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Tenga un poco de fe
7/12/2009
Robert H. Nelson
Forbes.com

La reciente divulgación de los correos electrónicos pirateados de una importante unidad de investigación sobre el cambio climático en Gran Bretaña confirma lo que durante largo tiempo ha sido obvio--que el cambio climático es más un tema religioso que científico. Hay dogmas climáticos, herejes climáticos, advertencias de un apocalipsis climático, prohibiciones climáticas y otros aspectos largamente asociados con la religión. Los principales científicos que participan del debate sobre el clima reaccionan a las críticas como si fuesen atacados por fuerzas oscurantistas. Cualquier cosa, por lo tanto, está permitida en defensa del bien.

Como en los asuntos políticos más importantes de la actualidad, el conocimiento científico precisa ser aplicado. Pero gran parte de la ciencia del cambio climático es difícil de interpretar. Probablemente sea cierto que el aumento de los gases de efecto invernadero haya contribuido al calentamiento a largo plazo de la atmósfera de la tierra, pero los detalles exactos no están claros.

Algunos sostienen que el cambio climático podría amenazar la existencia humana. La realidad es que la vida moderna, al menos para la población urbana del mundo, está cada vez más distanciada de la naturaleza—motivo por el cual las imágenes de la naturaleza tienen tanto atractivo romántico.

Los seres humanos han conquistado el mundo porque son más adaptables que cualquier otra especie. Muchos consideran que estamos instruidos por Dios para preservar a todas las especies de la tierra--o al menos para no hacerles daño. En este y otros sentidos, es correcto describir a los efectos humanos sobre el clima como actos de “jugar a ser Dios” con la tierra.

Aquí es donde entra en escena la religión. En la Biblia, Dios dispensa terribles castigos a aquellos que desafían su autoridad. De hecho, los castigos divinos toman típicamente la forma de una calamidad medio ambiental. Los cataclismos bíblicos visitados por Dios en el Antiguo Testamento en un mundo pecaminoso son virtualmente idénticos a los efectos vaticinados como derivados del cambio climático—elevación de los mares, hambrunas, malaria y otras enfermedades; y huracanes y otros desastres naturales. No es una coincidencia.

Muchos en el mundo occidental moderno han abandonado la religión organizada. Pero fueron criados en una cultura judeocristiana cuyos valores y supuestos básicos siguen dando forma a su pensamiento. En materia de política climática, los científicos pueden estar librando una nueva guerra santa sin siquiera saberlo.

Muchos cristianos devotos y judíos observantes comprenden que “jugar a ser Dios” con el mundo plantea profundas cuestiones éticas. Esta preocupación--muy extendida entre los estadounidenses--no constituye un problema. Pero la religión disfrazada como ciencia del clima es un problema y da como resultado una mala teología y una mala ciencia.

En los EE.UU., empleando tácticas como las descriptas en los correos electrónicos recientemente pirateados, los activistas climáticos han tenido gran éxito en etiquetar a los críticos como herejes peligrosos. Estos “herejes” afortunadamente ya no son quemados, pero corren el riesgo de ser excluidos de las mejores publicaciones científicas, que se les niegue una cátedra universitaria, que sus columnas de opinión sean rechazadas por los principales periódicos y otras sanciones. Las actuales presiones sociales y financieras aseguran que sólo el más iconoclasta de los investigadores climáticos estadounidenses podrá plantear públicamente sus dudas respecto de la sabiduría convencional sobre el clima.

Afortunadamente, vivimos en un mundo pluralista. En Australia, Ian Plimmer, uno de los geólogos más importantes de la nación, escribió en 2009 un influyente libro quejándose de la “ciencia desaparecida” en el tema del calentamiento global. Plimmer sostiene que las actuales predicciones climáticas de largo alcance “nos dicen más sobre el comportamiento grupal de la comunidad del modelaje climático que acerca del calentamiento global”, añadiendo que “algunos científicos han colocado a la ciencia sobre la plataforma del dogma religioso”.

Dada su autoridad científica, los argumentos de Plimmer ayudaron a impulsar un necesario debate nacional, al menos en Australia. De este modo, el Senado australiano se ha negado hasta ahora a aparobar legislación sobre el cambio climático, basando su decisión no sólo en los elevados costos, sino en las incertidumbres en materia climática.

Muchos estadounidenses todavía no son conscientes de estas incertidumbres--el hecho, por ejemplo, de que el clima de la tierra dejó de calentarse alrededor de 1998 y podría ser que actualmente se esté enfriamiento. Esto no equivale a decir que las temperaturas no aumentarán nuevamente en algún momento. Sino que otro período de enfriamiento nos recuerda cuan pobremente es comprendido el cambio climático.

India es otra nación donde la corrección climática tiene menos influencia. India considera que en este momento de su historia el crecimiento económico es más importante que detener el cambio climático. El ministro de medio ambiente indio dio a conocer recientemente un estudio gubernamental que concluye que-- contrariamente a lo afirmado con anterioridad--el cambio climático está teniendo poco efecto sobre los glaciares del Himalaya.

En los EE.UU., sin embargo, los escépticos siguen siendo etiquetados como “negacionistas” (una alusión no muy sutil a quienes negaban el holocausto). Esto refleja una mezcla de dogmatismo religioso e interés personal. El alarmismo climático ha canalizado miles de millones de dólares (billones en inglés) hacia la investigación del clima. El retrato de la política climática como una batalla por salvar al mundo también vende diarios y revistas y brinda a los periodistas crédulos una sensación de estar sirviendo a una noble causa.

Aquellos que no han estudiado la historia pueden encontrar inimaginable que un sólido consenso de los principales expertos de la sociedad pudiese estar tan errado. Sin embargo, durante 150 años el Vaticano y la mayoría de los líderes intelectuales de Europa estaban genuinamente temerosos de que las brujas estuviesen corrompiendo a la sociedad. En 1927, en el fallo Buck vs. Bell, la Corte Suprema de los EE.UU. aprobó actos de esterilización forzada, y Oliver Wendell Holmes escribió su famosa expresión de que “tres generaciones de imbéciles son suficientes”. Una historia reciente destaca que la causa a favor de la esterilización eugenésica, supuestamente basada de manera rigurosa en la ciencia darwinista, hizo en los EE.UU. un llamamiento “a los reformistas de todas las tendencias políticas: desde las sufragistas a los moralistas de la ‘pureza social’, desde los trabajadores de la temperancia y los predicadores apocalípticos a los ‘conservacionistas’ de los recursos naturales”.

Ha existido un sorprendente número de casos así en la historia estadounidense, identificables retrospectivamente como expresiones de una virtual histeria social. Por lo general, surgen cuando se considera que alguna influencia maligna--un moderno sucesor del diablo--se encuentra contaminando y amenazando al mundo. Las prohibiciones a la venta de alcohol de la década de 1920 y los posteriores encarcelamientos de los consumidores de marihuana son dos ejemplos. El pánico respecto del cáncer en la década de 1980 (falsamente atribuido a sustancias químicas tóxicas en el medio ambiente) y los temores de un colapso social con el cambio de milenio debido a masivas averías informáticas (Y2K como se lo conoce en inglés) son los ejemplos más recientes.

El debate libre y abierto es nuestra única protección contra tales formas de irracionalidad colectiva. Tal como claramente lo expusieron los correos electrónicos pirateados, en el “debate” sobre el cambio climático ha acontecido lo contrario: un intento de reprimir la discusión pública sobre las complejidades del comportamiento climático.

Esto no es ni “ciencia sensata” ni “religión juiciosa”--dos cosas que se precisan con desesperación en este ámbito.

Traducido por Gabriel Gasave



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