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Aprendiendo a convivir con el riesgo
20/2/2007
Charles V. Peña

La Oficina de Contabilidad General (GAO son sus siglas en inglés), publicó recientemente un informe acerca de la utilización de técnicas de administración del riesgo para ayudar a quienes deben tomar decisiones a priorizar medidas que favorezcan la seguridad interior. La GAO señaló que a pesar de que el Departamento de Seguridad Interior (DHS en inglés) emplea la evaluación del riesgo para programas específicos, el DHS “no ha implementado de manera exhaustiva un enfoque de manejo del riesgo considerando al departamento como un todo”. Reconociendo que hacerlo será una tarea difícil, la GAO concluyó no obstante, que sin una aproximación integral al tema del riesgo, el DHS no será capaz de “identificar las amenazas que pueden y deberían ser contrarestadas con los limitados recursos” o “asegurar al Congreso o al público que el financiamiento federal está siendo dirigido a los riesgos más críticos”.

Comprensiblemente, a la luz del “11 de septiembre”, el público estadounidense desea estar protegido contra ulteriores ataques terroristas. Y ciertamente una de las responsabilidades primarias del gobierno federal es la de proveer a la defensa común. Pero la dura verdad es que proveer una absoluta y perfecta defensa contra todos los potenciales ataques terroristas resulta imposible. Por lo tanto, en vez de tratar de hacer todo mientras no se hace nada bien, el DHS debe tomar decisiones respecto de qué proteger y, tal vez más importante aún, qué no proteger. Eso significa que debemos aprender a convivir con el riesgo.

La determinación del riesgo no es una ciencia exacta. Habrá también algún nivel de subjetividad, debido a que cada uno tiene su propio sistema de valoración. Esto fue lo más evidente en la reacción inicial a cómo el DHS distribuyó los estipendios para los programas de la seguridad interior el pasado verano. Sosteniendo que el riesgo estaba esparcido por toda la nación, la Urban Areas Security Initiative (Iniciativa de Seguridad de Áreas Urbanas) de 747 millones de dólares asignó menos dinero a Washington, D.C. y Nueva York que el que había destinado el año anterior. Aun cuando Nueva York recibiera la parte del león del financiamiento, esta decisión sin embargo despertaría agudas críticas de parte de los políticos neoyorquinos. La representante por Nueva York Carolyn Maloney, presidenta de la Fuerza de Tareas Demócrata sobre Seguridad Interior de la Cámara de Representantes, llamó a Nueva York “el principal objetivo terrorista de la nación”. El senador Charles Schumer declaró que había algo “dramáticamente erróneo” en el hecho de pensar “que quienes cultivan maní en Georgia están más en riesgo que el Empire State Building”. Pero solo porque Nueva York y Washington, D.C. fueron las dos ciudades atacadas el 11 de septiembre de 2001 no significa necesariamente que sean los objetivos más probables. Una lógica así presupone que el pasado es un indicador confiable del futuro. Sin embargo la lección del 11/09 es que el terrorismo es impredecible.

Un mejor enfoque que defenderse contra el último ataque (mediante aeronaves secuestradas utilizadas como misiles) en los últimos objetivos (Nueva York y Washington, D.C.) es concentrarse en aquellas amenazas que plantean las consecuencias más catastróficas y contra las cuales las defensas más eficaces en materia de costos puedan ser desplegadas o desarrolladas. Por ejemplo, una aeronave atacada por un misil disparado con una lanzadera portátil no causaría la misma perdida de vidas que los ataques del 11 de septiembre, pero el terror esparcido por un ataque así podría ser igual de profundo al suspender potencialmente a la aeronavegación comercial con los subsiguientes efectos para toda la economía. Esa es una de las razones por las que el programa “Counter–MANPADS” (para contrarrestar a los sistemas portátiles de defensa área ) del DHS está adaptando contramedidas de alta tecnología militar para su utilización por las aerolíneas comerciales.

Pero es imposible erigir defensas eficaces contra todos los ataques catastróficos. Por ejemplo, a la Oficina Nacional de Detección Nuclear (DNDO por su sigla en inglés) del DHS la fue asignada la defensa contra la utilización terrorista de un artefacto nuclear. No obstante, la realidad es que tratar de encontrar una ojiva nuclear que pudiese estar en cualquier lugar de los Estados Unidos equivale a buscar una aguja en un pajar. Esto no significa que los esfuerzos de la DNDO no sean importantes, pero la expectativa de que una defensa eficaz contra el terrorismo nuclear puede ser construida debe ser atemperada con una dosis saludable de realismo. Hay un acuerdo generalizado de que el mejor modo de reducir la amenaza es lidiar con ella en su fuente más probable, motivo por el cual resulta tan importante el programa de cooperación para la reducción de amenazas (CTR) a fin de asegurar a las “armas nucleares perdidas” de Rusia.

La paradoja de la seguridad interior es que el gobierno debe realizar todos los esfuerzos para reducir el riesgo mediante la construcción de defensas contra los ataques terroristas, pero al hacerlo crea una línea Maginot, porque eventualmente un terrorista decidido encontrará una manera de eludir las defensas y las medidas de seguridad—que es exactamente lo que hicieron los secuestradores del 11/09. En última instancia, el mayor riesgo es el planteado por la política exterior estadounidense. Cuanto más nos neguemos a reconocer que las políticas intervencionistas de los Estados Unidos—especialmente en el mundo musulmán—son el origen del virulento sentimiento anti-estadounidense que es la base para el terrorismo, no importará cuán bien el DHS sea capaz de evaluar y manejar el riesgo.

Traducido por Gabriel Gasave


Charles V. Peña es Asociado Senior en el Independent Institute así como también Asociado Senior con la Coalition for a Realistic Foreign Policy, Asociado Senior con el Homeland Security Policy Institute de la George Washington University, y consejero del Straus Military Reform Project.



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