In English

Algo divertido ocurrió camino al foro georgiano
25/8/2008
Robert Higgs

Bien, tal vez no sea en verdad tan divertido, especialmente si alguien que usted aprecia ha sido asesinado o herido en la reciente refriega en el Cáucaso Sur, pero aquellos accionistas corporativos que han invertido fuertemente en acciones de los contratistas militares de los EE.UU. se van riendo durante todo su trayecto al banco. En su mundo, nada resulta tan exitoso como algunos disparos y saqueos en un Estado cliente de los EE.UU. que se encuentre próximo a Rusia.

Todo aquel que haya pasado más de cinco minutos examinando la información atinente a los contratos militares estadounidenses comprende que el dinero grande aún puede obtenerse con la producción de excelentes plataformas de armamentos vanguardistas de alta tecnología, de la clase que enriqueció a varias generaciones de contratistas durante la Guerra Fría. Pero — ¡maldición! — la Guerra Fría tuvo el atrevimiento de desaparecer y quedar atrás en el inicio de la década del 90, aparentemente para no regresar jamás. Por supuesto, los contratistas siempre podrán direccionar sus tretas y presupuestos de “lobby” para recordarles a los miembros del Congreso que nunca sabremos cuándo aparecerá otro “Gran Enemigo Malo”. Por un tiempo, China fue la amenaza emergente favorita para hacer que se reúnan en banquetes la industria de la defensa y la asociación militar. No obstante, conseguir un reemplazo verdaderamente convincente para la URSS resultó ser una tarea extraordinariamente difícil. China pareció estar más interesada en ser proveedora de Wal-Mart y financiar al Tesoro estadounidense, que en atacar a los Estados Unidos.

El inicio de la Guerra en Irak distrajo a los muchachos de la industria de la defensa de su diversión y juegos habituales, pero apenas por un rato. A pesar de que KBR, Blackwater, Dyncorp, Bechtel, Fluor, Triple Canopy y muchos otros han hecho su agosto en Irak, los ingresos verdaderamente grandes en el ámbito de la contratación militar se siguen obteniendo trabajando el metal para las aeronaves, buques, misiles, satélites y vehículos de combate y mediante la provisión de incontables rubros relacionados con el software, el mantenimiento, la remodelación, la actualización, el entrenamiento, etcétera, es decir todo aquello que puede hacer que estos grandes proyectos perduren férreamente durante décadas en el contexto de un proveedor exclusivo que actúa libre de competencia con un potencial ilimitado de pedidos de modificaciones ingenieriles ―“contratos que se retroalimentan”, tal como se los conoce en el plano del comercio. (El proyecto del B-52, por ejemplo, ha perdurado firmemente durante más de 60 años y carece de un final a la vista. Si usted es un contribuyente estadounidense, la empresa Boeing le está muy agradecida).

Los rusos no han cooperado mucho para revivir a la Guerra Fría. No es que hayan demostrado ser los “Chicos Buenos”, especialmente en Chechenia, sino que en sus relaciones con Occidente, han demostrado más interés en solicitar inversiones extranjeras, exportar petróleo y gas, y adquirir mansiones en Chipre que en atacar con ojivas nucleares a Londres y Washington. Es cierto ― y un hecho que amerita más reiteraciones ― que todavía poseen miles de armas nucleares y misiles capaces de trasladarlas apropiadamente a cualquier lugar de la tierra en menos de una hora. Pero desde la desaparición de la URSS, no han estado hablando con un tono lo suficientemente amenazante como para que podamos afirmar que la amenaza rusa sea un temor terriblemente serio en las mentes de los contribuyentes estadounidenses.

Lo cual nos regresa al pequeño Estado-nación conocido como Georgia. Juntémonos en derredor del mapa y observemos dónde está ubicado este lejano país. Ah si, allí está, enclavado de manera no muy visible entre Turquía y Rusia, en el extremo oriental del Mar Negro. ¿Cuántos de ustedes han estado por allí? ¡Ninguno de Ustedes! Bien, esa no es ninguna sorpresa, supongo, en razón de que pocos estadounidenses han demostrado alguna vez interés en este sitio insignificante y poco acogedor, que es mejor conocido como el lugar de nacimiento de Iosef Vissarionovich Dzhugashvili, un ambicioso camarada que más tarde cambió su nombre por el de Joseph Stalin y se volvió bastamente conocido.

En el Cáucaso Sur, debemos decirlo, mucha gente no se lleva muy bien con el resto. En verdad, si tuviesen la oportunidad, se degollarían mutuamente. Sin embargo, sus riñas étnicas apenas los pondrían en la pantalla del radar estadounidense, excepto que la cuenca del Mar Caspio posea muchos yacimientos productores de petróleo, y una tubería que haya sido construida a través de Georgia y que permita que el petróleo sea trasladado desde sus orígenes en el Mar Caspio hasta los mercados occidentales sin atravesar Rusia. Aquellos que ocupan los cargos más altos en el Departamento de Defensa, el Departamento de Estado y la oficina del vicepresidente admiran esta característica de Georgia. Por ende, sin que nadie se sorprenda mucho, resolvieron hace algún tiempo cultivar la “democracia” en este pequeño y remoto rincón del mundo, observando su triunfo al colocar a su granuja favorito en el cargo de presidente debidamente electo. De esta clase de cosas se trata un día laboral cotidiano para los hacedores de la política exterior estadounidense, pero esta vez sucedió algo que les rindió un dividendo extraordinariamente grande e inesperado.

Se debió a que el 7 de agosto de 2008 a la noche, Mikhail Saakashvili, el mencionado granuja, decidió por su cuenta enviar efectivos armados a una pequeña región conocida como Osetia del Sur (70.000 habitantes), donde el pueblo había declarado su independencia de Georgia a comienzos de los años 90 y más tarde había mantenido una existencia política semi-autónoma con los rusos y georgianos encargados del mantenimiento de la paz a fin de preservar un acuerdo existente que estaba pendiente de una resolución más definitiva sobre la cuestión. Los locales, de quienes se dice que en su gran mayoría prefieren a Rusia antes que a Georgia, pusieron en fuga a los invasores georgianos, y al día siguiente el ejército ruso se trasladó prontamente hacia Georgia con una fuerza considerable, derrotando a las tropas georgianas y circulando luego libremente a través del país para escarmentar a los arribistas georgianos.

El gobierno de los EE.UU. y sus perros falderos en los denominados medios noticiosos, comenzaron a aullar de inmediato acerca de la campaña rusa en Georgia y procedieron a proferir toda clase de amenazas, veladas y no tan veladas, respecto de las contramedidas estadounidenses. Sin embargo, cualquiera con una pizca de educación en materia de estrategia, podía observar que los Estados Unidos detentaban una posición muy débil en esta situación. A menos que atacasen con armas nucleares a los rusos, las fuerzas armadas estadounidenses tenían poca capacidad para defender a los georgianos, e incluso intentar hacerlo hubiese ocupado un puesto entre los disparates más estúpidos en asuntos de política exterior de todos los tiempos. La realidad de la situación, no obstante, no hizo nada para moderar el tremendo volumen de las quejas que el Presidente, la Secretaria de Estado y los bufones de los “talk-shows” radiales de costa a costa emitían.

Este bramido tuvo su efecto sobre el clima de la opinión pública, y por ende sobre los miembros del Congreso, que siempre están buscando una gran oportunidad. Lo que nos regresa a nuestro tema central: cómo hacerse asquerosamente rico vendiéndole inútiles armamentos del tipo de los de la Guerra Fría al mercado cautivo de los contribuyentes estadounidenses.

En un artículo publicado en el Wall Street Journal con fecha 16 de agosto de 2008, el reportero August Cole no escatima las palabras: “El ataque de Rusia contra Georgia se ha vuelto una inesperada fuente de apoyo en favor de los grandes programas armamentísticos de los EE.UU., incluidos ostentosos aviones de combate y destructores de alta tecnología, programas que han tenido que batallar para conseguir financiamiento este año en virtud de que aparecen como obsoletos para los actuales conflictos contra oponentes insurgentes”. Como elabora Cole, “Algunos analistas de acciones de Wall Street prontamente vieron a la invasión como un motivo para efectuar pedidos alcistas en el sector de la defensa”. Uno se pregunta qué anduvo mal con aquellos analistas que no hicieron llamados alcistas.

Pese a todo, aquí somos todos científicos económicos, así que revisemos la información. Por ejemplo, consideremos a Lockheed Martin, la empresa de defensa líder de la nación y el principal contratista para el avión de combate F-22―un arma tan típica de la Guerra Fría como jamás usted podrá encontrar. Las acciones de Lockheed Martin han oscilado alrededor de $104, $5 más o menos, durante el último año. El 7 de agosto, el día previo a que los rusos iniciaran su contraataque, la acción cerró en $108,29. Ocho días después, el 15 de agosto, cerró en $116,67, ofreciéndole a los accionistas una ganancia de capital limpia del 7,7 por ciento, o aproximadamente un 350 por ciento en términos anualizados―una tasa de retorno que incluso el titán más exitoso de Wall Street puede apreciar.

Para no ser sospechados de escoger los datos a dedo, consideremos el índice del sector de la defensa de la Bolsa de Valores de Filadelfia, que incluye los precios de las diecisiete empresas aeroespaciales y de defensa más importantes, incluidas Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, General Dynamics y Raytheon, los líderes de esta jauría de lobos hambrientos. El 7 de agosto, el índice cerró en $365,59. Ocho días más tarde, el 15 de agosto, cerró en $382,50, un 4,6 por ciento arriba, o alrededor del 210 porciento en términos anualizados.

Por supuesto, post hoc ergo propter hoc* es una falacia lógica, y tal vez estos saltos en el precio de las acciones fueron enteramente una coincidencia. Pero yo no lo creo. Para mí, parecieran tener una sólida lógica económica y una amplia experiencia histórica detrás suyo. Los accionistas han transitado este camino varias veces con anterioridad; saben que acontecimientos tales como el violento episodio de Georgia incrementan las probabilidades de que el Congreso añada dinero al presupuesto militar para armas costosas. Cuando el oso ruso gruñe, los inversores en el sector da la defensa de los EE.UU. destapan champagne y festejan en Wall Street.

Si, en el Cáucaso Sur miles de personas resultaron muertas, y miles han sido desplazadas de sus hogares. Muchas propiedades han sido destruidas o saqueadas. ¿Sin embargo, no es todo esto un pequeño precio que pagar, para mantener a la poderosa industria militar estadounidense trabajando a toda máquina? Enfrentémoslo: Georgia (4,6 millones de habitantes) es un remoto e insignificante lugar con pocas consecuencias para cualquiera excepto para la gente que vive allí y los seudo-capitalistas que tienden tuberías a través de él. El PBI del país ronda los 20 mil millones de dólares, los que ni siquiera son suficientes para adquirir una docena de bombarderos B-2. Pero una tensa confrontación entre los rusos y el gobierno de los Estados Unidos vale cientos de miles de millones para los inversores y demás accionistas del complejo militar-industrial-parlamentario.

Traducido por Gabriel Gasave

*Nota del traductor: La falacia “post hoc ergo propter hoc” (después de esto, por lo tanto, causado por esto) consiste en asumir que si la situación A antecede a la situación B, A debe necesariamente ser la causa de B.


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




  • MyGovCost.org
  • FDAReview.org
  • OnPower.org
  • elindependent.org