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¿La globalización destruye la cultura?
8/7/2008
Art Carden

La última cumbre de los líderes del G8 trae consigo la usual e interminable lista de reclamos acerca de la globalización: la degradación medioambiental, la explotación del trabajo “esclavo” y la supuesta hegemonía del capitalismo occidental. Algunos sostienen que los incrementos de esta globalización inducida en el bienestar material son superficiales e insignificantes, citando en ocasiones la declaración de William Wordsworth de que “al comprar y gastar desperdiciamos nuestros poderes”. Los pros y contras incluyen una reducida singularidad cultural, una creciente inestabilidad social y desabridos subproductos culturales. Los manifestantes en contra del G8 están acertados respecto de que la globalización tiene algunos costos; sin embargo, estos costos son pequeños con relación a los beneficios.

La globalización es un proceso experimental que produce una horda de problemas políticos debido a que el proceso de “destrucción creativa” continuamente altera el status quo. Los incentivos cuentan: si la gente puede hacerse rica creando riqueza, todos mejoramos con ello. Sin embargo, si pueden enriquecerse mediante la redistribución de la riqueza, todos empeoramos.

Estas reflexiones se aplican también a la globalización cultural. En un articulo de 2004 en el American Economic Review, Bryan Caplan y Tyler Cowen sostienen que la competencia cultural global es beneficiosa. Si la evitamos, nos privamos de nuevas formas culturales así como del contacto con lo que el resto del mundo tiene para ofrecer.

Una inquietud es que la creciente globalización genera mercados para los productos culturales en los cuales “el ganador se lleva todo”. La globalización podría significar que el Gobernador de California Arnold Schwarzenegger se convierta en El Ultimo Gran Héroe, pero también crea nichos de mercado en los que las preferencias de todos, sin importa cuan esotéricas sean, pueden ser satisfechas. Esto es algo que los manifestantes contra el G8 pasaron por alto.

Otra preocupación es que la globalización tiene consecuencias morales no deseables. A primera vista, parecería que un mayor acceso a la pornografía es un costo identificable de la globalización y el cambio tecnológico. Los efectos reales son más sutiles: tal como Todd Kendall, economista de la Clemson University ha demostrado, los índices de crímenes sexuales caen a medida que la pornografía en Internet está más difundida. Aquellos que se encuentran predispuestos a cometer crímenes sexuales reemplazan dichos actos con la pornografía cuando la misma se vuelve más disponible. Los costos morales de la globalización y la tecnología pueden en verdad ser benéficos si la gente comete menos crímenes sexuales brutales.

La clave para un contexto cultural robusto es preservar las instituciones que le permiten funcionar al proceso de investigación antes que tratar de congelar el tiempo cultural. El proceso de mercado es el proceso por el cual los modos de producción eficientes son revelados. Según el Premio Nobel de 1973 F.A. Hayek, no podemos poseer ese conocimiento específico. Alentar la experimentación—y de ese modo darle a la gente la libertad de fracasar—es esencial para el proceso de descubrimiento.

La información de distintos sondeos sugiere que en conjunto, la gente no confía en la globalización. Tal como Bryan Caplan lo sugiere en su libro The Myth of the Rational Voter, la gente tiene opiniones sistemáticamente prejuiciosas del proceso económico. Uno tan solo precisa escudriñar en los periódicos y las revistas para encontrar grandes cantidades de fotografías de gente invirtiendo los escasos recursos en intentos por mantener el status quo. Socialmente, estos recursos son desperdiciados.

El comercio global en la cultura y la moralidad puede también ser ennoblecedor. En un pasaje frecuentemente citado, el economista del siglo 19 John Stuart Mill sostiene que “las ventajas económicas del comercio se encuentran sobrepasadas en importancia por las de sus efectos, que son intelectuales y morales”. Destaca que a medida que el comercio ha reemplazado a la guerra como la forma principal en la que las culturas se relacionan entre sí, las oportunidades de mejorar nuestras “artes o prácticas” así como también los “puntos de carácter” siguen expandiéndose.

Los economistas son criticados por una supuesta fe ciega en el mercado, particularmente entre aquellos que probablemente se encuentran representados entre los manifestantes contra el G8. Sin embargo, nuestro celo por el proceso de mercado no representa una fe ciega o una esclavitud ideológica, sino la humilde admisión de que el conocimiento humano es demasiado imperfecto para articular soluciones ideales a los amplios problemas sociales. El mercado no es un fin en si mismo; en cambio, es un medio por el cual los modos más efectivos de resolver los problemas son revelados, tal como lo señalara Hayek y lo repitieran distinguidos economistas como William Easterly, especializado en desarrollo en la New York University. Tal como lo sostuviera el Premio Nobel de 1986 James Buchanan, la propia esencia del proceso de mercado es la de definir los arreglos que generan orden y descartar aquellos que no lo hacen. En el análisis final, no deberíamos preocuparnos respecto de la supuesta depravación moral y cultural de la modernidad. En cambio, deberíamos mantener y preservar el proceso y las instituciones conducentes al desarrollo del arte y la cultura.

Traducido por Gabriel Gasave


Art Carden es Asociado Adjunto en el Independent Institute en Oakland, California, y profesor asistente en el Departamento de Economía y Negocios del Samford University.




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