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La masacre en Irak—pasado, presente y futuro
27/8/2007
Robert Higgs

El titular de un artículo del 22 de agosto de 2007 en el New York Times reza, “Citando a Vietnam, Bush advierte de una masacre sí los EE.UU. abandonan Irak”. Los lectores con células cerebrales vivas deben estar asombrados por dicha advertencia. ¿Qué es exactamente lo que el presidente Bush se imagina que actualmente está aconteciendo cada día en Irak? ¿Imagina escenas de tranquilidad social y harmonía cooperativa entre las pacíficas palmeras de la Mesopotamia? ¿Y qué, se pregunta uno, supone que estaba aconteciendo anteriormente en Vietnam, a medida que las fuerzas estadounidenses extendían su inoportuna estadía un horroroso año tras otro? A veces, observando al presidente y escuchando sus discursos, uno sencillamente no sabe qué hacer con él. ¿Se encuentra en verdad tan desconectado de la realidad como parece? ¿Y realmente sus manipuladores creen que a esta altura el pueblo estadounidense tomará seriamente la retórica que los redactores de sus discursos persisten en poner en su boca?

Nadie sabe con precisión cuántos iraquíes han perecido por la violencia desde que las fuerzas de los EE.UU. desataron “sorpresa y pavor” sobre ellos en marzo de 2003 como un preludio para “liberarlos” y llenar sus gargantas con las bendiciones de la “democracia”. Las estimaciones varían desde varios miles a varios cientos de miles. En cualquier caso, el número de muertos es enorme, especialmente con relación a la población del país de aproximadamente 25 millones (tal como fue evaluado en años recientes).

Sí suponemos, por ejemplo, que 100.000 iraquíes han perecido como resultado directo o indirecto de la presente guerra, ese número es equivalente a 1.200.000 decesos en los Estados Unidos, cuya población ha venido rondando los 300 millones en los últimos años. ¿Duda alguien que los estadounidenses considerarían que 1.200.000 muertos relacionados con una guerra en cuatro años y medio constituyen una “masacre”? Cualquiera sea la cifra que uno le otorgue, el número equivale a más de 400 veces el número de quienes murieron como resultado de los infames ataques del 11 de septiembre, y muchos de estadounidenses se indignaron por esa relativamente diminuta cantidad de víctimas fatales. ¿Cómo se habrían sentido sí hubiesen padecido, como resultado de una invasión y ocupación, el equivalente al número de muertos el 11/09 cada cuatro días desde el 20 de marzo de 2003? (La guerra más mortífera en la historia de los Estados Unidos, la Guerra entre los Estados, causó aproximadamente 620.000 muertos, la mayor parte de ellos soldados, en cuatro años).

Es triste decirlo, pero la cifra de víctimas iraquíes puede haber sido mucho mayor que la que asumimos en las ilustraciones precedentes, más de seis veces mayor, según una estimación respetable. Además de esta espantosa mortandad, la guerra ha causado incontables heridas, lesiones, enfermedades y una cantidad inenarrable de miseria humana y congoja. La mayor parte de aquellos que han muerto o padecido lesiones han sido no-combatientes, gente que tan solo tuvo el mal tino de encontrarse dentro del radio de la onda expansiva de las bombas, cohetes y morteros o en el trayecto de una de las más de mil millones (sí, miles de millones) de balas que las fuerzas de los EE.UU. han disparado y el menor—pero aún considerable—número de proyectiles que las facciones iraquíes en disputa han disparado. Las descripciones y relatos de padres cuyos hijos resultaron muertos o terriblemente heridos, y de niños cuyos progenitores han sido asesinados, resultan angustiosas de leer. No obstante, dichos acontecimientos son absolutamente normales en el Irak actual: ocurrieron ayer; están ocurriendo hoy y ocurrirán mañana.

Por lo tanto, volviendo a George W. Bush, ¿qué supone él que ocurrirá sí las fuerzas estadounidenses no abandonan Irak? Seguramente la respuesta debe ser: una masacre a gran escala, una masacre sin un final a la vista. Independientemente de cuán profundamente puede el presidente zambullirse en vanas ilusiones, ningún otro resultado puede ser razonablemente esperado.

Bush recordó a los oyentes de su discurso de “advertencia de una masacre” en la convención de Veterans of Foreign Wars celebrada en la Ciudad de Kansas que cuando las fuerzas de los Estados Unidos se retiraron de Vietnam, “el precio de la retirada de los Estados Unidos fue pagado por millones de ciudadanos inocentes”. Sí, lo fue. Sin embargo, una vez que las fuerzas estadounidenses habían hecho lo que hicieron antes de 1973, ¿qué hubiese ocurrido sí permanecían en Vietnam, continuando con su guerra como siempre? La única respuesta razonable es: más de lo mismo, a gran escala—la masacre hubiese continuado durante el tiempo que las fuerzas estadounidenses permaneciesen en el país.

En Irak, como anteriormente en Vietnam, debemos esperar que sí las fuerzas de los EE.UU. se marchan, siga teniendo lugar una masacre. Resulta concebible que los iraquíes pergeñarán un modo de resolver sus diferendos sin una enorme violencia, pero actualmente las probabilidades de que lo logren son muy remotas. En última instancia, por supuesto, encontrarán una solución; ninguna sociedad puede persistir por siempre en un estado de guerra civil de la escala que en la actualidad prevalece en Irak. Sin embargo, es casi seguro que mucha más gente morirá y padecerá heridas y destrucción de su propiedad antes de que una resolución pacífica entre en vigor. Y esa misma resolución puede resultar atroz en otros aspectos. No obstante, los Estados Unidos no pueden evitar este alarmante resultado. En verdad, su invasión y ocupación han creado las condiciones que hacen que un resultado así sea virtualmente inevitable. En síntesis, la aventura estadounidense en Irak no puede tener un final feliz. Solo porque el presidente desató a los demonios que ahora andan enfurecidos por todo Irak no significa que él o alguien más pueda encadenarlos de nuevo.

Sin embargo, a menos que las fuerzas de los Estados Unidos se marchen, su contención nunca en verdad comenzará, en virtud de que al margen de un pequeño grupo de colaboradores y funcionarios títeres, todos los iraquíes concuerdan en que resulta deseable poner a los EE.UU. y las otras fuerzas extranjeras fuera del país. Cuando, tras la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña formó Irak en base a tres provincias otomanas y lo gobernó como un mandato de la Liga de las Naciones, los iraquíes resistieron el gobierno del señor feudal en mayor o menor grado hasta que en 1932 los británicos les concedieron la independencia (con Gran Bretaña reteniendo bases militares y derechos de tránsito), dejando tras de sí una situación política compatible tan solo con la dictadura y la represión. Cuando los Estados Unidos abandonen Irak, la situación política será aún más desagradable, probablemente durante un largo tiempo. Nadie posee una espada mágica para exterminar a los dragones del odio étnico, tribal, religioso e ideológico y del conflicto que cubre a la sociedad iraquí ni una poción mágica que elimine el apetito iraquí por la violencia política. Además, a esta altura muchos iraquíes tienen cuentas que saldar unos con otros. Que los ideólogos neoconservadores hayan imaginado que las fuerzas armadas de los Estados Unidos podían ingresar en Irak y establecer una democracia liberal viable, iniciando una cascada de transformaciones políticas similares en todo el Oriente Medio, es algo que se ubica entre las mayores desilusiones de la historia moderna.

Resulta difícil eludir la conclusión de que la mente del presidente no puede dar cabida a mucha lógica o evidencia empírica. Y ha admitido, como sí una admisión fuese necesaria, que él no “anda con sutilezas”. No obstante, él y los autores de sus discursos serán capaces de cualquier cosa a fin de crear la impresión de que el mantenimiento de las fuerzas estadounidenses en Irak será bueno para el pueblo iraquí, no simplemente para Halliburton, Blackwater, Alliant Techsystems (el fabricante de cartuchos militares) y el resto del complejo militar-industrial. El mandato de Bush no está previsto que finalice hasta el 20 de enero de 2009—un intervalo que actualmente se siente como una eternidad—y a pesar de todo lo que sugiere la prudencia y humanidad de sacar a las fuerzas de los EE.UU. de Irak tan pronto como sea posible, parece decidido a mantenerse en el rumbo homicida, sin ningún alejamiento retórico de su arrogante concepción maniquea de los complejos conflictos que devastan a esa desgraciada tierra. ¿Por qué aprobaría alguien la permanencia en este rumbo nefasto? Porque, declara el presidente, una partida estadounidense podría resultar en una masacre.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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