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Una oportunidad perdida para la energía
17/2/2010
Robert H. Nelson

El Presidente Barack Obama realizó recientemente algunas concesiones destinadas a mejorar las posibilidades de un proyecto de ley sobre la energía durante este año. Es de destacar su ausencia en la apertura del Refugio Nacional para la Vida Silvestre del Ártico en Alaska (ANWR por su sigla en inglés) para el desarrollo del petróleo y el gas.

Esto no es en absoluto una sorpresa. El ANWR se ha convertido en un símbolo sagrado para el movimiento medio ambientalista, y cualquier propuesta de Obama para desarrollar el refugio habría enfurecido a muchos de los principales defensores del medio ambiente. Sin embargo, si el Sr. Obama desea demostrar un verdadero compromiso con las políticas del “sentido común”, el ANWR brinda una oportunidad destacada.

El caso no es complicado. El Servicio Geológico de los EE.UU. (USGS) estima que el ANWR podría generar 10,4 mil millones de barriles de petróleo. A los precios actuales, eso representa unos 800 mil millones de dólares en ingresos petroleros. Después de considerar los costos de producción y transporte, el “beneficio” neto del petróleo del ANWR probablemente supere los 500 mil millones de dólares.

Estos ingresos netos se dividirían de alguna manera entre las compañías petroleras, el estado de Alaska y el gobierno federal. Una estimación razonable es que la participación federal sería superior a los 250 mil millones de dólares.

Los potenciales ingresos económicos que representa el ANWR empequeñecen los costos derivados de sus impactos medio ambientales. En 2003, por ejemplo, un estudio de la National Academy of Sciences sobre las consecuencias ambientales del desarrollo petrolífero en la región del North Slope de Alaska descubrió que en el área de la Bahía de Prudhoe, respecto de los caribúes el desarrollo petrolífero anterior “no había dado lugar a disminuciones grandes o a largo plazo en el tamaño de las manadas en el Artico Central”. Algunas especies animales—incluido el caribú—en verdad aumentaron en número y se beneficiaron de “la conveniente disponibilidad de nuevas fuentes de alimentos de parte de las personas en los campos petroleros”.

Pero el ANWR es también importante para el movimiento medio ambiental en otro sentido—como un poderoso símbolo religioso. Para los ecologistas, el ANWR ha llegado a representar la preservación del “último lugar agreste que queda” sobre la tierra, un vestigio del Edén.

Esta imagen es intensamente atrayente para muchos estadounidenses. A lo largo de la prolongada historia de la cristiandad, los fieles han considerado al mundo natural como un producto de la obra de Dios en la creación. Los cristianos pueden aprender más sobre las intenciones de Dios, así lo han creído, experimentando a la naturaleza tal como Dios la diseñó.

Como sostuvo Juan Calvino, “el conocimiento de Dios [es] sembrado en sus mentes por la maravillosa obra de la naturaleza”.

El teólogo estadounidense Jonathan Edwards escribió de manera similar que los encuentros con la naturaleza “tenderán a transmitir enseñanzas a nuestras mentes, y a grabar las cosas en la mente y afectar a la mente, para que podamos, por así decirlo, hacer que Dios nos hable”.

Los ambientalistas actuales por lo general hacen a un lado cualquier referencia explícita a Dios, pero aparte de eso el mensaje es poco alterado. Hablan de experimentar poderosos sentimientos espirituales en presencia de la naturaleza salvaje. Pueden observar con mayor claridad el humilde lugar de los seres humanos en un universo grande y maravilloso.

Si el ANWR fuese realmente el último Edén que subsiste, los argumentos a favor de su preservación serían convincentes. No obstante, el ANWR de la imaginación medio ambiental es más una creación de Disneylandia que un verdadero producto remanente de las acciones de Dios al momento de la creación.

En primer lugar, la tierra tiene 4 mil millones de años y ha experimentado innúmeras convulsiones geológicas y biológicas durante ese tiempo.

En verdad, cada lugar de la tierra ya ha sido alterado en el pasado por acciones humanas. Incluso antes de la llegada de los europeos, los americanos nativos cazaban pródigamente, provocaban incendios, cosechaban alimentos y alteraban de alguna otra forma a la naturaleza para sus propios fines. Más recientemente, el cambio climático global ha estado afectando a la ecología del ANWR, y seguramente habrá más en el futuro.

Una cosa es sacrificar cientos de miles de millones de dólares para un propósito divino. Otra cosa es efectuar este sacrificio para una ficción de Hollywood.

Las agrupaciones ambientalistas han recaudado varios millones de dólares y reclutado a miles de seguidores, apelando a la poderosa imagen de la protección del ANWR y áreas que quedan de la “naturaleza original”. Muchos ecologistas pueden de hecho creer en sus palabras. Sin embargo, el precio para el resto de nosotros es demasiado grande. Los Estados Unidos ya no pueden darse el lujo de hacer frente a los enormes gastos públicos que se precisan para mantener las atesoradas ilusiones de los fieles del medio ambiente.

Traducido por Gabriel Gasave




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