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Los hispanos en las urnas
12/11/2008
Alvaro Vargas Llosa

Washington, DC— Debido al debate sobre la inmigración, en los últimos dos años la palabra “hispano” se volvió un estigma a ojos de muchos estadounidenses. Qué irónico que diez millones de votantes hispanos desempeñaran un papel tan decisivo en la reciente elección presidencial. Votaron por Barack Obama por un margen de 2 a 1, dándole la ventaja en los cuatro estados—Florida, Colorado, Nevada y Nuevo México—que arrebató al Partido Republicano.

Los hispanos tienden a votar por los demócratas, pero nunca por un margen tan grande. Según las encuestas a “boca de urna” de 2004, el Presidente Bush obtuvo el 44 por ciento del voto hispano cuando fue reelecto. Casi bajo cualquier criterio —movilidad social ascendente, concurrencia a las iglesias, patrones matrimoniales—, uno pensaría que los hispanos serían el blanco electoral soñado para un partido que postula la libre empresa, la responsabilidad individual y los valores familiares.

Pero los republicanos mostraron total desinterés. Los hispanos no se organizaron en serio ni siquiera para contrarrestar la campaña contra los inmigrantes —con excepción de las manifestaciones del Día del Trabajo en 2006 y 2007. El voto de los latinos por el demócrata no estaba ni mucho menos cantado, como lo habían mostrado las primarias del Partido Demócrata. Y sin embargo, aun teniendo en cuenta que los hispanos, como muchos otros grupos demográficos, querían castigar al actual gobierno y acabaron seducidos por un Obama que los cortejó intensamente, el cambio en el comportamiento electoral con respecto a 2004 es asombroso. La incesante campaña contra la inmigración convirtió a millones de hispanos que no eran inmigrantes ilegales en una fuerza con consciencia comunitaria decidida a actuar en las urnas bajo el temor de una amenaza. Este temor produjo incluso la ironía de que los hispanos californianos votaran por Obama —la centro-izquierda del espectro político— en los comicios generales a pesar de ser conservadores en temas morales, como lo muestra su voto en favor de la Proposición 8, la enmienda contra el matrimonio “gay”.

Los políticos comenzarán ahora a prestar atención a algunas tendencias importantes entre los hispanos. No me refiero a la obvia circunstancia de que representan el 15 por ciento de la población y en 2050 probablemente constituirán la cuarta parte de la nación. Casi cuatro millones de hispanos —prácticamente uno de cada diez— son prósperos, según la Oficina del Censo de los EE.UU., y alrededor del 40 por ciento son de clase media. No es un logro pequeño para individuos cuyos comienzos para la gran mayoría fueron muy humildes. Tratarlos como extraños para la experiencia y cultura estadounidense mayoritaria es un acto de suicido político.

Este último año se cargó algunos de los mitos que pulularon durante el debate sobre la inmigración. El número de inmigrantes ilegales que ingresan a los EE.UU. ha descendido casi a la mitad, en gran medida debido a las condiciones del mercado (que es como funcionan los flujos migratorios). Cuando la demanda por ellos es alta, vienen en bandadas. Cuando disminuye —es lo que ha ocurrido en la agricultura, la construcción y otras industrias—, dejan de venir. Si el Estado del Bienestar, con sus servicios “gratuitos” de educación y salud, fuese el principal atractivo para los inmigrantes, el flujo no hubiera cambiado tan dramáticamente de un año al otro. Lo cual no significa que los inmigrantes que pretenden vivir del resto de la sociedad no supongan una carga inaceptable sobre ella. Pero ese, en ultima instancia, es un argumento para revisar a fondo el Estado de Bienestar, no para estigmatizar a los inmigrantes.

En las últimas cuatro décadas, la causa contra la inmigración ha pasado de ser propugnada por la izquierda a serlo mayormente por la derecha. Solía existir un programa de trabajadores temporales conocido como “bracero” en los Estados Unidos. Fue instituido en 1942 pero terminó en los años 60 debido a la oposición de los sindicatos. No me sorprende, pues los sindicatos tienden a actuar como guildas proteccionistas que temen a la competencia y a quienes no pueden controlar. El propio César Chávez, famoso líder sindical hispano, se oponía al programa de trabajadores temporales.

Es el momento de dejar atrás la histeria y empezar a mirar a los hispanos con mente abierta. En un discurso radial pronunciado en 1977, Ronald Reagan se burlaba de "la alharaca contra los extranjeros ilegales”, preguntándose: “Ese gran número de desocupados que tenemos ¿son realmente víctimas de la invasión de extranjeros ilegales, o esos turistas ilegales están haciendo el trabajo que nuestra propia gente no quiere hacer?” Aunque sea por mero afán de supervivencia política, quienes dicen idolatrar a Reagan —el mismo que en 1986 legalizó a casi tres millones de hispanos, muchos de los cuales votaron por Obama porque tienen miedo— deberían repensar en este asunto.

(c) 2008, The Washington Post Writers Group


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.



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