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El dióxido de carbono y el alarmismo
20/12/2006
S. Fred Singer
The Washington Times

La Corte Suprema de los Estados Unidos está actualmente tratando una cuestión de importancia crucial para la economía estadounidense: ¿Es el dióxido de carbono, originado en la quema de combustible fósil para la producción de energía, un “contaminante” que requiere reglamentación? Los querellantes, liderados por el Commonwealth of Massachusetts, exigen una reglamentación—interpretando a la Ley del Aire Limpio de una manera distinta que la demandada, la Agencia de protección Ambiental de los EE.UU..

El CO2 no es tóxico y está naturalmente presente en la atmósfera—pero es también un gas invernadero (GH es su sigla en inglés) y por ende una causa potencial de calentamiento global antropogénico (AGW en inglés).

Los argumentos orales y los sumarios científicos “amicus curiae”, a favor y en contra, nunca trataron el tema básico: ¿Es el CO2 la causa principal del actual calentamiento? Entre quienes apoyaron la posición del demandante se incluyen dos Premios Nobel en química—a pesar de que esta táctica puede tener un efecto contraproducente cuando los asistentes del magistrado descubran que los dos han demostrado poca competencia en disciplinas relevantes al tema.

La ausencia de una buena ciencia resulta evidente en la rebuscada disputa legal acerca de la “situación”. Para apoyar su afirmación de que el calentamiento global antropogénico lesionará a Massachusetts, su fiscal general adjunto, James Milkey, invocó el crecimiento del nivel del mar y la pérdida de tierras costeras, basándose en un testimonio anterior pero sugiriendo al tribunal no indagar sobre sus méritos. En verdad, su oponente, el Abogado General de la Nación Adjunto Gregory Garre, no lo cuestionó. Sin embargo el argumento del Sr. Milkey es seriamente defectuoso.

Toda la información disponible muestra que lo niveles del mar a nivel global se han elevado 400 pies desde el pico de la era de hielo más reciente hace 18.000 años. En el reciente milenio, el índice ha sido de 18 centímetros (7 pulgadas) por siglo—y hay buenas probabilidades de que este índice continúe hasta la próxima era de hielo. Las mediciones de las mareas alrededor del mundo no evidencian aceleración alguna durante el siglo 20 sino solamente una suba constante-a pesar del fuerte calentamiento global antes de 1940.

¿Cómo puede ser? Evidentemente, la suba esperada por el derretimiento de los glaciares y un océano más cálido y en expansión resulta bastamente compensada por la pérdida de agua debida a una mayor evaporación de los océanos y la consecuente mayor acumulación de hielo en el continente antártico. Así, un periodo cálido de corta vida (durando décadas o incluso siglos) no acelerará la suba actual del nivel del mar de 18 centímetros por siglo. En otras palabras, no habrá ningún perjuicio para Massachusetts originado en el calentamiento global antropogénico.

Esta idea, discutida en mi libro “Hot Talk, Cold Science”, parecería estar penetrando en más científicos climáticos. Por ejemplo, en 1990, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC es su sigla en inglés) estimó un aumento de “mejor valor” de 66 centímetros para el año 2100; en 1996, el panel de la ONU informó 49 centímetros (con una desviación de 13 a 94 centímetros); en 2001, el panel de la ONU habló de 9 a 88 centímetros, mientras que el informe de 2007 estima una desviación más razonable de 14 a 43 centímetros. En contraste, el testimonio del Sr. Milkey otorga 58—y tanto como 130 centímetros. Incidentalmente, James Hansen, un declarante a favor de los demandantes, afirma que será de hasta 600 centímetros para el 2100. Evidentemente, el Sr. Hansen—y Al Gore, que lo escucha—son inconformistas climáticos.

Resulta extraño que ambos sumarios ignoren la única evidencia relevante, publicada en mayo de 2006 por el Programa Científico para el Cambio Climático (CCSP en inglés). En cambio, los peticionantes le otorgan un peso inmerecido a un informe apresuradamente ensamblado de la Academia Nacional de junio de 2001. Están 90 por ciento seguros de que el calentamiento actual es antropogénico pero no explican por qué. En contraste, el informe del programa federal para el cambio climático evidencia muy claramente que los modelos invernadero no pueden explicar los patrones de calentamiento observados. (Véase especialmente la ilustración 5.4G en http://www.climatescience.gov/Library/sap/sap1-1/finalreport/default.htm.) Esta disparidad conduce a la ineludible conclusión de que gran parte del calentamiento es de un origen no-invernadero y por lo tanto parte de un ciclo climático natural. En otras palabras, los modelos exageran los efectos del CO2, e incluso los drásticos esfuerzos para controlar las emisiones son improbables que afecten al clima global.

De hecho, hay buenas razones para considerar que los crecientes niveles de CO2 son una bendición—una tesis apoyada por estudios económicos publicados. Los ingenieros agrónomos concuerdan que, como el fertilizante esencial, más CO2 mejorará el crecimiento de las cosechas y los bosques. Mayores temporadas de cultivo y menos heladas beneficiará a la agricultura. Además, el calentamiento oceánico inevitablemente incrementa la evaporación y de esa forma las precipitaciones, aumentando la provisión global de agua fresca. Al mismo tiempo, la mayor parte del calentamiento ocurrirá principalmente durante las noches de invierno en las latitudes elevadas. Dicho calentamiento puede demorar o incluso cancelar la próxima era de hielo, que se espera que continúe al presente periodo cálido inter-glacial.

Así, el impulso para reglamentar al CO2—y efectivamente controlar la energía—parece estar basado en la ideología antes que en la ciencia o alguna inquietud valedera acerca del clima. Citando a Lenin: “El establecimiento del socialismo en las naciones capitalistas solamente exige apuntar a su provisión de energía”.

Traducido por Gabriel Gasave


S. Fred Singer, físico atmosférico, es Investigador Asociado en The Independent Institute, Profesor Emérito de Ciencias Medio Ambientales en la University of Virginia, Académico Adjunto en el National Center for Policy Analysis, y ex director del U.S. Weather Satellite Service. Es también autor de Hot Talk, Cold Science: Global Warming's Unfinished Debate (The Independent Institute).



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