofreces, no lo recibes,” aliviaría a la mayoría de las preocupaciones existentes. La misma incrementaría la oferta sin “reducir a los seres humanos a una mercancía,” y le permitiría a aquellos que donan simplemente sobre la base de su buena voluntad hacerlo sin ser obstaculizados por la obligación de la compensación.

Los niños calificarían automáticamente para recibir órganos hasta que alcancen la edad en la que pueden prestar su consentimiento. Y aquellos que se negaron a suscribir sus tarjetas de donantes aún calificarían como receptores en caso de un sobrante de órganos. Si los estadounidenses permanecen temerosos acerca de la compensación en materia de órganos, entonces una regla de “no lo ofreces, no lo recibes” sería una solución justa y razonable para el actual faltante de órganos.

Traducido por Gabriel Gasave




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