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Regreso a Bosnia
6/8/2008
Alvaro Vargas Llosa

Viena—Mientras contemplo “El beso”, la delicada obra maestra del pintor austriaco Gustav Klimt, en uno de los palacios del Belvedere, en Viena, mi cabeza se llena de recuerdos de los dos viajes que hice a Bosnia durante la guerra de los 90. Los diarios están repletos, esta mañana, de noticias sobre la reciente captura de Radovan Karadzic, el ex Presidente de los separatistas serbios. Al parecer, estuvo escondido el año pasado en Viena, la ciudad desde donde Bosnia fue gobernada hasta la disolución del Imperio Austro-Húngaro tras la Primera Guerra Mundial.

¿Cómo pudo la misma Bosnia Herzegovina que inició el siglo 20 siendo casi un modelo de coexistencia multiconfesional y pluralista convertirse en sinónimo de tribalismo brutal al terminarlo? La captura y extradición de Karadzic a La Haya debería recordarnos las lecciones de la guerra de Bosnia si queremos hacer del siglo 21 algo mejor que el anterior.

Aunque el nacionalismo es una forma ampliada del tribalismo, sus peores exponentes suelen ser gentes cultivadas. Que Karadzic fuera un psiquiatra mediano y un poeta mediocre no quita que fuera leído, hubiera estudiado en el extranjero (incluyendo un período en los Estados Unidos) y su padre hubiera luchado contra los nazis y el comunismo. Defendió su conducción de la guerra, centrada en la limpieza étnica, con elaborados argumentos sofistas. Mi hermano, que negoció asuntos humanitarios con él en varias ocasiones, se sorprendía de comprobar lo convencido que este genocida nacionalista andaba de estar peleando una guerra de liberación.

Karadzic demuestra, por enésima vez, que en política los medios importan más que los fines. Sostenía que no habría estado en guerra con los musulmanes y croatas de Bosnia si el gobierno bosnio no hubiera declarado su independencia con respecto a Yugoslavia en 1992. Pero las decenas de miles de víctimas bosnias y los centenares de miles de personas expulsadas de sus hogares por su ejército fueron la negación de su argumento. Aun si la secuencia de los hechos favorece su lógica, sus métodos prueban que la suya no fue una guerra defensiva sino agresiva, basada en la limpieza étnica. No hay más que leer su escalofriante directiva antes de la masacre de Srebrenica para verlo.

Visité dos ciudades bajo asedio serbio durante el conflicto: Bihac, el enclave musulmán en el noroeste de Bosnia, y Sarajevo, la capital. No eran ciudades en guerra: eran ciudades que morían una muerte lenta. Recuerdo haver visto a cientos de heridos críticos por los bombardeos y los disparos de los francotiradores: ninguno era soldado.

Todas las partes tienen responsabilidad por la guerra de la ex Yugoslavia. Todas se precipitaron al declarar su separación sin tomar en cuenta las sensibilidades y temores de sus minorías. Y todas las partes cometieron atrocidades bajo órdenes de ideólogos. Pero así como el ex Presidente de los serbios de Bosnia no puede ser juzgado por su supuesto objetivo —la preservación de Yugoslavia en defensa de la minoría serbo-bosnia—, no puede ser justificado por las acciones de sus enemigos. La historia está repleta de cadáveres por crímenes de fanáticos cuyos objetivos declarados parecían justos y cuyos enemigos estaban en el error. A menor escala, ¿fue John Brown menos culpable de practicar el terrorismo en los Estados Unidos del siglo 19 porque mató, robó y tiranizó a quienes cayeron bajo su control en nombre de la abolición de la esclavitud?

En un aspecto, Karadzic ganó la guerra. Bajo los acuerdos de Dayton de 1995, Bosnia Herzegovina se convirtió en una federación compuesta de una entidad croata-musulmana y otra entidad Serbia: casi la misma que él mismo había creado. Los esfuerzos de la comunidad internacional en todos estos años para centralizar el poder en la cúspide de la federación han generado resentimiento entre quienes no son musulmanes. La tensión podría degenerar en violencia el día de mañana.

Curiosamente, de las dos entidades, la serbia ha sido la más exitosa. Sus políticas de mercado han generado una sociedad más próspera que la croata-musulmana, que es un inmenso programa asistencial dirigido por la comunidad internacional a través del Alto Representante. Muchos negocios bosnios se han pasado de la entidad croata-musulmana a la serbia.

El juicio de Karadzic probablemente no aborde estas nuevas realidades. Esperemos que al menos les cuente a todos esos jóvenes a quienes la guerra de Bosnia no les dice nada cómo llegamos hasta aquí.

(c) 2008, The Washington Post Writers Group


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.




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