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El Che es el “santo patrono” de la guerra
9/10/2007
William Ratliff

Asís, Italia—Mientras camino hacia la imponente basílica de San Francisco en esta antigua ciudad, observo un rostro familiar en un puesto de suvenires a mi izquierda. Era el Che Guevara, la imagen del macho barbudo y desalineado que todos conocen de la famosa fotografía de Korda, con el halo.

Este mes marca el cuadragésimo aniversario de su muerte en Bolivia. Encontrar una remera con la imagen del Che en este pequeño pueblo de Umbría junto a las estatuillas del santo patrono de los pájaros enfatiza la “férrea benevolencia” practica casi franciscana del Che tal como es descripta en el culto actual. En Bolivia, el presidente Evo Morales habló en estos términos cuando le dijo a los asistentes aun acto que nadie podrá ser jamás un sucesor del Che a menos que “diese su vida por la humanidad”.

La Iglesia Madre de la reencarnación del Che como un santo se encuentra en Cuba, donde la comercialización del héroe es tan vertiginosa como lo son las ventas de San Francisco en Asís. Cuba informó a comienzos de octubre que médicos cubanos acababan de devolverle la visión al verdugo del santo. La moral, sostuvo Granma el periódico del Partido Comunista, es que a cuatro décadas de que el hombre había “intentado destruir un sueño y una idea, el Che regresaba para ganar otra batalla”.

La yuxtaposición aquí en Asís resalta la mentira de la santidad del Che, a menos que exista un santo de la guerra. San Francisco fundó a los franciscanos después de que un tiempo en el campo de batalla lo iluminara espiritualmente y prometiera predicar la salvación a través de la pobreza, la penitencia y la no confrontación. La iluminación del Che ocurrió durante un viaje narrado en el popular film “Diarios de Motocicleta” y después de que se convirtiera en un cada vez más entusiasta defensor y practicante de la salvación popular a través de la guerra.

El Che era una figura intransigente y al estilo de un mesías en una región plagada por lo que le venezolano Moises Naim denomina “malignidades legendarias: desigualdad y pobreza, una política disfuncional e instituciones que funcionan mal”. Durante siglos la cultura latina ha inclinado a la gente a buscar y seguir a milagrosos paternalistas, a veces llamados caudillos, como actualmente el presidente venezolano Hugo Chávez, quien promete brindar una vida mejor a sus leales seguidores.

Al igual que Chávez en la actualidad, el Che juró llevar justicia a los oprimidos por centenarias tiranías aplastantes. Probablemente lo pensaba, era ciertamente audaz, dio su vida por la causa y su reputación se benefició mucho del hecho de que fue martirizado por los estadounidenses a los que tanto odiaba. Ante el resultado de la guerra de Irak, su combinación de virtudes verdaderas y falsas ha renovado su atractivo para el frustrado, el descontento y el ideologizado en un mundo cada vez más anti-estadounidense.

Pero solamente los ignorantes o interesados pueden ver los antecedentes de Guevara y juzgarlo como un desinteresado defensor de los pobres o un éxito impresionante en la mayoría de sus esfuerzos. Su camino, totalmente contrario al de San Francisco, fue el de promover el conflicto y la guerra en todos los continentes. El Che apoyaba totalmente la máxima de Fidel de que “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”, no negociar las reformas con todas las parte involucradas.

Los escritos del Che sobre la guerra de guerrillas se volvieron mundialmente famosos, pero los esfuerzos para liderar a los guerrilleros que lo absorbieron en los últimos años de su vida fueron fracasos patéticos, en África y América Latina, y miles influenciados por él perecieron en guerras contra dictadores y demócratas. En un país tras otro, los oprimidos perdieron mucho más de lo que ganaron con las ideas, actividades y fanatismo de este convencido.

El Che estaba obsesionado con la participación estadounidense en Vietnam y más allá y trazaba conclusiones apocalípticas a partir de allí. Su ultimo escrito importante, el Mensaje a la Tricontinental de 1967, una agrupación de revolucionarios tercermundistas, aguardaba ansiosamente “dos, tres, muchos Vietnams” alrededor del mundo lo que extralimitaría a los Estados Unidos como para precipitar su colapso. La guerra de 1966-67 en Bolivia, donde murió, fue planeada precisamente para crear “un Vietnam en las Américas con su corazón en Bolivia”, tal como escribió su camarada cubano Pombo en su diario justo antes de que perecieran juntos en los Andes.

Por lo tanto, si alguna vez compra una remera del Che, o hace un gesto de aprobación cuando se topa con alguien que está luciendo una, recuerde qué es lo que está avalando. Tal como escribió Paul Berman en ocasión del estreno del film Diarios de Motocicleta, el culto del Che es “un episodio en la insensibilidad moral de nuestra época”

Incluso George W. Bush parece haber aprendido que la negociación puede resultar más provechosa que el conflicto. La última cosa que necesita el mundo hoy día es que alguien más glorifique a la guerra como la única solución ante los diferendos. Los escritos finales del Che hacen precisamente eso, promueven la manipulación del “odio intransigente” del cual los hombres son capaces a fin de convertir a cada persona en “una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Un objetivo verdaderamente humanitario sería trabajar para tener menos Vietnams e Iraks, no más.

Traducido por Gabriel Gasave


William Ratliff es Asociado Adjunto en The Independent Institute, Investigador Asociado en la Hoover Institution de la Stanford University, y un frecuente escritor sobre temas de la política exterior china y cubana.



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