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La política partidaria—Una burla para las masas
14/10/2009
Robert Higgs

Debido a que desprecio a la política en general, y a los dos principales partidos políticos de este país en particular, voy por la vida sintiéndome constantemente estupefacto por la gran importancia que la gente le asigna a las lealtades políticas partidarias y al respeto por las demarcaciones normativas que los partidos promueven. Henry Adams observaba que “la política, como una práctica, cualquieras que sean sus manifestaciones, siempre ha sido la organización sistemática de los odios”. Esta categorización de los odios no hace a la totalidad de la política, es cierto, pero es un elemento esencial de ella. Así, los demócratas alientan a la gente a que odien a las grandes empresas y los republicanos animan a la gente a odiar a los beneficiarios de la asistencia social.

Por supuesto, todo es un fraude diseñado para distraer a la gente de la principal realidad de la vida política que consiste en que el Estado y sus principales partidarios nos están devastando constantemente, independientemente de cuál sea el partido que detente el control de la presidencia y el Congreso. En medio de todo el ruido y la furia partidista, solamente unos pocos pueden percatarse de que la realidad política se reduce a dos “bandos”: 1) El de aquellos que de un modo u otro utilizan el poder del Estado para aprovecharse y vivir a expensas de los demás, y 2) El desafortunado resto.

Aun cuando la política parezca involucrar cuestiones de vida o muerte, a menudo las divisiones partidarias sólo logran oscurecer a las realidades políticas más importantes. De ese modo, los demócratas sostienen que los republicanos anti-abortistas, que afirman tener una tremenda preocupación por salvar la vida de los no natos, carecen de todo interés por salvar las vidas de los ya nacidos, como los niños pobres que habitan los guetos. Y los republicanos sostienen que los demócratas, quienes afirman tener una tremenda preocupación por los pobres, de manera sistemática contribuyen a la perpetuación de la pobreza mediante la infinidad de impuestos y reglamentos que imponen a los empresarios y comerciantes, quienes de otra manera estarían en una mejor posición para contratar y capacitar a los pobres y por ende para acelerar su salida de la pobreza.

Sin embargo, en el caso de que los niños que aún no han nacido, si éstos habitasen los vientres de las mujeres a quienes les llueven las bombas y cohetes estadounidenses en Irak, Afganistán y Pakistán, todas las preocupaciones republicanas para con los no natos se evaporarían por completo, al igual que los desvelos de los demócratas por los niños pobres que pueblan esas mismas aldeas bombardeadas. Las posiciones de ambos partidos parecerían basarse en una moral muy flexible y selectiva, si es que puede afirmarse de alguno de los dos partidos que poseen alguna base moral, a pesar de sus crónicas manifestaciones públicas “morales” de sollozos y rechinar de dientes.

En cualquier caso, los principios de odio de los partidos nunca han superado la prueba del olfato, de hecho, apestan de hipocresía. Así, mientras despotrican contra los “empresarios ricos”, los demócratas se basan en gran medida en el apoyo financiero de los magnates de Hollywood y los multimillonarios abogados litigantes, entre otros peces gordos. Y los republicanos, a la vez que denuncian a la madre que usufructúa inmerecidamente unos cientos de dólares al mes en concepto de asistencia social, apoyan a viva voz los cientos de miles de millones (billones en inglés) de bienestar canalizado a Lockheed Martin, Boeing y General Electric, entre muchas otras empresas, a través de abusivos contratos de “defensa”, subsidios bancarios a las exportaciones e importaciones y otras incontables formas de apoyo gubernamental a la “seguridad nacional” y servicios de “interés público” tal como los republicanos conciben a estas nebulosas pero retóricamente útiles entidades.

Adviértase también que, aunque los demócratas y republicanos de a pie a menudo albergan intensos odios recíprocos, como regla general los líderes partidarios en el Congreso se codean entre ellos muy afablemente. Independientemente de qué partido detente el control, siempre se puede contar con una oposición leal y dispuesta a negociar. Y ¿por qué no? Estos aparentes adversarios políticos están inmersos en un proceso de saqueo del que los capitostes de ambos partidos pueden esperar obtener un lucro, cualquiera sea el flujo y reflujo de la política partidaria. En el fondo, los Estados Unidos tienen un Estado de partido único, inteligentemente diseñado para disfrazar la verdadera división de clases del país y para impedir que las masas tomen conciencia de que a menos que usted sea un político bien informado y conectado con uno de los principales partidos, es casi seguro que será embaucado. Esta explotación, después de todo, es precisamente para lo que están el Estado y los partidos políticos que lo operan.

Sin embargo, en vez de odiar al Estado depredador, las masas han sido condicionadas para amar a esta bestia empapada en sangre e incluso, si les fuese requerido, a entregar sus vidas y las de sus hijos en su nombre. Desde mi ventajoso punto de vista externo, observando atentamente, me encuentro eternamente perplejo de que tanta gente sea engatusada por las falsas aseveraciones y la oscurantista retórica partidaria. Como dice la canción, “los payasos a mi izquierda, los bromistas a la derecha”, pero a diferencia del fulano de la canción, yo no estoy “atrapado en el medio”. En cambio, floto por encima de toda esta roída emoción, mirando hacia abajo con disgusto y tristeza. Por otra parte, como economista, me veo obligado a lamentar una asignación de odio tan extraordinariamente ineficiente.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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