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Sophie Scholl: Una vida de coraje
18/8/2007
Wendy McElroy
iFeminists.com

El film alemán de 2005 Sophie Scholl: Los últimos días (Die letzten Tage) personifica a la heroína anti-nazi Sophie Magdalena Scholl (9 de mayo de 1921–22 de febrero de 1943). Sophie y su hermano, Hans, eran miembros prominentes de un grupo de la resistencia no-violenta llamado la Rosa Blanca. Cinco estudiantes veinteañeros formaron el grupo en 1942 en la Universidad de Múnich. La Rosa Blanca pronto obtuvo mala reputación por una campaña panfletaria que bregaba por la remoción de Hitler del poder y la finalización de la irracionalidad de la Segunda Guerra Mundial. El grupo subsecuentemente se tornó famoso como mártires de la libertad y una prueba de que la tiranía no puede destruir la pasión del hombre por la justicia.

Sophie Scholl fue ampliamente aclamada en Europa, ganando tres premios de la Academia de Cine Alemán o “Lolas”—el equivalente alemán del Oscar. Julie Jentsch, quien personificó a Sophie, fue nominada Mejor Actriz por el Festival de Cine de Berlín, los Premios de la Academia de Cine Alemán y los Premios Fílmicos de Europa.

La película estuvo nominada para un Oscar en la categoría “Mejor Film en Lengua Extranjera” pero perdió ante el film sudafricano Tsotsi.

Este film brillantemente producido merece cada silaba de elogio. Es la confirmación de que la cinematografía alemana, la cual ha venido discutiblemente declinando desde los años 70, está restableciendo su reputación por la innovación y la excelencia.

La ejecución del film combina con su tema. La iluminación es uniforme y a menudo anodina, con rayos de luz que fluyen desde las ventanas, lámparas y velas a fin de contrarrestar la oscuridad. En varias ocasiones, el film se interrumpe mientras Sophie contempla el cielo radiante antes de retornar a la lúgubre atmósfera del gobierno nazi. En ese mundo gris, el ojo es atraído de inmediato por los dos “oponentes” que se enfrentan: el nazismo representado por brillantes banderas rojas que ostentan una esvástica y Sophie en un romo sweater rojo.

Los escenarios son minimalistas y austeros, y gran parte de la acción acontece en una habitación La música llena de suspenso a veces suena como un corazón latiendo, a veces como un reloj en funcionamiento. Es la vida de Sophie la que está sonando.

La película se inicia en 1943 con una alegre escena en la cual una Sophie de 21 años de edad, Hans y otros dos muchachos se encuentran preparando el último panfleto de la Rosa Blanca: El número 6. Ignorando el peligro, Sophie y Hans deciden distribuir el panfleto en la Universidad de Múnich a plena luz del día, mientras las clases se están dictando y los pasillos se encuentran vacios. Desean provocar al campo universitario con la pasión en contra de la guerra.

Mil novecientos cuarenta y tres fue un año decisivo tanto para la guerra como para la actitud del pueblo alemán hacia ella. Los puntos centrales en la guerra por lo general resultan de tasas de victimas inaceptablemente elevadas que, a su vez, inspiran el desencanto con el gobierno y dudas acerca de sí el conflicto puede ser ganado. El panfleto 6 sostiene que “330.000 efectivos” han sido enviados “a una muerte sin sentido” en el frente oriental, especialmente en Stalingrado. (Eventualmente, 740.000 soldados del Eje fueron muertos o heridos, y 100.000 serían capturados en el frente oriental). El panfleto sostiene, “Hitler no puede ganar la guerra. Tan solo puede prolongarla”.

Los nazis reaccionan con una brutalidad predecible hacia aquellos que le dicen la verdad al poder. En vez de admitir públicamente la pérdida de todo un ejército en Stalingrado, el régimen perversamente reprime de manera drástica a los disidentes que son acusados de “ayudar al enemigo” al dar a conocer los hechos. Tal como el compañero de celda de Sophie declara más tarde, “Incluso los cabecillas están muy asustados”. Este es el momento de la historia nazi en el que el ministro de propaganda, Joseph Goebbels, pronuncia su famoso discurso de la “guerra total”. Desesperado por retener el control tras la derrota militar en el extranjero y las dificultades económicas en el país, Goebbels declara,

La guerra total es la exigencia de la hora.... La patria debe permanecer pura e intacta en su totalidad. Nada puede perturbar la situación.... Todos deben aprender a prestar atención a la moral de la guerra, y atender las justas demandas del pueblo trabajador y combativo. No somos aguafiestas, pero tampoco toleraremos a aquellos que impidan nuestros esfuerzos.

En el film, este discurso suena de fondo en una radio mientras Sophie entrega sus pertenencias y se desviste en la prisión. De hecho, se está convirtiendo en una víctima de la “guerra total”. La Rosa Blanca es tratada con una ferocidad especial debido a que sus sentimientos en contra de la guerra se están tornando crecientemente populares; de los primeros cuatro panfletos del grupo se habían impreso cientos de ejemplares, de los últimos dos, miles.


Arresto e interrogatorio

Contra este entorno político, Sophie y Hans dejan pilas del panfleto número 6 en los corredores y rincones vacios de la universidad. Pronto sonará el timbre y los estudiantes saldrán de las aulas para encontrarse con este llamado a favor de la resistencia. A último momento—casi cuando están por escapar sin problemas—Sophie y Hans deciden distribuir una última pila de panfletos en uno de los pisos superiores. El tiempo se acaba. Sophie abandona una pila sobre una barandilla que mira hacia la galería principal del edificio. Entonces con el impulso, cuando se apresta a mezclarse con una multitud de estudiantes, deja los panfletos sobre el borde de la barandilla de modo tal que se desparramen, llenando el aire de la galería.

Ahora es demasiado tarde para que Sophie y Hans escapen. Un portero corre tras ellos. Al principio, solo acusa a Hans pero Sophie insiste en asumir la responsabilidad por diseminar los panfletos, y así, ambos son atrapados.

Por el crimen de distribuir los panfletos, serán acusados de “alta traición, desmoralizar a las tropas y ayudar al enemigo”. En un comienzo, no obstante, sus captores desean información... especialmente, quieren los nombres de otros miembros de la Rosa Blanca. Pese a las amenazas intercaladas con promesas de indulgencia, Sophie y Hans no los complacen.

La el resto de la película, la parte más extensa, tiene que ver con los cuatro días de cárcel y el interrogatorio de Sophie en una prisión nazi, seguida más brevemente por su juicio y ejecución. (A pesar de que Hans y Christoph Probst, un compañero miembro de la Rosa Blanca, enfrentaron procesos similares, sus ordalías tienen lugar casi enteramente fuera de escena.)

Sophie Scholl es una de esas raras películas que mantienen la tensión y el suspenso aun cuando se conoce el final desde la escena inicial. Parte del motivo de su éxito es el realismo del drama, que se beneficia de los registros de los archivos de Alemania del Este sobre Sophie y su encarcelamiento y que se tornaron accesibles tras la caída del Muro de Berlín.

Al combinar el “dialogo” de los panfletos de la Rosa Blanca con la información de los archivos recuperados, el guionista, Fred Breinersdorfer, fue capaz de reconstruir los “últimos días” con veracidad.

Como un escritor de crímenes de ficción y un dramaturgo, Breinersdorfer es particularmente hábil en presentar el duelo dialéctico que constituye el interrogatorio de Sophie por el oficial de la Gestapo Robert Mohr. A pesar de que Sophie Scholl no fue adaptada del teatro, rememora a las películas que comienzan como obras teatrales. Por ejemplo, gran parte del drama tiene lugar en una sola escenografía: la oficina de Mohr en la prisión. La mayor parte del conflicto ideológico proviene del escueto y sustancioso dialogo entre dos personas: Sophie y Mohr.


La banalidad del mal

El retrato del mal que hace la película resulta fascinante. “Mal” es la palabra adecuada. Sophie está siendo procesada por un sistema que desea eliminarla por decir la verdad y tener el coraje de decir “no”. Se defiende y emplea solamente medios pacíficos. A medida que se aproxima la ejecución de Sophie, su dignidad es tan impresionante que un guardia femenino quebranta las reglas de la prisión para permitir que Sophie se reúna por última vez con los igualmente condenados Hans y Christoph. Sin embargo esta misma guardia es un eslabón voluntario en la maquinaria que está diseñada para destruir a la joven a la que admira.

La descripción del mal sorprenderá a quienes están acostumbrados a los nazis de Hollywood como sádicos que calzan botas y que gritan “Raus! Raus!” a los judíos que están llevando a los campos de concentración. El trato que le dan a Sophie no es brutal comparado con lo que podríamos esperar de los nazis de Hollywood. Es encerrada en una prisión sombría pero no en un campo de concentración. Es interrogada pero no torturada. Su familia es arrestada pero también es liberada.

Con seguridad, la caracterización de Hollywood captura un aspecto del régimen nazi, pero también pierde la sutileza que permitió al nazismo volverse parte de la vida cotidiana en una nación moderna y educada. Pierde el sentido de cómo el mal se puede convertirse en un lugar común y tan rutinario como el papeleo. O cómo la gente común puede absolverse de toda responsabilidad por facilitar el mal.

Este concepto ha sido denominado “la banalidad del mal”. La frase fue popularizada por el teórica política germano-estadounidense Hannah Arendt en su libro de 1963, Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. Arendt asistió al juicio a a Eichmann, quien había sido instrumental en la administración de los campos de la muerte nazis como un burócrata de alto nivel. No observó a un monstruo sádico en el juicio. Al igual que su camarada nazi, Heinrich Himmler, quien pasó de ser un criador de pollos a jefe de la notoriamente sádica SS, Eichmann parecía ser un hombre común que tenía talento para cumplir órdenes. Arendt continúa describiendo cómo la gente común puede cometer actos terribles debido simplemente a que los actos son desarrollados de manera sistemática y dentro de un contexto socialmente aprobado que no exige ni alienta la responsabilidad personal.

Así, la confiscación de propiedades de los judíos no era un robo sí la propiedad era confiscada mediante formularios que estaban correctamente sellados y completados por triplicado en una oficina gubernamental. Aquellos que procesaban el papelerío y realizaban un inventario de los bienes no estaban haciendo otra cosa que: papeleo e inventario. Se encontraban divorciados de la responsabilidad personal. De ese modo, la muerte de Sophie no es un asesinato sí ella es ejecutada tras recibir una parodia de juicio por violar las leyes en contra de la expresión de opiniones políticas equivocadas. Nadie involucrado en el proceso precisa sentir como un asesino; cada uno solamente se encuentra cumpliendo una tarea.

Cualquier extenso programa gubernamental depende de servidores civiles comunes que llenen los pasillos de la burocracia y las prisiones, que completen y archiven el papeleo. Estas son personas que “hacen su trabajo”; obedecen órdenes y respetan la ley al pie de la letra sin cuestionar su contenido. En verdad, la ley asume el papel que a menudo desempeña la consciencia. Les dice qué es correcto e incorrecto hacer, y ellas obedecen.

Algunas de las personas que facilitan el asesinato de Sophie son anónimas, tal como los hombres intercambiables que la conducen por los corredores a una celda o una sala de interrogatorio. A estos hombres no les interesa el contenido de sus acciones. Mientras un guardia lleva a Sophie y otra disidente política a su celda, las reprende, “Apúrense, damas. Deseo oír el discurso”, el cual estaba soñando fuerte en la radio. Sí le preguntaban, probablemente hubiese afirmado no tener ninguna animadversión para con Sophie.

Otros son “gente pequeña” que se llenan de un orgullo que toman prestado de sus roles como encargados de aplicar la política del Estado. Por ejemplo, el portero de la Universidad que ve como los panfletos están siendo arrojados desde la barandilla; corre detrás de Hans y Sophie, gritando, “Deténganse. ¡No se muevan! ¡Deténganse de una buena vez! Están bajo arresto”. O el apocado empleado de la prisión con un mal peinado a lo Hitler que procesa el papeleo de la prisión de Sophie con un tono sarcástico y obtiene un obvio placer en el hostigamiento de jóvenes y prometedores estudiantes a los que la mayoría de la gente consideraría sus “mejores”.

Otros todavía son lo suficientemente conscientes como para darse cuenta, en algún nivel, de que están pactando con el diablo; están vendiendo sus almas a cambio de seguridad o un trozo de poder.


El arbitrario Tribunal del Pueblo

Por ejemplo, su abogado defensor designado de oficio por el tribunal, e identificado solamente como Klein, es un adulón manipulado que no formula preguntas y no ofrece defensa alguna en su juicio. En su primer y breve encuentro en su celda en la prisión, Sophie le pregunta, “¿Qué le ocurrirá a mi familia?” Cuando él desecha la pregunta con ligereza, ella objeta, “¡Usted es mi abogado!” Ante esta puñalada a la legitimidad de su posición, Klein explota en un furioso ataque personal contra Sophie que termina con su regocijo acerca del veredicto previsto del tribunal; pone a Sophie en su lugar. Klein ha elegido conscientemente ocultarse detrás de una burocracia amoral y no tolerará un espejo moral frente a su cara.

El juez que preside el juicio a Sophie es similar. La compañera de celda de Sophie le cuenta que Roland Freisler, el presidente del Tribunal del Pueblo, es un ex comisario soviético que necesita “rehabilitarse en el frente interno”. Desesperado por probar su lealtad, Freisler se ensaña con los tres acusados con tanta furia que el fiscal parecía redundante. Y no obstante, claramente Freisler tiene miedo. Observa a la audiencia para descubrir su reacción ante sus palabras. En un punto, Hans replica al alarde de Freisler de no tener miedo de los acusados al decir, “Sí usted y Hitler no tuviesen miedo de nuestra opinión, no estaríamos aquí”.

De lejos, el rostro del mal más interesante pertenece a Herr Mohr, el agente de policía que interroga a Sophie y establece una conexión personal con ella, a su pesar. Su renuente admiración por ella claramente lo vuelve incomodo, quizás debido a que se percata plenamente del papel que está jugando en su destrucción y asume cierta responsabilidad. Mohr es el más peligroso de los burócratas del servicio civil: inteligente, competente y leal tanto a los ideales como a la estructura del régimen nazi.

Parte de su lealtad es interesada. Cuando Sophie defiende la Antigua democracia de Alemania, él replica con amargura, “¡Yo era tan solo un sastre en esa maldita democracia!” Pero el interés propio no puede explicar porqué Mohr está orgulloso de que su hijo sea enviado al frente oriental. Ha abrazado a la totalidad de los ideales del nazismo. Defiende hábilmente a esos ideales en contra de los incómodos hechos que presenta Sophie y en contra de deberes desagradables tales como condenarla a muerte (de facto) mediante la preparación de su confesión. Después de hacerlo, camina hasta una pileta y lava sus manos en un gesto que es una reminiscencia del de Poncio Pilatos.

La esencia del conflicto ideológico entre Sophie y Mohr, el cual es en esencia la totalidad del conflicto del film, tiene lugar en un pasaje del dialogo entre ellos. Sophie se encuentra sentada a un costado del escritorio de Mohr al otro lado de él en la sala de interrogatorios:

Mohr: Puedes haber utilizado slogans falsos pero empleaste medios pacíficos.

Sophie: ¿Entonces por qué desea castigarnos?

Mohr: Porque es la ley. Sin ley no existe orden alguno.

Sophie: La ley a la que se refiere era para proteger la libertad de expresión antes que los nazis llegaran al poder en 1933. Alguien que habla libremente actualmente es encarcelado o condenado a muerte. ¿Eso es orden?

Mohr: ¿En qué podemos confiar sí no es en la ley? No importa quién la redactó.

Sophie: En nuestra conciencia.

Mohr: ¡Absurdo! [Tomando dos libros, uno en cada mano, como si quisiese ponderar el peso de uno respecto del otro.] Aquí está la ley y aquí está la gente. Como criminalista, es mi deber descubrir si coinciden, y si no lo hacen, encontrar el punto defectuoso.

Sophie: La ley cambia. La consciencia no.

Sophie Scholl no es meramente una película acerca del coraje moral. Su valor al respecto no debería ser subestimado pero, para mí, el aspecto más fascinante fue la interacción entre los ideales y el mal que tiene lugar de maneras sutiles y variadas a lo largo del film. Una y otra vez, aquellos que “procesan” la muerte de Sophie están moralmente muertos—es decir, se han vuelto verdaderos burócratas que solo están haciendo un trabajo—o son sacudidos por la simple verdad y bravura de su ser. Su existencia es un reproche a la devastación que causan bajo el disfraz de los “grandes principios” o la conveniencia.

Como los rayos de luz que atraviesan a las escenas de oscuridad, la existencia de Sophie se abre paso y los hace confrontar la responsabilidad por sus propias acciones.

No es ninguna sorpresa que ella deba morir.

La muerte de Sophie está bien tratada sin buscar el efecto. Sus últimas palabras, al menos en la película, son “El sol sigue brillando”. Luego se siente el sonido de la guillotina que cae.

Las últimas palabras de Christoph son “No fue en vano”.

La película termina con un texto que dice, “El 6º panfleto fue llevado a Inglaterra a través de Escandinavia. A mediados de 1943, millones de copias fueron arrogadas por los aviones aliados sobre Alemania. Ahora llevan el título de ‘Un panfleto del Manifiesto Alemán de los Estudiantes de Múnich’”

Dos films anteriores describieron la Resistencia de la Rosa Blanca: The Last Five Days (Fünf letzte Tage, 1982) y The White Rose (Die Weiße Rose, 1982). Pero es el director alemán Marc Rothemund quien trajo a Sophie Scholl a la atención estadounidense. Creó una película que detiene y rompe el corazón y que es toda una inspiración sin predicar. Crea una fresca perspectiva acerca de las libertades que damos por sentadas, tal como la capacidad de expresarnos sin que nos maten por ello. Nos recuerda que debemos proteger celosamente esa libertad... especialmente en épocas de guerra cuando decir la verdad puede fácil y oficialmente convertirse en “ayudar al enemigo” y en traición.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en The Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.



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