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La bipolar política energética de Obama
2/3/2010
William F. Shughart II
Clarion-Ledger, Hartford Business Journal

Los partidarios de la generación de electricidad con energía nuclear celebraron tras enterarse que el presidente Obama había incluido en el presupuesto del próximo año fiscal garantías federales a fin de despejar el camino para empezar a trabajar en dos nuevas plantas de energía nuclear estadounidenses, las primeras en décadas. La misma gente fue también desairada cuando vieron que el presidente propuso la eliminación del financiamiento de una instalación de almacenamiento de residuos nucleares nacional en Yucca Mountain, Nevada, originalmente programada para inaugurarse este año, pero postergada por los desvíos parlamentarios de los dineros asignados para el sitio hacia otros programas de gastos.

Por lo tanto, con una mano Washington planea facilitar la construcción de una nueva planta de energía nuclear al blindar a los propietarios de responsabilidad por futuros accidentes, pero con su otra mano, no desea terminar la construcción de un repositorio para almacenar a los residuos nucleares de manera segura. Al tomar tales medidas, el presidente esencialmente les dijo “¡No se preocupen!” a los clientes de servicios públicos de la nación, que durante más de 25 años han pagado un décimo de un centavo por kilovatio-hora para financiar la excavación del pozo en Yucca Mountain, que ahora será rellenado.

John Maynard Keynes estaría orgulloso del Sr. Obama. Después de todo, Keynes recomendó construir pirámides y enterrar botellas con dinero para que la gente las desentierre, como políticas de estímulo económico durante la Gran Depresión.

Igualmente, la esquizofrenia afecta el modo en que la administración encara a la industria del petróleo y gas de los Estados Unidos. El presidente, al igual que todos los ocupantes de la Casa Blanca desde los años 70, desea promover la “independencia energética” estadounidense, especialmente de países hostiles como Irán y Venezuela. Preside también una economía que sufre por una tasa de desocupación del 10 por ciento y un déficit presupuestario federal que excede los 1,5 billones de dólares.

Mientras el Presidente Obama reflexiona sobre cómo responder a esos desafíos, ha hecho la vista gorda al potencial de la industria doméstica del petróleo y gas para la creación de empleo e ingresos tributarios. Debido a que satisface la mayor parte de las necesidades energéticas de los EE.UU., este sector brinda más de nueve millones de empleos estadounidenses bien remunerados. Y podría crear muchos más.

Ayudado por los avances tecnológicos, más que nunca antes los recursos energéticos han sido accedidos desde lugares más remotos, con un impacto significativamente menor sobre el medio ambiente.

No obstante, pese a toda su cháchara sobre la independencia energética y los empleos, la administración Obama ha seguido descartando iniciativas de perforación. En lugar de arrendar las áreas “offshore” en el Atlántico, el Pacífico y el Golfo de México, o en la región del “Inter-Mountain West” y Alaska, convoca a otra ronda de estudios medio ambientales. No importa que las áreas sin explotar contengan suficiente petróleo y gas natural para hacer funcionar a 65 millones de vehículos estadounidenses durante 60 años y brindar calefacción a 60 millones de hogares durante 160 años.

La zona del “Destin Dome,” por ejemplo, a 25 millas de la costa de Pensacola, Florida, podría producir hasta 165 mil millones de pies cúbicos de gas natural anuales durante los próximos 20 años, según las estimaciones presentadas ante el Departamento del Interior. Pero el Secretario del Interior, Ken Salazar ha bloqueado los planes de arrendamiento de nuevas áreas en alta mar para la exploración y perforación.

El Presidente Obama falla de ese modo en prestarle atención a su propia preferencia de maximizar el uso de fuentes de energía reducidas en carbono.

La Asociación Nacional de Comisionados Reguladores de Servicios Públicos (NARUC es su sigla en inglés) informa que ignorar las vastas reservas de petróleo y gas natural de los EE.UU. le costará a nuestra economía 2,4 billones de dólares en las próximas dos décadas si no es levantada la prohibición de perforar en las zonas actualmente fuera de los límites.

Es hora de terminar con una política energética que funciona en desacuerdo con la política económica. Expandir el acceso a las reservas de petróleo y gas natural creará empleos bien remunerados, llevará miles de millones de dólares en concepto de ingresos a las tesorerías federal y estaduales y proporcionará a los consumidores la combustión más limpia del gas natural.

Es insensato esperar a que se interrumpan los suministros del exterior y que los precios de la energía se vuelvan a disparar.

Traducido por Gabriel Gasave


William F. Shughart II es Research Director y Senior Fellow en The Independent Institute, J. Fish Smith Professor in Public Choice en el Jon M. Huntsman School de Business en Utah State University, dirigió Taxing Choice: The Predatory Politics of Fiscal Discrimination (Transaction, 1997) y The Economics of Budget Deficits (Edward Elgar, 2002).



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