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El mejor amigo de la inestabilidad y el islamismo: George W. Bush
29/12/2006
Ivan Eland

Mientras 2006 se acerca a su fin, el mundo está en llamas y la política exterior de George W. Bush es directa o indirectamente la culpable. Ha provocado una guerra civil al invadir Irak, continuado una ocupación de Afganistán que motivó un resurgimiento del depuesto movimiento islamista del talibán, presionó para que se celebrasen comicios en Palestina que eligieron al grupo islamista Hamas, cooperó con el fallido ataque de Israel contra el Líbano que mejoró el status del grupo islamista Hezbollah en la política de ese país, y creó para Somalia una amenaza islamita que simpatiza con al Qaeda al apoyar a caudillos impopulares. ¿Qué otros desastres de política exterior puede perpetrar George W. Bush en sus últimos dos años de mandato?

Las guerras por lo general engendran guerras civiles e insurgencias, y la invasión estadounidense de Irak nos ha brindado ambas. Según el Presidente, un Irak unificado y democrático sería un modelo para el Medio Oriente, provocando de ese modo reformas democráticas en otros países árabes que resultarían en más estabilidad y menos terrorismo. Incluso si Irak milagrosamente terminase como una democracia, difícilmente sería un modelo. Otras sociedades arábigas probablemente concluirían que no desean pasar por tanto sufrimiento para tener un sistema político más abierto. Muy probablemente, los pueblos árabes harían la asociación negativa de la democracia con la ocupación militar de una superpotencia “infiel”, y de ese modo se reducirían las posibilidades de que la democracia se difunda en el Medio Oriente.

Incluso más probable, Irak no será una democracia unificada y por ende no proporcionará modelo alguno, excepto para el caos y la violencia. La mayoría de los árabes considera bastante perceptiblemente que la “democracia” es una cortina de humo para la hipocresía y los ulteriores motivos en la región de la administración Bush. Observan la hipocresía de la intensa presión de los Estados Unidos contra los islamistas que gobiernan Irán, que al menos posee una pizca de democracia en su sistema, mientras respaldan a los gobiernos de Pakistán y Arabia Saudita, que son fuertemente dependientes del apoyo de los islamistas, pero carecen de toda democracia. Y mientras la administración Bush rechaza al gobierno islámico radical chiíta en Irán, apoya activamente a un gobierno en Irak que tiene su base de sustentación en los radicales chiítas apoyados por Irán. Finalmente, aún la comunidad de la inteligencia estadounidense reconoce que la invasión de los Estados Unidos de Irak ha exacerbado el terrorismo en todo el mundo. En realidad, Irán y al Qaeda, dos de los principales adversarios de los Estados Unidos, son los mayores beneficiarios de la Guerra de Irak.

Incluso sí la invasión estadounidense con posterioridad al 11 de septiembre y su remoción del gobierno del talibán estuviese justificada, la administración Bush cometió un error estratégico al tratar de completar una transformación política del país en una democracia empleando a las fuerzas de ocupación. Como en Irak, la presencia de no-musulmanes en suelo musulmán fomenta el fervor islamista para expulsar a los “infieles”. Un factor fundamental en el desacreditado resurgimiento del talibán ha sido la continuada presencia de las fuerzas de los EE.UU. en Afganistán. Una estrategia mejor hubiese sido que los Estados Unidos retirasen sus fuerzas, y dijesen a los afganos que podían escoger cualquier forma de gobierno que desearan, pero enfatizando que cualquier gobierno que brinde refugio a terroristas anti-estadounidenses será nuevamente removido.

Israel, el principal aliado de los Estados Unidos en el Medio Oriente, originalmente apoyó la creación del grupo islamista radical Hamas para competir con Fatah, el Némesis de Israel. Más recientemente, los Estados Unidos presionaron a Israel para permitir elecciones en Gaza y la Ribera Occidental, las que como cabía esperar llevaron al poder a Hamas en la Autoridad Palestina. Conduciendo a la victoria electoral de Hamas estuvo el continuado apoyo de la administración Bush para y el subsidio económico a la negativa de Israel de devolver todos los territorios ocupados a los palestinos. En la actualidad, Israel puede tener una guerra civil en sus fronteras en esos territorios.

Ehud Olmert, el débil primer ministro de Israel, utilizó la matanza y captura de Hezbollah de unos pocos soldados israelíes como un pretexto para lanzar un azote desproporcionado contra todo el Líbano. La guerra, pergeñada para fortalecerlo dentro de su país, fue un error y tuvo el efecto opuesto. Más importante aún, fortaleció al grupo islamista Hezbollah dentro del Líbano y en el mundo islámico. Así, la recién nacida independencia del Líbano de la ocupación siria y su experimento democrático puede resultar extinguida en el camino hacia una guerra civil.

Finalmente, la administración Bush en verdad generó la actual amenaza islamista para Somalia. Los islamistas no eran una fuerza tan potente en Somalia hasta que la administración, a través de la CIA, comenzó a apoyar a sus oponentes—caudillos impopulares. Los islamistas se volvieron entonces ferozmente populares y se han apoderado del sur de Somalia. Con un guiño y un asentimiento de la administración, Etiopia ha ahora enviado tropas para combatir a los islamistas, disparando un contragolpe nacionalista en Somalia que ayudó adicionalmente a los islamistas. El conflicto en Somalia ha convertido ya a la nación en un refugio desde el cual al Qaeda puede lanzar ataques en otras partes, y puede ser la chispa que encenderá una guerra regional en el Cuerno de África.

No todos los problemas del mundo pueden ser depositados en el umbral de George W. Bush, pero los precedentemente mencionados fueron generados por su política exterior agresiva o políticas similares alentadas por los aliados de los EE.UU.. Los Estados Unidos y el mundo hubiesen estado mejor atendidos por la política exterior más “humilde” que el presidente nos prometió en su primera campaña presidencial en 2000. En 2007, quizás estos desastres harán que un presidente testarudo aprenda sus lecciones, aunque es probable que no.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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