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La venganza por la expansión de la OTAN
16/7/2007
Ivan Eland

Aquellos de nosotros que nos opusimos a la expansión de la OTAN en 1999 (la admisión de Polonia, Hungría y República Checa) y 2004 (Eslovenia, Eslovaquia, Bulgaria, Rumania y las ex repúblicas soviéticas de Letonia, Estonia, y Lituania) advertíamos que causaría problemas con Rusia. Esos problemas han llegado.

Una Rusia resurgente—provista de ingresos petroleros y un férreo líder que está utilizando a los resentimientos anti-estadounidenses acumulados para volverse incluso más autocrático—acaba de suspender el Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa en represalia por la abrogación de los EE.UU. del Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM según su sigla en inglés) y los planes estadounidenses para colocar componentes de un sistema de defensa antimisilística en Polonia y República Checa. Los rusos afirman ahora que se merecen el derecho a volver a desplegar tanques y artillería pesada en sus fronteras occidental y sureña y que dejarán de permitir que los inspectores verifiquen su cumplimiento del tratado.

Este accionar ruso de una represalia equivalente está enraizado en sospechas que tienen sus orígenes en la violación de los Estados Unidos del denominado Tratado Dos más Cuatro. Suscripto con la Unión Soviética tras la caída del bloque oriental, el tratado fue ideado para permitir la unificación e integración de Alemania a occidente. Después de dos sangrientas guerras contra Alemania y una Guerra Fría con una OTAN hostil, Rusia deseaba algunas garantías de que una OTAN sustancialmente fortalecida por una Alemania unificada no plantearía un riesgo a su seguridad. Como resultado de ello, en el Tratado Dos más Cuatro, firmado por Mikhail Gorbachev y George H.W. Bush en 1990, los Estados Unidos prometieron no estacionar tropas extranjeras ni armas nucleares en la parte oriental de Alemania, y no expandir a la OTAN hacia el este.

Desde entonces, en violación del tratado, la OTAN ha sumado diez nuevos países. Y a los Estados Unidos les gustaría agregar más, incluyendo a Ucrania, el vecino más grande y más poderosos de Rusia. No sorprende que Rusia esté empezando a sentirse rodeada.

Uno no precisa tener afinidad con Rusia, los rusos o su líder autocrático para darse cuenta de que los Estados Unidos son a quienes se debe culpar principalmente por la tensiones actuales.

¿Qué han conseguido los Estados Unidos con su expansión imperial hacia Europa del este y central? Solamente futuros dolores de cabeza y conflictos potenciales. En el Tratado de la OTAN, un ataque contra un miembro de la alianza es considerado un ataque contra todos—lo que significa que los Estados Unidos han esencialmente prometido proporcionar seguridad para diez naciones adicionales próximas a Rusia. De hecho, la protección de Rusia es la razón por la cual estos pequeños países deseaban unirse a la OTAN en primer lugar. Sin embargo, en 1999 y 2004, los políticos estadounidenses pensaban que dichos compromisos en el papel jamás tendrían que ser cumplidos y que la expansión de la alianza ayudaría a “estabilizar” al ex bloque oriental.

Apenas ahora se está haciendo obvio que dichas garantías estadounidenses de seguridad, dispensadas promiscuamente, algún día podrían tener que ser honradas en un enredo potencial con una Rusia fortalecida, más agresiva y con armas nucleares. En verdad, el reciente malhumor del oso ruso se origina en el hecho de haber venido tirándole la arena en la cara durante muchos años con este cerco de los EE.UU. en Europa—no meramente en los planes estadounidenses para instalar un sistema de defensa misilístico anti-iraní en Polonia y República Checa.

Incluso durante la Guerra Fría, los Estados Unidos no intentaron disminuir el control soviético de Europa oriental. Los Estados Unidos tomaron esta posición por varios motivos, siendo uno de las más importantes el hecho de que la región no era considerada estratégica para los Estados Unidos. Además, los Estados Unidos reconocían que la Unión Soviética Unión tenía un legítimo interés en materia de seguridad en la región, que controla las rutas que, históricamente, las potencias invasoras han empleado para llegar a la madre patria. Después de todo, los rusos perdieron 13 millones de personas en la Segunda Guerra Mundial en un encarnizado combate en su propio suelo, mucho más que cualquier otro país, por lo que resulta comprensible que desearan un cobertura de seguridad así.

El desacuerdo respecto de las defensas misilísticas es un síntoma de una turbulenta relación estadounidense-ruso que los Estados Unidos han ayudado a crear. La causa subyacente, no obstante, es el entendible temor de Rusia al cerco.

Los políticos de los EE.UU. harían bien al cancelar el despliegue planeado de las defensas misilísticas en el ex bloque oriental y terminar con la expansión de la OTAN. Ninguna de ellas es necesaria para la seguridad de los EE.UU. y estos planes tan solo exacerbarán las tensiones con una Rusia armada nuclearmente y crecientemente hostil.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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