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Huracanes y disparates
26/7/2007
William M. Gray

A pesar de que la temporada 2007 de huracanes está recién comenzando, mi colega Phil Klotzbach y yo estaremos actualizando nuestro Pronóstico de la Actividad de Huracanes de la Cuenca Atlántica el 3 de agosto. Todavía anticipamos otra estación activa—un número de huracanes importantes por encima del promedio con vientos sostenidos máximos de hasta 110 millas por hora.

Desde 1995, la cuenca atlántica ha experimentado un incremento significativo de grandes huracanes con 47 tormentas importantes en los últimos 12 años. Durante el anterior periodo de 25 años, 1970 a 1994, hubieron tan solo 38 huracanes de envergadura, o, computándolos anualmente, una cifra levemente inferior al 40%. En un periodo largo normalizado, los huracanes grandes representan alrededor del 80% al 85% de toda la destrucción vinculada con los ciclones tropicales en los Estados Unidos.

Algunos científicos, periodistas y activistas ven una vinculación directa entre la curva ascendente posterior a 1995 de los huracanes atlánticos y el calentamiento global generado por los incremento en los gases de invernadero inducido por los humanos. Esta creencia, sin embargo, no está respaldada por las observaciones de largo plazo atlánticas y globales.

Considérese, por ejemplo, la intensidad de los huracanes que tocan suelo estadounidense a lo largo del tiempo—teniendo en mente que los periodos deben ser lo suficientemente largos como para revelar tendencias de largo plazo. Durante el más reciente periodo de 50 años, 1957 a 2006, 83 huracanes impactaron los Estados Unidos, 34 de ellos grandes. En contraste, durante el periodo de 50 años de 1900 a 1949, 101 huracanes (22% más) tocaron suelo estadounidense, incluidos 39 (o el 15% más) de huracanes de envergadura.

La hipótesis de que el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera incrementa el número de huracanes falla por un margen aún más amplio cuando comparamos otros dos periodos que comprenden a varias décadas: 1925-1965 y 1966-2006. En los 41 años de 1925-1965, hubieron 39 huracanes grandes que llegaron al suelo de los EE.UU.. En el periodo 1966-2006 hubieron 22 de dichas tormentas—solamente 56% del total. Incluso a pesar de que las temperaturas medias globales se han elevado en un estimado de 0,4 grados Celsius y el CO2 un 20%, el número de huracanes grandes impactando a los EE.UU. declinaron.

Si el calentamiento global no es la causa de la incrementada actividad de los huracanes en el Atlántico observada durante los últimos doce años, ¿cuál es?

Mis colegas de la Colorado State University y yo atribuimos el incremento en la actividad de los huracanes a la aceleración de la circulación de agua en el Océano Atlántico. Esta circulación comenzó a hacerse fuerte en 1995—exactamente al mismo tiempo en que la actividad de los huracanes en el Atlántico evidenció un gran movimiento ascendente.

Así es como funciona. Pese a que la mayoría de la gente no se percata de ello, el Océano Atlántico está rodeado de tierra excepto en su distante límite sureño. Debido a que las cantidades de evaporación en superficie son significativamente más altas que las de la precipitación, el Atlántico posee una salinidad más alta que la de cualquiera de los océanos del globo. El agua salina tiene una densidad más alta que la del agua dulce. La salinidad más elevada del Atlántico provoca que el mismo tenga un flujo continuo hacia el norte de agua de la parte superior del océano la que se mueve hacia las regiones polares del Atlántico, donde se enfría y hunde debido a su alta densidad. Tras hundirse hasta niveles profundos, el agua se mueve luego en dirección al sur, y regresa a los márgenes sureños, donde se vuelve a mezclar. Este movimiento del nivel del agua de sur a norte, y el compensatorio movimiento de la profundidad del nivel del agua de norte a sur, es denominado la circulación termohalina (THC por su sigla en inglés).

La fuerza de la THC del Atlántico evidencia distintas variaciones a través del tiempo, debido a las variaciones en la salinidad que ocurren naturalmente. Cuando la THC es fuerte, el agua de la parte superior del océano se torna más cálida que lo normal; cambios en la circulación atmosférica acontecen y se forman más huracanes. Lo opuesto ocurre cuando la THC es más débil que la promedio.

Desde 1995, la THC del Atlántico ha sido significativamente más fuerte que la del promedio. Fue también más fuerte que la del promedio durante la década de 1940 hasta comienzos de los años 60—otro periodo con un repunte en la actividad de huracanes importantes. Fue claramente más débil que el promedio en los periodos de dos cuartos de siglo de 1970-1994 y 1900-1925, cuando había menos actividad de huracanes.

Una serie de mis colegas y yo hemos discutido la física de las variaciones de la THC del Atlántico en nuestros pronósticos estacionales de huracanes y en diversas conferencias durante muchos días. Aquellos que están convencidos de que los aumentos del gas de invernadero ofrecen la única explicación plausible para los recientes incrementos en la actividad de los huracanes son o bien ignorantes de nuestro trabajo, o no desean considerar ninguna alternativa.

Un motivo puede ser que los defensores del calentamiento tienden a ser modelistas climáticos con poca experiencia observacional. Mucho de los modelistas no son plenamente conscientes de cómo funciona realmente la atmósfera y los océanos. Se apoyan más en la teoría que en la observación.

Los teóricos del calentamiento—la mayoría de los cuales, sin duda alguna, consideran seriamente que la actividad humana ha disparado la ira de la naturaleza—cuentan con los oídos de los medios noticiosos. Pero hay otra explicación plausible, apoyada por décadas de observación física. La crecida de los recientes huracanes destructivos puede tener poco o nada que ver con los gases de invernadero y el cambio climácico, y todo que ver con las corrientes del Océano Atlántico.

Traducido por Gabriel Gasave


William M. Gray es Investigador Asociado en el Independent Institute, Profesor Emérito de Ciencias Atmosféricas en la Colorado State University (CSU), Jefe del Tropical Meteorology Project en la CSU, y Asociado de la American Meteorological Society.




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