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Todavía no estamos a salvo en Irak
26/3/2010
Ivan Eland

Pese a la asombrosa nota de tapa de Newsweek anunciando “Victoria por fin”, los resultados de las elecciones iraquíes podrían desestabilizar al país, tal como lo hicieron hace cinco años.

En 2005, los resentidos sunitas boicotearon la votación y recurrieron a la violencia durante y después del largo interregno en el cual las facciones iraquíes reñían y negociaban para formar un gobierno. Afectados por la escasa representación en el Parlamento iraquí como consecuencia de su boicot, en esta oportunidad los sunitas participaron. De modo tal que todo debería resultar mejor, ¿no es cierto? Es probable que.

No obstante la apariencia de que existen múltiples agrupaciones electorales etno-sectarias, los iraquíes aún votan en su gran mayoría por sus líneas etno-sectarias. Una potencia extranjera que imponga a punta de pistola un sistema foráneo de democracia siempre enfrentará diversos problemas importantes en un país como Irak. Todos esto tiene que ver con subyacentes fuerzas de la sociedad que socavan la superestructura de la democracia, tornándola artificial.

La primera es que la historia demuestra que la democracia tiene más probabilidades de sobrevivir en países que han alcanzado un cierto nivel económico y desarrollado de ese modo una poderosa clase media. Iraq—víctima de las sanciones económicas más aplastantes en la historia del mundo, tres guerras devastadoras desde 1980 y una rebelión etno-sectaria hasta donde el ojo puede ver—ha visto a su economía desplomarse más allá del punto en el cual es factible que la democracia resulte sostenible.

Las segunda es que Iraq, desde que se independizó de la dominación británica, ha estado en gran medida gobernado por una serie de dictadores, el último de las cuales fue Saddam Hussein. Como quedó demostrado por la invocación del Primer Ministro Nouri al-Maliki de su título de Comandante en Jefe de las fuerzas de seguridad iraquíes y su exigencia de un recuento electoral (incluso antes de que los resultados oficiales fuesen anunciados), la cultura política de Iraq sigue siendo una de amenazas, intimidación y acusación. Esta es una circunstancia que no puede ser modificada tan sólo mediante la celebración de unos cuantos comicios.

Tercera y más importante, las fisuras etno-sectarias en el país hacen casi imposible que un sistema federal de gobierno sea exitoso. Un sistema así requiere de una estrecha cooperación entre los niveles nacional, provincial y local, algo que es muy difícil cuando los grupos luchan por el poder en todos los niveles sobre una base étno-sectaria. Una confederación muy autónoma y más descentralizada podría ser una mejor forma de gobierno para un Irak fracturado.

Los resultados de las recientes elecciones indican una carrera muy reñida entre la facción del Primer Ministro al-Maliki, que estuvo apoyada principalmente por los chiitas, y el grupo de Ayad Allawi, que fue respaldado primariamente por los sunitas. Dado que el voto de la mayoría chiita ha estado dividido, es posible que Allawi pueda intentar formar el próximo gobierno. Si eso sucede, los chiitas y los kurdos—largamente oprimidos por la minoría sunita—podrían anticiparse a esa recurrencia y reaccionar violentamente.

Si en cambio fuese al-Maliki quien termina tratando de formar un gobierno, los sunitas entonces podrían volver a sentirse políticamente marginados, reiniciando su insurgencia. Además, declaraciones indican una fuerte presencia del grupo chiita radical y anti-estadounidense Muqtada al-Sadr, que también podría generar un grave problema para al-Maliki dado que éste ayudó a reprimir a las milicias de al-Sadr en Basora y en otras partes. Los kurdos—actualmente menos unificados—son el comodín.

Por último, no importa qué coalición final termine por controlar el gobierno iraquí, la reñida elección podría significar otro prolongado interregno antes de que ese agrupamiento negociado se gelifique. La brecha podría ser llenada con más antagonismo étno-sectario.

De esta forma, es demasiado pronto para que la elite estadounidense se congratule a sí misma de que la democracia finalmente ha quedado solidificada en Irak. La derrota podría no obstante ser arrebatada de las fauces de la victoria después de que las fuerzas de los EE.UU. se marchen, e incluso antes si los últimos comicios resultan tan desestabilizadores como lo fueron los de 2005.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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