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Los 100 primeros días de Obama: Resultados variados
27/4/2009
Ivan Eland

La atención siempre se concentra en los cien primeros días de un presidente. Los medios—y el resto de Washington—perciben acertadamente que históricamente el poder de un presidente se encuentra en su zenit durante ese periodo de luna de miel que sigue a la asunción de su primer mandato. En la república estadounidense, con su sentido de juego limpio y oposición leal, incluso los presidentes que ganan los comicios por márgenes muy estrechos—por ejemplo, John F. Kennedy—usualmente logran concitar los buenos deseos de una mayoría abrumadora de estadounidenses durante algo más sus tres primeros meses. Los presidentes por lo general tratan de aprovechar ese apoyo popular inicial con logros políticos en virtud de que saben que los conflictos que sobrevendrán al gobernar eventualmente socavarán dicho capital político.

El presidente Barack Obama, que ganó las elecciones por un margen mucho mayor que JFK y es el primer presidente afro-estadounidense, posee enormes reservas de apoyo entre el público. Y al igual que anteriores jefes del ejecutivo, ha intentado traducir esa inmensa popularidad en resultados.

Dicho esto, creemos que se pone demasiado énfasis en los 100 primeros días. Para evaluar el desempeño de cualquier presidente, los resultados políticos del jefe del ejecutivo en los 1.300 y pico de días que restan también es importante. Y estos resultados deberían ser evaluados sin considerar el carisma, la inteligencia, la popularidad o el estilo de administración. Si las políticas del presidente contribuyeron a la paz, prosperidad y libertad, y no excedió el rol limitado que para el jefe del ejecutivo reservaron los fundadores de la nación en la Constitución, debería ser considerado un buen o gran presidente. Si se apartó de estos parámetros poco o mucho, debería ser tildado de “mediocre” o “malo”, respectivamente.

Si bien no es justo emitir un juicio tan prematuro sobre un nuevo presidente, se puede compararlo con sus predecesores y calificarlo de manera provisoria en base a sus distintas políticas.

En la Guerra de Irak, Obama se asemeja mucho a Dwight Eisenhower, quien corajudamente terminó con la estancada Guerra de Corea de Harry Truman. Obama obtiene una “B” por acelerar la retirada estadounidense pero precisa ser más firme acerca de un retiro completo de las fuerzas de los EE.UU. en 2011 y más sabio respecto de reforzar esa retirada total con un acuerdo para descentralizar a un Irak fracturado y reconocer legalmente la naturaleza ya dividida del país. De otro modo, es probable que Iraq reanude su guerra civil etno-sectaria una vez que los Estados Unidos se marchen.

Desafortunadamente, Obama no se encuentra tan iluminado respecto de la guerra en Afganistán y su política allí es probable que emule a la debacle de Bill Clinton en Somalia—solo que a una escala mucho mayor. Clinton heredó de George H.W. Bush la acotada misión de custodiar a los navíos de ayuda en la guerra civil somalí. A pesar de que el mayor de los Bush ya había iniciado la “ampliación de la misión” antes de abandonar el cargo, Clinton la expandió vastamente al tratar de perseguir a los cabecillas militares y reconstruir la nación. Después de que personal de servicio estadounidense fuera asesinado, Clinton de manera ignominiosa retiró a los efectivos de los EE.UU..

En Afganistán, Obama recibe una “D” por continuar con las ya fracasadas misiones de edificar una nación y supresión de la droga de George W. Bush y luego ampliarlas mediante la adición de las fuerzas estadounidenses retiradas de Irak. Obama ha hecho esto a pesar de percatarse de que el intento del Bush más joven de construir la democracia y luchar contra las drogas allí fue en sí mismo un apartamiento del objetivo limitado de lograr que el país dejase de ser un refugio para al Qaeda. Obama ha prometido restaurar ese objetivo más encauzado y eventualmente retirarse de esa nación, pero mientras tanto sigue con la escalada, la edificación de una nación y la lucha contra las drogas.

Al contrario del segundo Bush, Obama consigue una “B” por darse cuenta de que la opinión popular en los países árabes y musulmanes hace a la seguridad de los EE.UU. y por intentar elevar la reputación estadounidense en esas naciones poniéndole fin a la tortura y cerrando Guantánamo y las prisiones secretas de la CIA. Lamentablemente, parece no percatarse de que la principal causa por la cual los islamistas radicales se convierten en islamistas militantes terroristas y guerrilleros es la ocupación no musulmana de tierras musulmanas. Si se diera cuenta, vería que la ocupación estadounidense de Afganistán ha empeorado el terrorismo al generar un Talibán (y grupos aliados) resurgente tanto en Afganistán como en Paquistán.

A diferencia del Bush más joven, quien reflexivamente le daba dinero al Pentágono para lo que se le antojase, Obama desea adquirir armamentos que realmente serían útiles para librar las hibridas guerras de la actualidad (parte combate convencional y parte lucha de contrainsurgencia), en vez de mantener a elefantes blancos de la Guerra Fría y sistemas futuristas para contrarrestar a enemigos convencionales imaginarios. Obama recibe una “B” por al menos intentar darles algo a los contribuyentes a cambio de su dinero; para alcanzar una “A”, necesitará comenzar realmente a recortar el abultado presupuesto de defensa. Tales recortes serían más fáciles si sabiamente se retirase por completo de Afganistán e Irak.

La política exterior y de defensa de Obama no son perfectas ni mucho menos, pero son mucho mejores que el pésimo antecedente del más joven de los Bush. No obstante, lamentablemente, la política interna de Obama exhibe una continuidad tal con las fracasadas políticas de Bush que rememora a la catastrófica similitud que existía entre las políticas activistas de Herbert Hoover and Franklin Delano Roosevelt durante la Gran Depresión. Tanto Hoover como FDR intentaron artificialmente impulsar a la economía aumentando el crédito, asistiendo a los bancos e incrementando los gastos federales, incluido el gasto en fútiles programas de obras públicas para “crear empleos”—todo lo cual impidió que la economía tendiese al equilibrio, convirtiendo así a una recesión mundana en una Gran Depresión.

De manera similar, Bush socializó parcial o totalmente a las instituciones financieras y Obama ha iniciado una parranda de obras públicas. Ambos aumentaron el crédito e incrementaron vastamente el gasto federal y las regulaciones. En una evaluación, Obama obtiene una “D” por su expansión del Estado de Bienestar, tan solo porque Bush recibe una “F” por su respuesta socialista. Pero si Obama procura utilizar los dólares de los contribuyentes que restan en salvatajes financieros para obtener una participación gubernamental aún mayor en los bancos, combinará un aumento del Estado de Bienestar con la expansión del decisivo socialismo de Bush—ganándose una “FF” en administración económica.

Una vez más, estas calificaciones son tan solo provisorias y pueden mejorar o desplomarse durante los restantes 1.300 y pico de días de Obama.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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