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El consenso verde
3/10/2007
Alvaro Vargas Llosa

Nueva York—En una reunión de jefes de gobierno, capitanes de industria y organizaciones sin fines de lucro provenientes de distintos lados del espectro político, cabría esperar cierta diversidad de opinión. Ese no fue el caso, la semana pasada, durante reunión de la Iniciativa Global Clinton, dedicada mayormente al cambio climático. Desde el presidente de Duke Energy Corp. hasta el presidente del Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales y Al Gore, todos concordaron en la necesidad de imponer límites draconianos a las emisiones de carbono alrededor del mundo. Las propuestas incluyeron desde crear impuestos al carbono hasta fijar un sistema de topes y compra-venta de cuotas de polución, pero los supuestos sobre las cuales se basaban todas ellas eran los mismos….y parecen un tanto prematuros. Nadie se preocupaba demasiado por los costos que una limitación generalizada de las emisiones podría infligir a millones de personas que tratan con desesperación de dejar atrás la pobreza alrededor del mundo.

El principal supuesto es que la mayor parte del calentamiento ha sido causado por los crecientes niveles de dióxido de carbono. Pero los científicos todavía no han alcanzado un consenso a este respecto. La temperatura promedio se ha elevado un poco menos de un grado centígrado en los últimos cien años. Aunque los gases de “efecto invernadero” han aumentado de manera sustancial desde la década del 50, la mitad del calentamiento tuvo lugar en la primera mitad del siglo 20, como lo señala Phil Jones, profesor de la Escuela de Ciencias Medio Ambientales de la University of East Anglia, en un su trabajo “Global Temperature Record”.

El segundo supuesto es que todo el CO2 es contaminante. En verdad, alrededor del 40 por ciento es reabsorbido por las plantas y árboles, como lo demuestra un ensayo de Stephen Pacala en la publicación científica Science. Las estadísticas sobre las emisiones de carbono por lo general no toman en consideración el porcentaje que resulta reabsorbido.

El tercer supuesto es que los modelos de cambio climático utilizados para predecir el calentamiento global son consistentes. En realidad, tal como lo describe un reciente panfleto del Nacional Center for Policy Analysis que utiliza gráficos fáciles de entender, esas predicciones han variado enormemente en los últimos años.

Finalmente, todos los participantes asumían que las imposiciones gubernamentales funcionan mejor que las acciones voluntarias. Citaron el caso de la Unión Europea, donde está vigente un sistema de topes y compra-venta de cuotas de polución mediante el cual la ley establece un límite general a las emisiones contaminantes y permite a las empresas intercambiar “derechos” de carbono. Ello no obstante, en los últimos diez años la tasa de crecimiento de las emisiones de carbono ha sido mucho más baja en los Estados Unidos, donde aún no hay un límite federal, que en Europa. El año pasado hubo incluso una reducción del 1,3 por ciento en las emisiones de CO2 en los Estados Unidos.

Hay quienes sostienen que incluso si estas conjeturas resultasen haber sido prematuras no hay ningún perjuicio en proteger el medio ambiente. Esa, por supuesto, es una posición cómoda para quien vive en una nación próspera que puede darse el lujo de cometer errores costosos. Pero las naciones subdesarrolladas ya están siendo perjudicadas. Según el Fondo Monetario Internacional, el precio de los alimentos subió 23 por ciento en los últimos 18 meses debido a la creciente demanda vinculada a los biocombustibles. Es cierto que los biocombustibles eventualmente crearán también oportunidades de negocio para los países atrasados, pero para que ello ocurra Europa y los EE.UU. tendrán que abandonar sus políticas proteccionistas. El etanol brasileño es el ejemplo obvio. Los EE.UU. imponen un arancel del 54 por ciento a fin de proteger a los productores de maíz en Iowa, Kansas y otros estados. El maíz es una base mucho menos eficiente para el etanol que la caña de azúcar.

Las empresas privadas están muy por delante de los políticos en materia de medio ambiente. Están invirtiendo en nuevas tecnologías, haciendo un uso más eficiente de la energía y comenzando a desarrollar instrumentos financieros que proporcionarán liquidez a los nacientes mercados ecológicos. Por ejemplo, Jeff Bortniker, el presidente de Equator Environmental, está creando activos financieros y “créditos” de carbono vinculados a la reforestación en Brasil para ser negociados internacionalmente. “El mercado es por lejos una solución mejor”, me comenta, “y ya estamos demostrando que sin la interferencia burocrática podemos generar valor y al mismo tiempo proteger el medio ambiente”. Los brasileños sin duda lo apreciarán: han perdido casi 150.000 kilómetros cuadrados de bosques atlánticos desde 2000, para no mencionar los cientos de miles de selva amazónica perdidos en décadas recientes porque nadie sintió la necesidad de proteger a una tierra sin dueño.

El cambio climático exige estudiar más de cerca el fondo científico de esta discusión antes de emprender acciones que podrían tener consecuencias perjudiciales. También debemos recordar que, en relación al medio ambiente, lo que es válido para otras actividades humanas —que la empresa privada es mucho más exitosa que los gobiernos— también lo es en este caso.

(c) 2007, The Washington Post Writers Group


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.



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