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La ocupación de Irak: ¿Por qué invoca Bush el modelo coreano?
1/10/2007
Robert Higgs

En el más reciente intento de la administración Bush de hacer que su guerra en Irak luzca mejor, los funcionarios estadounidenses están haciendo referencia cada vez más al “modelo de Corea”. En este sueño imposible, la situación en Irak sería estabilizada de la misma manera que fue resuelta la Guerra de Corea. Así como bases militares y decenas de miles de efectivos de los EE.UU. permanecieron en Corea tras el combate que terminó en 1953—más de 25.000 permanecerán allí incluso después de las reducciones actualmente en desarrollo—bases y decenas de miles de efectivos estadounidenses permanecerán en Irak indefinidamente, conduciendo una “misión de seguridad”.

Si bien la referencia al resultado de la Guerra de Corea como un modelo para Irak representa un elemento novedoso en la propaganda de la administración, esta estratagema, como muchas otras antes que ella, simplemente disfraza al plan establecido con un nuevo atuendo retórico. El mantenimiento de grandes y permanentes bases y voluminosos contingentes de tropas estadounidenses en Irak ha llamado la atención de muchos observadores como parte del plan desde el comienzo, sin importar las reiteradas negativas oficiales. La construcción de una gigantesca “embajada” de los Estados Unidos en Bagdad sugiere fuertemente también que el gobierno de los EE.UU. espera continuar su dominación de los asuntos de Irak durante un largo tiempo.

La introducción de una nueva analogía en los intentos de la administración para justificar el continuado entremetimiento estadounidense en Irak plantea no obstante la pregunta: ¿por qué Corea?. Para empezar, la comparación tiene poco sentido. Tal como lo ha observado acertadamente Fred Kaplan, “En modo significativo alguno estas dos guerras, o estos dos países, son remotamente similares. De ninguna manera una experiencia, o conjunto de lecciones, arroja luz sobre la otra”.

Además, los Estados Unidos padecieron un resultado menos que glorioso en el sangriento choque de armas de tres años en Corea. La contienda terminó en un punto muerto, y ningún tratado de paz fue suscripto, tan solo un armisticio implementado por un tenso y permanente retiro de fuerzas fuertemente armadas enfrentándose unas con otras a lo largo de la Zona Desmilitarizada próxima al paralelo 38º, donde la invasión norcoreana comenzó en 1950. ¿Por qué desearía alguien replicar las características esenciales del resultado de ese costoso e injustificado involucramiento?

La respuesta de Kaplan luce en cierto punto perspicaz. “Actualmente”, destaca, “ya sea debido a una retrospectiva o falta de memoria, la Guerra de Corea no parece tan mala. Al comparar a esa guerra con la guerra actual, [George W.] Bush y [el Secretario de prensa de la Casa Blanca Tony] Snow están tratando de convencernos de que, en el futuro, la guerra de Irak tampoco lucirá tan mala”.

Sin embargo, un punto importante que Kaplan no enfatiza se relaciona con un rasgo particular del resultado de la Guerra de Corea. Pese a que la gran mayoría de los estadounidenses para 1952 había llegado a oponerse a la Guerra de Corea y a detestar al presidente Harry S Truman, aprendieron a convivir con las consecuencias de la guerra, en particular, con el permanente despliegue de grandes fuerzas militares estadounidenses en y alrededor de Corea del Sur. En la actualidad, los líderes nacionales esperan que a pesar de que la gran mayoría de los estadounidenses ha llegado a oponerse a la guerra en Irak y a detestar al presidente Bush, aprenderán a convivir con las consecuencias de la guerra, en particular, con el permanente despliegue de grandes fuerzas militares estadounidenses en y alrededor de Irak.

El pueblo estadounidense, en su gran mayoría, desea que las tropas regresen. El gobierno, sin embargo, desea mantener a muchos de los efectivos en Irak por siempre. Para resolver este conflicto político entre el pueblo y sus dirigentes, los funcionarios gubernamentales procuran trazar un paralelo entre él y un conflicto político anterior y similar, que fue resuelto por la anuencia del público al plan del gobierno. El presidente y sus voceros nos están diciendo en efecto: se acostumbraron a soportar los costos de mantener una fuerza estadounidense permanente en Corea; pueden así acostumbrarse también a soportar los costos de mantener una fuerza estadounidense permanente en Irak.

Incluso sí esta estratagema política tuviese éxito en este lado del charco, sin embargo, los acontecimientos en el propio Irak ciertamente casi revelarían su quiebre como un modelo que pueda funcionar para una ocupación permanente de los EE.UU.. Después de 1953, relativamente pocos surcoreanos estaban pugnando por expulsar a los militares estadounidenses, y nadie estaba atacando a G.I. Joe con rifles, bombas a la vera del camino y morteros. Los políticos surcoreanos, aunque turbulentos, no tenían que acomodar a implacables odios tribales, étnicos y religiosos unidos a un afán ampliamente difundido de acudir a la violencia política. Uno podía imaginar que Corea del Sur podía algún día convertirse en un país democrático y liberal viable, y con el tiempo lo hizo. No obstante, solamente aquellos de nosotros inclinados a desatender la realidad, podemos imaginar a Irak convirtiéndose en un país así en poco tiempo. Tal vez la mayor de todas las fantasías neoconservadoras fue la idea de que Irak podría hacer esta transformación—y además fácilmente. Irak puede romperse en fragmentos más políticamente homogéneos (El Irak kurdo ya es semi-autónomo). Si no se desintegra, es casi probable que pueda permanecer como una entidad política viable solamente bajo la clase de regímenes autoritarios que padeció a lo largo de su historia como un estado independiente antes de la invasión de los Estados Unidos. Incluso este desafortunado resultado, no obstante, constituiría un avance sobre el sangriento caos hobbesiano que ha prevalecido durante la ocupación estadounidense.

El gobierno de los EE.UU. no puede imponer un resultado mejor a punta de pistola, tal como los acontecimientos de los últimos cuatro años lo han demostrado claramente. Además, en tanto sus fuerzas permanezcan en Irak en más que números simbólicos, muchos iraquíes seguirán pergeñando ataques contra ellos, procurando sacarlos por completo del país. Los Estados Unidos nunca serán capaces de alcanzar la “victoria” en Irak del mismo modo en que “ganaron” la Segunda Guerra Mundial. Cuando el presidente Bush declara que en Irak “triunfaremos a menos que abandonemos”, está o bien definiendo al éxito de una manera bizarra o luciendo jovial en el cementerio o, tal vez los más probable, fallando en apreciar las realidades sobre el terreno—después de todo, el presidente es cualquier cosa menos un gigante intelectual y, peor aún, se encuentra sublimemente complacido con su propia ignorancia. Por supuesto, puede estar simplemente evadiendo, diciendo cualquier tontería medianamente plausible que sus manipuladores discurren, hasta el día en que abandone el cargo y el próximo presidente esté a cargo de la limpieza del desastre que Bush y compañía han causado.

Considerando que a estas instancias nadie puede imaginar de manera realista algún verdadero éxito de los EE.UU. en Irak, aparte del tremendo suceso financiero del que disfrutan Halliburton, Blackwater y el resto de la vasta legión de contratistas y mercenarios, uno puede imaginar fácilmente un modelo de Vietnam para la resolución definitiva de la invasión y ocupación estadounidense. Viene fácilmente a la mente la imagen del último helicóptero estadounidense despegando del techo de un edificio en la super-fortaleza de la sede de la embajada, mientras exuberantes muchedumbres de insurgentes celebraban en las calles de Bagdad disparando sus AK-47 al aire.

Exactamente cuándo las fuerzas estadounidenses abandonarán Irak, ya sea en una retirada ordenada o en una huida ignominiosa, depende fundamentalmente, sin embargo, no de acontecimientos en Irak, sino de sucesos en los Estados Unidos. Toda la política es local; toda la política exterior es política interna. La infortunada ocupación de Irak de los Estados Unidos no terminará hasta que un número suficiente de estadounidenses se plante y declare que no tolerará más su continuación y que utilizará los recursos materiales, intelectuales y morales a su disposición para castigar a cualquier político estadounidense que actúe para mantener a la fuerzas de los EE.UU. en Irak. Entonces, y solamente entonces, terminará esta pesadilla, tal como la anterior pesadilla en Vietnam finalmente concluyó cuando la gran mayoría dijo enfáticamente “no más”.

Sin embargo, hasta ese día, los políticos permanecerán en este desgraciado curso, sin considerar a la opinión pública, porque hacerlo trae beneficios políticos y materiales para ellos mismos, sus amigotes y la coalición de grupos de intereses especiales que los llevó al poder y los recompensa por sus acciones en él. La guerra en Irak parecería ser solamente un conflicto entre soldados estadounidenses y combatientes de la resistencia iraquí; en sus cimientos, es un conflicto entre gobernantes y gobernados aquí en los Estados Unidos.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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