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Atrapándolos antes que nos atrapen
17/9/2007
Charles V. Peña

El Departamento de Policía de Los Angeles (L.A.P.D.) se ha procurado recientemente—empleando parte de los $3 millones de financiamiento del Departamento de Seguridad Interior (DHS es su sigla inglesa)—dispositivos capaces de detectar a las denominadas bombas sucias o dispositivos de dispersión radiológica (RDD). Uno de los detectores será desplegado a bordo de un helicóptero y supuestamente es capaz de detectar un rastro de radiación desde una altitud de 800 pies. Otros seis dispositivos son unidades portátiles para ser usadas por los oficiales de policía en tierra (y presumiblemente poseen un alcance de detección mucho más corto, probablemente tan solo unos pocos pies). Según el Jefe de Policía William Bratton, “El terrorismo se trata exclusivamente de atraparlos antes que nos atrapen”. ¿Pero cuán probable es que tales dispositivos de detección de la radiación logren “atraparlos”?

Sí asumimos que el dispositivo montado sobre un helicóptero es 100 por ciento eficaz (y nada lo es jamás) y que puede detectar pequeñas cantidades de material radioactivo dentro de un radio de detección de 800 pies, su área de detección efectiva es una superficie de alrededor de 2 millones de pies cuadrados o menos de una décima parte de una milla cuadrada. Sí una bomba sucia pudiese encontrarse en cualquier lugar dentro de los límites de la ciudad de Los Angeles (468 millas cuadradas) y el helicóptero pudiese estar volando por cualquier parte dentro del espacio aéreo, la probabilidad de que un solo helicóptero detecte a la bomba sucia es menor a los dos centésimos de un punto porcentual. En otras palabras, no muy buenas probabilidades. Las probabilidades son incluso peores para los seis oficiales de policía portando los detectores portátiles con un alcance de solamente unos pocos pies, cada uno responsable de cubrir casi 80 millas cuadradas.

Además, existen muchas fuentes legítimas de radiación—por definición, una bomba sucia son explosivos enlazados con material radioactivo, no un dispositivo nuclear—que podrían activar a los detectores, lo que podría dar lugar a incontables falsas alarmas. Según la Comisión Reguladora Nuclear de los EE.UU., los materiales radioactivos son empleados de manera rutinaria en hospitales, centros de investigación y emplazamientos industriales y de construcción para propósitos tales como el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, equipos de esterilización y la inspección de soldaduras. Y hay muchas fuentes de radiación que acontecen de forma natural, tales como los fertilizantes, los cerámicos, las bananas, la litera del gato y los detectores de humo—todos los cuales pueden ser transportados en cantidades suficientes por camiones que viajen a través de las 6.800 millas de carreteras, incluidas 27 autopistas entrecruzadas—en Los Angeles para accionar a los detectores.

Más allá de ser capaz de detectar la cantidad relativamente pequeña de material radioactivo empleado en una bomba sucia, está la cuestión de cuán real es dicha amenaza. Existen tan solo dos casos conocidos—en Rusia y Chechenia—de terrorismo frustrado que utilizara un dispositivo de dispersión radiológica. En mayo de 2002, José Padilla fue arrestado bajo sospecha de que era un terrorista de al Qaeda intentando detonar una bomba sucia en los Estados Unidos. Pero cuando fue finalmente acusado—tras haber estado detenido durante 3 años como un enemigo combatiente—los cargos de la bomba sucia fueron retirados (Padilla fue condenado en agosto acusado de ayudar a organizaciones terroristas en el exterior).

Lo cierto es que a pesar de que una bomba sucia es un dispositivo relativamente simple comparado con un arma nuclear, es también un arma de “alta tecnología”—lo que hace que sea más difícil de construir y utilizar para los terroristas (en verdad, sí fuese fácil y sencillo construir una bomba sucia, uno podría pensar que serían tan prolíficas como los improvisados dispositivos explosivos en Irak). Y a pesar del sensacionalismo retórico acerca de las bombas sucias—al anunciar el arresto de José Padilla, el ex Fiscal General John Ashcroft sostuvo que una bomba sucia “puede causar muerte y lesiones en masa”—difícilmente sean armas de destrucción masiva. El daño físico real causado por una bomba sucia probablemente no sería mayor si se tratase de una bomba convencional que emplease la misma cantidad de explosivos.

Por lo tanto, la amenaza de una bomba sucia para Los Angeles probablemente esté exagerada. Pero eso no debería sorprender en absoluto dado que el Jefe Braddock no comprende la mayor amenaza terrorista. Según Braddock, Los Angeles está en riesgo de terrorismo—y presumiblemente un ataque con una bomba sucia—debido a que es “el símbolo de mucho de lo que detestan. En su premura por regresar al siglo 7, el Hollywood del siglo 21 no es exactamente donde desean estar”. La realidad es que—tal como lo concluyó la Comisión del 11/09 y como lo evidencian numerosas encuestas realizadas en todo el mundo islámico—no nos odian por nuestras libertades, forma de vida, cultura, logros o valores. En cambio, la creciente oleada de odio musulmán anti-estadounidense—la base para que los islamistas radicales cultiven el terrorismo—se encuentra alimentada más por lo que hacemos, Ej., las políticas estadounidenses, que por quienes somos.

Con más de mil millones de musulmanes en el mundo, no podemos seguir ignorando la realidad de porqué tantos de ellos tienen un odio creciente hacia los Estados Unidos—mayormente hacia la política exterior estadounidense. De otro modo, atraparlos antes de que nos atrapen será algo tan esquivo como tratar de encontrar una bomba sucia en Los Angeles.

Traducido por Gabriel Gasave


Charles V. Peña es Asociado Senior en el Independent Institute así como también Asociado Senior con la Coalition for a Realistic Foreign Policy, Asociado Senior con el Homeland Security Policy Institute de la George Washington University, y consejero del Straus Military Reform Project.



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