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El doble discurso sobre la “paz” de Barack Obama
18/12/2009
Laurie L. Calhoun

Al aceptar el Premio Nobel de la Paz de 2009, Barack Obama recitó el consagrado sofisma repetido como loro por los presidentes estadounidenses desde 1945 en defensa de sus guerras: El Tercer Reich debía ser derrotado. Como si Afganistán se pareciese más a Alemania que lo que lo hizo Vietnam del Norte. Como si el hecho de enviar más efectivos de los EE.UU. para asesinar cada vez a más ciudadanos afganos inocentes pudiese tener algún efecto más palpable que no sea el de incitar la ira de los mismos individuos que presuntamente están conspirando solapadamente para atacar una vez más a los Estados Unidos.

La noción de “guerra justa” invocada por Obama al defender sus planes beligerantes es invocada con idntica sinceridad tanto por los “insurgentes” como por los miembros de al Qaeda, que han afirmado en reiteradas ocasiones estar buscando un retribución justa por la casi permanente masacre de civiles por parte de los Estados Unidos, ya sea directamente, como en Vietnam, Irak y Afganistán, o indirectamente, en los conflictos financiados por los Estados Unidos tales como los de América Central y el de Colombia, actualmente en curso. Pero esto se supone que es perfectamente correcto, porque “somos buenos, y ellos son malvados”, y las naciones buenas matan a favor de la paz. No importa que las consecuencias sean las mismas: decenas de cadáveres, la mayoría de los cuales eran gente totalmente inocente que tan solo se encontraba en el lugar equivocado.

Pese a los buenos deseos del Comité Nobel de que Obama podría representar una ruptura con el pasado, no hay ninguna razón evidente para creer que tendrá la capacidad crítica como para pensar más claramente acerca de la guerra que cualquier otro presidente de los EE.UU. con anterioridad. Pero hay algunas otros segmentos más risibles de este presunto razonamiento que este espiral vicioso: “Hemos derrotado a los nazis, porque libramos guerras justas. Por lo tanto, deberemos librar más guerras”. Trágicamente, la conclusión de este absurdo argumento no es meramente un non sequitur; es un arma de destrucción masiva, no tan solo porque conduce directamente a una matanza masiva por parte de las fuerzas armadas de los EE.UU., sino también porque refuerza el mismo patrón de pensamiento sobre el “enemigo”. Ellos, también, pergeñan medios violentos con los que toman represalias en contra de la masacre de personas inocentes, una práctica en la que los Estados Unidos se involucran habitualmente. Aquellos muertos por las bombas estadounidenses, sin embargo, son negligentemente desairados por las autoridades de los EE.UU. como “daño colateral” moralmente inocuo, y no considerados víctimas de un homicidio.

Como si las tropas sobre el terreno no fuesen lo suficientemente malas, los Estados Unidos también despliegan aviones no tripulados Predator para enviar a grupos de personas—algunas de las cuales, según sostienen ciertos analistas en algún sitio no revelado—son culpables de delitos que justifican una ejecución sumaria sin que medie un proceso judicial. ¿Es ésta la política de la nación que derrotó a los nazis y que defiende la libertad y la democracia? Para mí suena más parecidoa la KGB. El Estado de Derecho no imperó sobre aquellos que, en una campaña de asesinatos selectivos, atacaron el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Tampoco el Estado de derecho impera sobre aquellos que ordenan las ejecuciones de no nacionales mediante los Predators en tierras lejanas. De hecho, ambas acciones parecerían ser moral y legalmente lo mismo.

Sostener que el mal existe es decir una perogrullada, que no justifica la escalada de una campaña ya fallida de homicidios intencionales. Este remedio es en cambio como tratar de curar una herida cortante en una de nuestras manos cortándola de nuevo—sólo que esta vez con un cuchillo más grueso. Pero en lugar de aprender de la experiencia rusa en Afganistán, una tierra reducida a escombros por las bombas durante la Guerra Fría, Obama ha determinado que el mejor camino a seguir no es el de regresar a las tropas a casa, sino enviar aún más efectivos a un lugar donde la acción militar ha demostrado ser inútil una y otra vez, como fue también el caso de Vietnam, al cual el Presidente de la Paz convenientemente omitió referirse en su discurso. Tanto Vietnam como Afganistán continúan hoy día regados de minas terrestres colocadas por quienes no son otros que aquellos que derrotaron a los nazis. A pesar de la amplia documentación sobre las muchas personas inocentes que las minas terrestres siguen aterrorizando, mutilando y destruyendo, los Estados Unidos se niegan aún a prohibir su producción, distribución y uso. Ya no puede culparse a George W. Bush por estas políticas. Ahora le pertenecen a quien fuera galardonado con el Premio Nobel de la Paz 2009.

Más de ocho años después de la decisión estratégicamente dudosa de castigar a los afganos por los crímenes de Osama bin Laden, el presidente de Afganistán sigue siendo un títere instalado por los EE.UU. que apenas gobierna Kabul, mientras que en el resto de este territorio tribal mandan los señores de la guerra, y la producción de opio ha explotado a niveles nunca antes vistos. Pero la ironía más grande de todas es que los monstruos en los que tanto Osama bin Laden como Saddam Hussein se convirtieron fueron creados por los Estados Unidos a través del suministro de, sí, ayuda militar, asistencia que ha sido racionalizada, una vez más, mediante el discurso de la “guerra justa” en conjunción con el trillado refrán: “Nosotros derrotamos a los nazis, ¿no?”.

Traducido por Gabriel Gasave



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