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Despidan a McChrystal y salgamos de Afganistán
8/10/2009
Ivan Eland

Aunque los políticos, los medios de comunicación y el público creen que pocas cosas son más importantes que la prevención de otro ataque de al-Qaeda contra los Estados Unidos, la defensa de los principios fundadores de la república parecería ser una de ellas.

La opinión generalmente aceptada es que la guerra en Afganistán es una "guerra de necesidad" en la que no se puede perder si es que la guerra contra al-Qaeda ha de ser ganada. Esta proposición solamente está siendo cuestionada en la actualidad debido a que las elecciones afganas plagadas de fraude hacen que un gobierno legítimo sea casi imposible y porque la guerra en Afganistán se ha convertido en un lodazal de ocho años que está empeorando día a día. No sólo la opinión generalmente aceptada está errada, sino que el General Stanley McChrystal debería ser despedido, aún cuando esto significase perder la guerra.

McChrystal, al igual en gran medida que el general Douglas MacArthur durante la Guerra de Corea, se ha manifestado públicamente acerca de las decisiones que son de competencia exclusiva de la dirigencia civiles electa. Con un gran costo para su popularidad, el presidente Harry Truman dio un gran paso a favor del principio republicano fundamental del control civil sobre los militares al despedir al insubordinado MacArthur. El presidente Obama podría hacer lo mismo con un costo mucho menor; McChrystal acaba de asumir su puesto y no es un héroe de guerra popular, como era MacArthur.

Los fundadores de los Estados Unidos-reaccionando frente a las beligerantes monarquías de Europa y sus propias suspicacias sobre los ejércitos permanentes como una amenaza a la libertad-se dieron cuenta de que el principio del control civil sobre las fuerzas armadas era crucial para la supervivencia de una forma republicana de gobierno. Los efectos nocivos del entremetimiento de los militares en los asuntos civiles del Estado han quedado demostrados recientemente en Honduras y Tailandia. Pero de modo hipócrita, al mismo tiempo que el presidente Obama le está permitiendo al General McChrystal socavar públicamente su libertad de acción sobre la conveniencia o no de verter más efectivos estadounidenses dentro del pozo de brea afgano, los Estados Unidos están haciendo que una mayor ayuda a Pakistán dependa de que los militares paquistaníes se mantengan al margen de los asuntos civiles.

Ya sea que Obama tome la ruta políticamente incorrecta y poco probable de despedir a McChrystal o no, los EE.UU. deben enfrentar dos hechos sombríos. En primer lugar, un aumento del número de efectivos en Afganistán para que coincida con el "exitoso" incremento en Irak es probable que no funcione porque Afganistán es un país más grande y con un terreno montañoso que favorece a las guerrillas, tiene una insurgencia más celosa que la de Irak y la insurgencia allí tiene un santuario (en Pakistán). Y ahora Afganistán probablemente tendrá además un gobierno ilegítimo. Asimismo, está lejos de ser cierto que el aumento de tropas en Iraq funcionó. En 2005, los EE.UU. llevaron a cabo también un incremento similar de tropas en Irak y la violencia aumentó. La limpieza étnica y el pago a las guerrillas sunitas para que reorientasen su beligerancia de las fuerzas de los EE.UU. hacia al-Qaeda posiblemente sean las razones más probables de la menor violencia, que seguramente será temporal. Las subyacentes fisuras etno-sectarias de Irak persisten, la seguridad del país es frágil, y la violencia probablemente hará erupción de nuevo cuando los EE.UU. retiren sus fuerzas.

En segundo término, incluso los opositores al aumento de efectivos en Afganistán subestiman sus argumentos en contra del mismo. Sus conclusiones correctas son que en una democracia, es peligroso escalar una guerra en la que la opinión pública de de los EE.UU. se ha resquebrajado tras ocho largos años de perder y que al-Qaeda en Pakistán puede ser combatida eficazmente utilizando menos tropas, aviones teledirigidos, misiles crucero e inteligencia. Sin embargo, los defensores del incremento responden, al parecer de manera convincente, que Afganistán debe ser estabilizado o será una vez más un refugio seguro desde el cual Al-Qaeda atacará a los Estados Unidos.

Debido a que los políticos son intrínsecamente cautelosos cuando se trata de la seguridad nacional, es probable que los proponentes ganen esta discusión a menos que los estadounidenses finalmente le hagan frente a la pregunta que han evitado desde el 11 de septiembre de 2001: ¿Por qué los islamistas radicales, como al-Qaeda, que se encuentran a medio mundo de distancia, centran sus ataques sobre los Estados Unidos?

La respuesta está a la vista, pero es demasiado dolorosa para que los estadounidenses la reconozcan. Osama bin Laden nos ha dado en reiteradas ocasiones sus motivos-la ocupación de los EE.UU. de tierras musulmanas y el apoyo a dictadores corruptos en Medio Oriente. Por ejemplo, en 1998, bin Laden enfatizó que era "un deber individual de todo musulmán matar a los estadounidenses" y expulsar a sus militares "de todas las tierras del Islam".

De modo tal que la edificación de una nación y el fiasco en materia de drogas en Afganistán meramente inflaman la premura de los islamistas por expulsar a los ocupantes extranjeros. No es ninguna coincidencia que el resurgimiento del Talibán se correlacione con los aumentos en la presencia militar extranjera en Afganistán. Además, la edificación de una nación en Afganistán ha desestabilizado al vecino Pakistán, un país que posee armas nucleares.

En conclusión, el intento probablemente fútil de estabilizar a Afganistán a fin de evitar otro refugio seguro para al-Qaeda en realidad está avivando las llamas de la ira islamista anti-estadounidense. Una retirada de Afganistán y concentrarse en neutralizar a la amenaza real de al-Qaeda en Pakistán -no al Talibán- empleando las técnicas antes señaladas que dejen una pisada más liviana, dará a los EE.UU. mejores resultados.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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