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Los católicos, los derechos civiles y el Santo Nombre
17/8/2009
Jonathan J. Bean

Durante la audiencia de nominación de Sonia Sotomayor para integrar la Corte Suprema, el senador Al Franken (Demócrata por Minnesota) preguntó si existía un “derecho a la privacidad” que pudiese incluir al aborto o al control de la natalidad. Sotomayor respondió que había una serie de precedentes que consagran el “derecho a la privacidad”, que se remontan a un pronunciamiento judicial de la década de 1920 que otorgaba a los padres el control sobre la educación de sus hijos.

Si bien no mencionó al caso por su nombre, Sotomayor se estaba refiriendo a una cuestión y un pronunciamiento (Pierce vs. Society of Sisters) que dividió profundamente a la nación: La cuestión era sencilla: ¿Se puede ser católico y “100% estadounidense”? El Ku Klux Klan respondió con un resonante “¡No!” al tiempo que se reencarnaba para atacar a los estadounidenses católicos por todo el país. El Klan era tan poderoso que logró la sanción de una ley en Oregón que prohibía todas las escuelas privadas, y hubieron proyectos de ley para hacer lo mismo en otros estados. Afortunadamente, la Suprema Corte falló que los niños no eran “meras criatura[s] del Estado” y detuvo los esfuerzos para penalizar a la enseñanza escolar parroquial.

Mi nuevo libro, Race and Liberty in America: The Essential Reader (University Press of Kentucky, en conjunto con el Independent Institute, 2009) enfatiza el rol de la cristiandad (y del judaísmo) en la tradición clásica de los derechos civiles. Esta tradición “liberal clásica” no es ni de izquierdas ni de derechas sino que estuvo intensamente influida por las ideas judeocristianas del derecho natural. Naturalmente, los católicos desempeñaron un rol en la defensa de los “derechos naturales” de los hombres y mujeres.

Race and Liberty in America analiza cómo la Iglesia Católica casaba a parejas interraciales, un acto privado que era ilegal en docenas de estados hasta que el fallo Loving de 1967 declaró al matrimonio un “derecho natural”. Mi mención del caso Loving incluye una declaración de los obispos católicos de los EE.UU. en apoyo de los demandantes. Los obispos citaron expresiones del Concilio Vaticano II:

La Iglesia estaba “comprometida con la proposición de que ‘con relación a los derechos fundamentales de la persona, todo tipo de discriminación, ya sea social o cultural, o basada en el sexo, la raza, el color, la condición social, la lengua o la religión, debe ser superada y erradicada como contraria a la voluntad de Dios’”.

Esta no fue la primera vez en la que los católicos defendieron el derecho natural a la vida y la libertad de matrimonio o reproducción. Durante la década de 1920, el único integrante católico de la Corte Suprema, el Juez Pierce Butler, disintió en el infame caso que legalizaba la esterilización de individuos y razas “inferiores” (Buck vs. Bell, 1927). El Juez “progresista” Oliver Wendell Holmes expresaba a la mayoría cuando escribió que “tres generaciones de imbéciles son suficientes”. Holmes invocó el principio de la vacunación obligatoria como precedente para la esterilización forzada. Holmes pontificó:

Es mejor para todo el mundo que, en vez de esperar a ejecutar por un crimen a los descendientes degenerados, o dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad pueda evitar que aquellos que son manifiestamente incapaces continúen con su especie. El principio que sustenta la vacunación obligatoria es lo suficientemente amplio como para abarcar a la ligadura de las trompas de Falopio. Tres generaciones de imbéciles son suficientes. . . .

Cuando el anti-católico Klan era sumamente poderoso, sus miembros atacaban a los católicos como “inferiores” y menos del “100% estadounidenses”. El Klan consiguió cupos de inmigración que limitaban la migración desde los países católicos. Junto con los esfuerzos para prohibir a las escuelas católicas, el Klan desalentaba que las escuelas públicas contratasen a maestros católicos. La situación se tornó tan acalorada que el gobernador de Nueva York (y futuro presidente) Franklin D. Roosevelt promulgó una ley que prohibía la discriminación en base a la religión en las contrataciones de las escuelas públicas. (La posición de FDR sobre los católicos y judíos dejaba mucho que desear pero sabía cómo aterrizar sobre el lado correcto de una cuestión política).

En 1924 el Klan ejerció un enorme poder político antes de desmoronarse en medio de un escándalo sexual y la exposición pública de su corrupción. Race and Liberty in America muestra cómo el presidente Calvin Coolidge menoscabó al KKK al negarse a aparecer en su masiva marcha por Washington D.C. (el Mago Imperial no estuvo contento). En su lugar, Coolidge escogió asistir al desfile de 100.000 católicos que celebraban a la Holy Name Society (Sociedad del Santo Nombre). El discurso de Coolidge defendió la tolerancia religiosa y racial—un claro golpe al anti-negro y anti-católico Klan. Habló nuevamente de la tolerancia cristiana al asistir al acto de graduación de la Howard University, la universidad históricamente negra en Washington, D.C.

En una palabra, los católicos estuvieron en el centro de muchas contiendas a favor de los derechos civiles, incluida la lucha para ser reconocidos como iguales a los demás estadounidenses. Con la ayuda del liberalismo clásico, consiguieron sus derechos a la libre asociación (escuelas) y todos los “privilegios e inmunidades” de la ciudadanía. A su vez, pelearon por el derecho “natural” a casarse con quien le viniese en gana basándose en el derecho natural—una doctrina enraizada en el pensamiento católico. Race and Liberty in America ilustra el énfasis del ideario liberal clásico en la libertad individual, en Dios y en la imparcialidad de la ley. Los pprotestantes, los católicos y los judíos contribuyeron todos a esta tradición anti-racista, desde 1776 a la actualidad.

Tal como lo reseña la historia del profesor, el policía y el presidente, podríamos recordar que este país ha superado odios muy arraigados basados en la religión. ¿Podemos hacer lo mismo con la raza? Sí, podemos. Sin embargo, en vez de concederle la “reivindicación de derechos” a la izquierda y la derecha, los estadounidenses precisamos redescubrir una tradición que enfatiza nuestra respeto por la dignidad individual. Esa tradición se encuentra profundamente enraizada en los conceptos cristianos de del hombre y de Dios.

Traducido por Gabriel Gasave


Jonathan Bean es Investigador Asociado en el Independent Institute, Profesor de Historia en la Southern Illinois University, y director del libro de próxima aparición, Race and Liberty in America: The Essential Reader.




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