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El perdurable legado de la prohibición
3/12/2009
Anthony Gregory
Herald News, Summit Daily News

En los tiempos que corren, son raras las ocasiones en que Washington se substrae de un área atinente a los asuntos domésticos. El 5 de diciembre se cumple el septuagésimo sexto aniversario de la Enmienda 21, que derogó la prohibición del alcohol.

Una de las causas políticas más enérgicas a finales del siglo 19 y principios del 20 fue la del movimiento de la “temperancia”, que tenía por objeto la prohibición de las bebidas alcohólicas. El movimiento incluía a conservadores religiosos, nativistas que deseaban reprimir a los inmigrantes y las minorías, y progresistas, que definían su época por su dedicación a la justicia preventiva y su ambicioso objetivo de crear un nuevo y refinado hombre estadounidense, a través de la fuerza de la planificación centralizada y el poder del gobierno federal.

Los movimientos progresistas y prohibicionistas predominaron después de la Primera Guerra Mundial, cuando la propaganda anti-alemana contribuyó a un tabú estadounidense contra la cerveza y cuando el espectáculo de la desenfrenada borrachera de los soldados estadounidenses en las bases militares proporcionaba la excusa que faltaba para intentar el “noble experimento” de la prohibición.

En 1919, la Enmienda 18ª y la Ley Volstead declaró ilegal al alcohol a nivel nacional, una droga utilizada por las civilizaciones durante miles de años. Las violaciones a dicha norma dominaron rápidamente el sistema de justicia penal. En 1924, la población de las prisiones federales casi se había duplicado. Un estudio parlamentario de 1923 descubrió que los abogados del Estado desperdiciaban cerca del 44 por ciento de su tiempo en causas vinculadas a la prohibición. La corrupción consumía el sistema legal. El jefe de la prohibición, Lincoln C. Andrews testificó en 1926 que 875 funcionarios de la Oficina de Prohibición habían sido despedidos por corrupción, soborno y mala conducta.

Pandillas criminales controlaban el mercado ilegal del alcohol. Solamente en Chicago operaban cinco mil bares clandestinos. Los crímenes violentos infestaban las ciudades. Cerca del inicio de la Gran Depresión, el experimento había sido un fracaso tan grande que incluso muchos de sus defensores más acérrimos se habían vuelto en su contra. Cuando la prohibición terminó en 1933, las pandillas violentas cerraron sus operaciones y, a pesar de la creciente pobreza de la época de la Depresión, las tasas de homicidio y otros delitos se desplomaron.

Hoy día, decenas de millones de estadounidenses que bebemos con moderación, difícilmente podamos imaginar que tal comportamiento se encontraba prohibido a nivel federal no hace mucho tiempo. Cuando observamos los problemas irresueltos relacionados con el alcohol, debemos luchar contra el deseo de revivir el experimento social de la prohibición que pudrió totalmente a nuestras instituciones y plagó nuestras calles con contrabandistas y tiroteos.

Sin embargo, gran parte del legado prohibicionista se mantiene. Cuatro años después de la Enmienda 21, Franklin Roosevelt promulgó la Ley del Impuesto a la Marihuana, prohibiendo la droga. Mientras que una vez los políticos habían respetado lo suficiente a la Constitución como para reconocer que debía ser legalmente enmendada a fin de prohibir el alcohol a nivel federal, la guerra contra otras drogas persiste sin ninguna justificación constitucional.

La actual guerra contra las drogas es mucho peor de lo que era la prohibición del alcohol. Tenemos medio millón de personas en la cárcel, un sistema judicial abrumado, una aplicación de la ley militarizada, ataques a las libertades civiles, una política exterior distorsionada por los objetivos de la guerra contra las drogas y, según muchos economistas, cerca del doble de los homicidios que podrían esperarse si las drogas fuesen legales.

Todos los problemas con la prohibición del alcohol persisten en relación con las drogas ilícitas de la actualidad, excepto que a mayor escala.

La mentalidad puritana detrás de la prohibición del alcohol persiste. La exigencia de tener una edad determinada para poder beber, las leyes sobre el consumo en botellas abiertas, las reglamentaciones sobre la distribución del alcohol a nivel estadual y las leyes sobre la conducción de vehículos estando alcoholizado, se han vuelto cada vez más draconianas, llevando a cárceles superpobladas, la erosión de las libertades individuales, la cruel perturbación de la vida de individuos pacíficos, y dudosos resultados respecto de hacer en verdad que nuestras carreteras y ciudades sean más seguras. Las bebidas alcohólicas con cafeína pueden pronto ser prohibidas por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA es su sigla en inglés). Mientras tanto, los fumadores de cigarrillos están en la mira y los políticos amenazan con legislación contra las grasas trans y otros alimentos supuestamente no saludables.

Fue un gran día cuando la prohibición del alcohol fue levantada y la libertad para beber fue restaurada para la república estadounidense. Pero la gente nunca comprendió plenamente la relevancia de la prohibición como una usurpación gubernamental de la elección individual y la vida familiar y comunitaria. La prohibición del alcohol terminó, gracias a Dios. Pero la brutalidad de los más grandes experimentos sociales de los progresistas subsiste actualmente bajo la bandera de otras cruzadas—con los mismos predecibles resultados .

Traducido por Gabriel Gasave


Anthony Gregory es Investigador Editor en The Independent Institute. Obtuvo su título de bachiller en Historia Estadounidense de la University of California en Berkeley y brindó el discurso sobre historia como no graduado en la ceremonia de graduación de 2003. Además de su labor en el Independent Institute, escribe regularmente para numerosos websites de noticias y comentarios, incluidos LewRockwell.com, Future of Freedom Foundation y el Rational Review.



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