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Más sanciones contra Irán no son la solución
24/3/2010
Ivan Eland

En virtud de que el intento del Presidente Barack Obama de seducir a Irán para que abandone su programa nuclear ha terminado en un fracaso para nada sorprendente, actualmente está tratando de acrecentar la presión sobre el régimen al encabezar los esfuerzos para aumentar las sanciones económicas internacionales. Sin embargo, incluso si se lograra con éxito que Rusia y China estén de acuerdo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, las medidas probablemente no tendrán éxito en la consecución de su objetivo declarado.

La historia de las sanciones económicas ilustra que pueden ser al mismo tiempo exitosas y sin embargo no muy eficaces. Las sanciones son por lo general exitosas en el país o países que las imponen. Son utilizadas para demostrar más determinación hacia un país recalcitrante que una palmada diplomática sobre la muñeca, pero no llegan tan lejos como una acción encubierta o un ataque militar. Las sanciones son el punto medio de la protesta cuando la diplomacia es percibida como demasiado débil y las acciones encubiertas y militares son percibidas como demasiado peligrosas o excesivas. También satisfacen al electorado político interno que está demandando acción.

Sin embargo, desafortunadamente los efectos económicos y políticos de las sanciones económicas sobre el país destinatario de ellas rara vez alcanzan sus nobles objetivos. Las sanciones, si son lo suficientemente severas, pueden corroer económicamente al interrumpir por completo las transacciones comerciales y financieras—por ejemplo, las sanciones más multilaterales y amplias en la historia del mundo contra el régimen de Saddam Hussein antes de la primera Guerra del Golfo para intentar desalojar a los invasores iraquíes de Kuwait. No obstante, con el tiempo, la historia demuestra que el hecho de hacer trampas con las sanciones se incrementa drásticamente en la medida en que se vuelve rentable para las empresas y los países obtener mayores dividendos mediante la evasión de las restricciones sobre el comercio. Así, en el largo plazo, el efecto económico real es simplemente el de aumentar el costo de las transacciones comerciales y financieras en el país objeto de las medidas.

Estos mayores costos castigan a la nación en cuestión, pero ¿alcanzan por lo general las sanciones su objetivo político previsto? Una vez más, el caso iraquí es ilustrativo. Incluso en el caso extremo de sanciones devastadoras y amplias (al menos en el corto y mediano plazo) a nivel mundial, Saddam Hussein se negó a abandonar Kuwait hasta que fue desalojado por la fuerza militar. Además, este objetivo de las sanciones era más modesto que la exigencia de que el país objeto de ellas abandone un programa nuclear, el cual es percibido como vital para su seguridad, o incluso tratar de lograr un cambio de régimen.

Y en el caso de Irán, no queda en claro cuál de estos dos objetivos más ambiciosos pretenden alcanzar las sanciones multilaterales, pero graduales y selectivas. Las tres anteriores rondas selectivas de sanciones multilaterales estaban dirigidas hacia el objetivo de conseguir que Irán suspendiese el enriquecimiento de combustible nuclear. Sin embargo, el hecho de restringir que más y más científicos iraníes viajen al extranjero y la exhortación a los países para que interrumpan el comercio con Irán difícilmente logrará este ambicioso objetivo. Recientemente, sin embargo, la Secretaria de Estado Hillary Clinton ha acusado a las fuerzas militares de la Guardia Revolucionaria iraní de convertir a Irán en una dictadura militar y habló de un objetivo aún más grandioso para cualquier aumento incremental de las sanciones multilaterales—socavar este corazón del régimen.

No obstante, la historia de las sanciones indica que atacar quirúrgicamente al régimen y el mismo tiempo evitar dañar a personas inocentes es casi imposible. El régimen usualmente redirige el padecimiento de las sanciones alejándolo de las fuerzas de seguridad y colocándolo sobre las espaldas de los ciudadanos de a pie (tal como hizo Saddam Hussein), causando un efecto de “marcha alrededor de la bandera” contra las naciones que imponen la sanción. En una época en la cual el régimen autocrático de Irán se está debilitando debido a las protestas electorales, los Estados Unidos y la comunidad internacional deberían ser cautos respecto de brindarle al gobierno iraní una amenaza exterior contra la cual se congregue el apoyo interno.

En virtud de que Rusia y China, con sustanciales conexiones comerciales con Irán, siempre arrastran sus pies sobre nuevas sanciones contra ese país, es cada vez más probable que la próxima ronda incremental de sanciones tendrá que ser suavizada—como lo fue la última ronda en 2008. Incluso si nuevas sanciones son eventualmente impuestas, Irán puede continuar enriqueciendo uranio durante los meses que le insumirá a los Estados Unidos convencer a Rusia y China de que sigan adelante.

De este modo, dado que Irán habita un vecindario peligroso, será improbable que meras sanciones incrementales pongan fin a su búsqueda de la mayor disuasión contra un ataque. La única opción alternativa sería un ataque militar de los EE.UU. contra Irán, pero no sería factible que ello arrase con todas las instalaciones nucleares iraníes (porque los EE.UU. no saben dónde se encuentran ubicadas todas ellas) y podría espolear una vigorosa represalia iraní en Irak, el Líbano, Gaza, y en todo el mundo a través de ataques terroristas. La única manera de asegurar el fin del programa nuclear de Irán sería una invasión total de ese inhóspito país, lo que haría que la invasión y ocupación de Irak luzca como un picnic.

Así pues, la mala noticia es que, incluso si fuesen impuestas sanciones más férreas, es probable que Irán eventualmente obtenga armas nucleares. La buena noticia es que esta amenaza es menos grave que lo que la histeria indica. Como hicieron con la radical y nuclearmente armada China maoísta, los Estados Unidos probablemente podrían disuadir cualquier ataque de una pocas ojivas nucleares de Irán—suponiendo que los iraníes pudiesen eventualmente desarrollar un misil con un alcance suficiente largo como para impactar contra los Estados Unidos—mediante la mera presencia del masivo arsenal nuclear estadounidense.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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