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La revolución anti-prebendaria
28/2/2000
Carl P. Close

“Todos desean algo por nada,” le reclamaba en una ocasión el Abuelo Simpson, el patriarca de la familia de historieta de la televisión, a un repartidor de volantes en la calle. Sin perder la marca, el Abuelo ingresó luego a su oficina local de la Seguridad Social e impacientemente gritó:“¡Soy viejo. Denme, denme, denme!” (Los eruditos de la historieta aparentemente no temen ser desbordados con la correspondencia procedente de irritados miembros de la AARP, la Asociación Estadounidense de Jubilados.)

El cinismo respecto de la Seguridad Social difícilmente haya aminorado en los años transcurridos desde el irónico exabrupto de Simpson. Una famosa encuesta de 1994 patrocinada por Third Millenniumun, grupo que promueve la concientización sobre las cuestiones nacionales que afectan a quienes continuaron a la generación de los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial (conocidos como “Baby Boomers”), informó que eran más los adultos de entre 18 y 34 años que creían que existían los OVNIS (46 por ciento) que los que consideraban que la Seguridad Social existiría cuando ellos se jubilasen (28 por ciento). Ese no era ningún error.

En el sondeo de Third Millennium de 1999, llevado a cabo en enero pasado, más adultos creían que un luchador profesional sería elegido presidente (52 por ciento) que los que consideraban que recibirían todo el dinero de la Seguridad Social al cual tenían “derecho” (39 por ciento). Buenas noticias para el gobernador de Minnesota Jesse Ventura; no tan buenas para el Abuelo Simpson.

Incluso la percibida legitimidad de la Seguridad Social persiste en la actualidad sin una base sólida. En la encuesta de 1994, tan sólo el siete por ciento de los consultados creía que los ancianos estaban obteniendo más que su “justa parte” de los beneficios gubernamentales. En el sondeo de 1999, sin embargo, una pluralidad de participantes se opusieron al estatus prebendario de la Seguridad Social. Un aplastante 49 por ciento veía a la Seguridad Social como a un privilegio, un regalo, un robo o algo más, comparado con el 47 por ciento que la llamó un “derecho.” Lo que impresiona no es el estrecho dos por ciento guiado por el sentimiento anti-prebendario, sino que este sentimiento se haya vuelto tan común, tan rápidamente.

Muchos estadounidenses incluso desaprueban los esfuerzos del gobierno para educarlos acerca de sus finanzas personales. Una pluralidad de quienes respondieron a la encuesta (40 por ciento) estaban de acuerdo con esta afirmación: “Simplemente no es responsabilidad del gobierno el educar a la gente cerca de cuestiones de finanzas personales.” Eso no es tan sólo aire caliente; los estadounidenses están de manera creciente tomando sus vidas financieras en sus propias manos. A juzgar por la creciente popularidad de las Cuentas Individuales de Retiro, y los libros y los sitios en la Internet dedicados a las finanzas personales, la auto-responsabilidad financiera se está poniendo absolutamente de moda.

Es tentador considerar a la tendencia como retro, como un regreso a los días previos al estado benefactor, cuando como Archie y Edith Bunker cantaban: “todos soportaban su carga.” Pese a que esta generalización es mayormente cierta, los reformadores de la prebenda deberían notar que incluso los Estados Unidos del siglo diecinueve no cumplieron siempre con este ideal.

Cuando, en 1870, Indianapolis abolió el bienestar público—“asistencia externa” como el mismo era llamado—las caridades privadas rápidamente se presentaron, pero las semillas de la independencia financiera fallaron en germinar. Irónicamente, las caridades privadas pueden haber ayudado demasiado. De acuerdo con el economista Stephen Ziliak de la Bowling Green State University, hacia el final de la transición, las caridades privadas estaban gastando tanto dinero como el que la ciudad había gastado en ayuda, y los beneficiarios estaban usufructuando de la misma extensión de tiempo en el seguro de desempleo como antes. Si la dependencia en el bienestar aconteció bajo la asistencia pública, la misma continuó aun después que la caridad privada se hizo cargo.

Otro ejemplo proviene del más temprano experimento estadounidense con la “privatización” parcial de las pensiones. En 1800, el Congreso autorizó la inversión del fondo de pensión (invalidez) de la Marina de los EE.UU. en títulos corporativos en búsqueda de retornos más altos que los que estaban disponibles de los bonos gubernamentales. Cuando algunas de estas compañías vacilaban, explican los profesores de Administración de la North Carolina State University Robert L. Clark, Lee A. Craig y Jack W. Wilson en la edición de primavera del The Independent Review, el Congreso les pasaba las pérdidas a los contribuyentes, en vez de a los beneficiarios de las pensiones.

Estos dos capítulos en la historia de los Estados Unidos sugieren que la virtud de la independencia financiera no puede ser dada por hecha. En cambio, como la propia libertad, la misma debe ser salvaguardada con la vigilancia eterna. Sin defensores articulados y consistentes, la misma permanece vulnerable a los que Ziliak llama “la contradicción de la compasión” o a las tentaciones políticas en favor de los grupos de intereses bien-organizados a expensas de los contribuyentes como un todo.

El Presidente Clinton se encuentra en una posición única para, como él lo pondría, “iniciar un diálogo” sobre la independencia financiera. Al optar fuera de la Seguridad Social gubernamental en favor de un plan de retiro privado auto-financiado de su elección, establecería un buen ejemplo para que otras figuras publicas lo siguiesen. A pesar de que el Abuelo Simpson precisará, por obvias razones, ser cuidado por otro abuelo en el presente sistema, aquellos que puedan sacudir la mentalidad prebendaria—y muchos de aquellos que no pueden, incluyendo a los peores abusadores del bienestar corporativo—pueden ser zarandeados de manera apropiada.

Los futuros historiadores probablemente contemplarían muy favorablemente a tal aventura, mucho más que lo que los actuales historiadores observan favorablemente el acercamiento de Nixon a China. Pero si nuestros líderes fallan en expresar y practicar los principios de la auto-responsabilidad, las futuras generaciones estarán condenadas a costear el capital prestado, las ilusiones prestadas y, en última instancia, el tiempo prestado.

Traducido por Gabriel Gasave


Carl Close es Investigador Asociado y Editor Senior de The Independent Institute en Oakland, California y director asistente de The Independent Review: A Journal of Political Economy.




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