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La moderación militar a gran escala podría funcionar
11/8/2010
Ivan Eland

Después de disparar sin parar durante años en Afganistán e Irak, las fuerzas armadas de los EE.UU. tuvieron que replantearse—de la manera más difícil—las lecciones que habían quedado olvidadas de la debacle en Vietnam. Como en Vietnam, los militares estadounidenses en Irak y Afganistán emplearon inicialmente masivas cantidades de tecnología y poder de fuego para golpear contra las fuerzas guerrilleras enemigas, tan sólo para alienar aún más a las poblaciones autóctonas, ya muy descontentas con la ocupación extranjera, al matar también a muchos civiles. En la guerra de guerrillas, a diferencia de la guerra convencional entre ejércitos multitudinarios, ganar el apoyo popular es clave porque las guerrillas emanan de, se esconden entre, y obtienen apoyo de los pobladores locales.

Y como en Vietnam, las fuerzas armadas de los EE.UU. en Afganistán e Irak eventualmente aprendieron el valor del hecho de proteger a la población, lo que se denomina guerra de contrainsurgencia, en lugar de simplemente matar a un gran número de combatientes enemigos y civiles. El General David Petraeus, entonces comandante de las fuerzas de los EE.UU. en Irak, y otros oficiales militares estadounidenses acudieron al rescate en Iraq mediante la implementación de una estrategia de contrainsurgencia que fue más política que militar. La estrategia más moderada involucró la limpieza de insurgentes del territorio, la utilización de las fuerzas locales iraquíes para mantener la posición, el restablecimiento de la gobernabilidad, el soborno a la oposición para que no combatiese, y el percatarse de que la insurgencia es causada a menudo por agravios legítimos. Ahora comandante en Afganistán, el General Petraeus está empleando este mismo enfoque “más suave y gentil” allí.

En Vietnam, los Estados Unidos aprendieron demasiado tarde que sólo un enfoque más moderado podía funcionar. En Irak, la estrategia—especialmente los sobornos—lograron convertir a las tribus sunitas de enemigas de los EE.UU. en adversarias de al-Qaeda. Sin embargo, el enfoque no lidió con la probabilidad de que en el largo plazo se produzca una guerra civil étno-sectaria entre los sunitas, chiitas y kurdos una vez que las fuerzas de los EE.UU. sean reducidas o retiradas. En Afganistán, la estrategia más moderada tiene una mejor oportunidad de ganar “los corazones y las mentes” y estabilizar la situación que la masacre basada en el poder de fuego, pero tan sólo tiene unos cortos dieciocho meses para hacer magia y no ha sido rápidamente efectiva en su arranque. En julio de 2011, los Estados Unidos comenzarán a retirar sus fuerzas de Afganistán y la estrategia cambiará hacia la matanza de insurgentes, según las declaraciones del General James N. Mattis, comandante del Comando Central de los EE.UU. y el nuevo jefe de Petraeus.

Pero el interrogante más importante es el de sí un enfoque más moderado, que ha demostrado ser prometedor como estrategia en distintos teatros de guerra, podría o no funcionar como una gran estrategia nacional mejor. Todavía están aquellos que abrazan la tradicional cultura militar de los EE.UU. de la guerra total, la rendición incondicional, y el empleo de metales pesados (remontándonos a Ulysses S. Grant) que se encuentran chillando que Petraeus está poniendo en peligro la vida de los soldados estadounidenses al restringir el uso del poder de fuego masivo, pero los defensores de la contrainsurgencia han ganado la partida porque obtuvieron mejores resultados en Vietnam e Irak que los alcanzados por las huestes del fuego y el azufre. ¿Pero por qué este replanteamiento estratégico a nivel del teatro de batalla no ha logrado alcanzar el nivel nacional? El rotulo de “debilucho” todavía es adosado al hecho de abogar por una aproximación estadounidense más moderada al mundo en vez de continuar con la agresiva guerra global contra el terror (aunque ya no la llamemos así).

Cualquiera que examine alguno de los discursos de Osama bin Laden o preste atención a las declaraciones de otros terroristas islámicos—nada de lo cual hace alguna vez la mayoría de los políticos o periodistas—concluirá que la ocupación extranjera de territorios musulmanes por parte de no musulmanes es de lo que se trata el lamento primario subyacente. El gobierno de los EE.UU., cuando observa atentamente el abismo del fracaso en un teatro de operaciones particular, puede aceptar los intentos locales no machistas de “ganar los corazones y las mentes”, así que entonces ¿por qué no puede ser lo suficientemente introspectivo como para ver que el entremetimiento y las ocupaciones extranjeras a fin de librar la guerra contra el terror en todo el mundo en realidad ha empeorado los problemas del radicalismo islamista y el terrorismo? En cambio, los Estados Unidos deberían tratar de ganar los corazones y las mentes en el mundo musulmán poniéndole fin al involucramiento en lugares como Yemen y Somalia y retirando rápidamente las fuerzas de Irak y Afganistán. El terrorismo es un crimen y debería ser combatido primariamente con la inteligencia y los recursos de la aplicación de la ley. Como última medida, si la acción militar es inevitable, deberá hacerse sin un poder de fuego masivo o intrusivo ni el involucramiento u ocupación extendida sobre el terreno. Si la moderación militar puede funcionar en el nivel del teatro de operaciones, puede hacerlo también como una gran estrategia nacional.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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