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La coerción económica no es un instrumento eficaz de política exterior
27/11/2006
Ivan Eland
Latin Business Chronicle

Muchos expertos en política exterior defienden el empleo de sanciones económicas para motivar a los gobiernos extranjeros a modificar su política. Y, mientras puede ser cierto que muchos de estos gobiernos podrían mejorar a sus países con reformas políticas, la historia demuestra que la coerción económica no funciona.

Tanto a los conservadores como a los liberales les agrada utilizar la coerción económica. Durante más de 45 años, los conservadores han sido mayormente responsables de intentar deshacerse de Fidel Castro apretándole las clavijas a la población cubana. Sin embargo, los conservadores siempre sostuvieron que la coerción económica no terminaría con el apartheid en Sudáfrica. En contraste, los liberales fueron escépticos de que las sanciones terminarían con Fidel, pero de manera alarmante las abrazaron para utilizarlas contra el represivo régimen sudafricano. Pero las medidas de coerción económica deberían tener éxito o fracasar mediante los mismos procesos, con independencia de sí el régimen es odiado por la izquierda o por la derecha.

Con algunas aptitudes, las sanciones económicas por lo general fallan, tanto económica como políticamente. A pesar de que las prohibiciones al comercio, la inversión, los prestamos, los viajes, etc. inicialmente pueden tener algún efecto, el contrabando y los mercados negros resultan lucrativos y, con el tiempo, se tornan rampantes. En el largo plazo, lo mejor que puede conseguirse es elevar los precios de las cosas que desea la nación blanco de las mismas. En virtud de que las sanciones utilizan la coerción económica para tratar de obtener fines políticos, la atenuación del padecimiento económico a través de la adaptación disminuye la posibilidad de que las sanciones produzcan el resultado político deseado. La posibilidad de éxito político es a menudo disminuida adicionalmente por los objetivos grandiosos de las naciones que imponen las sanciones—por ejemplo, las sanciones que intentan modificar la naturaleza de un régimen opresivo, tales como aquellas propuestas en contra del gobierno de Alexander Lukashenko en Bielorrusia. Además, pese a que el apartheid fue eventualmente eliminado en Sudáfrica, las tenues sanciones internacionales impuestas contra ese país tuvieron menos que ver con el apartheid que el movimiento social interno a favor de la reforma de una anacronismo social espantoso.

Socavando también la obtención de los objetivos políticos de las sanciones está el efecto “marcha alrededor de la bandera”. Cuando es atacado, ya sea militar o económicamente, por una potencia extranjera, el populacho de un país usualmente marcha alrededor del líder existente—sin importar cuán odioso él o ella pueda ser. Fidel Castro, a pesar de las desastrosas consecuencias de su centralización de la economía cubana, ha sido capaz de culpar de la pobreza y el estancamiento económico a las coercitivas medidas económicas impuestas por su poderoso vecino del norte. En otras palabras, el pueblo cubano probablemente hubiese derrocado a Castro hace ya mucho tiempo sí los Estados Unidos no lo hubiesen declarado el “enemigo número uno”. También, las sanciones internacionales más exhaustivas en la historia mundial contra Irak—las cuales al menos inicialmente tuvieron un efecto demoledor y empobrecedor sobre el país—no fueron exitosas para deshacerse del tirano Saddam Hussein.

Los dictadores a menudo tienen el control sobre la economía de su nación y pueden reencauzar el dolor de las sanciones sobre las espaldas de aquellos en la sociedad menos capaces de resistirlas. Saddam hizo esto en Irak y Manuel Noriega hizo lo mismo cuando sanciones financieras severas fueron impuestas contra Panamá a finales de los años 80. El autoritario Lukashenko es probable que haga otro tanto sí los Estados Unidos imponen las sanciones financieras y a las exportaciones propuestas contra el gobierno de Bielorrusia, sus funcionarios senior, y sus empresas. El gobierno de Bielorrusia controla el 80 por ciento de la economía del país.

Por lo tanto, ¿por qué los funcionarios públicos de ambos partidos continúan defendiendo el empleo de un instrumento político que cuenta con antecedentes tan malos? En síntesis, las sanciones usualmente pueden alcanzar solamente objetivos modestos—por lo general simbólicos—pero esto es muy útil para los políticos. Pueden enviar la señal a sus electores internos políticamente importantes de que están haciendo algo respecto de un problema sin emplear un costoso ataque militar a gran escala. Por ejemplo, el gobierno estadounidense demostró a la comunidad afro-estadounidense que estaba preocupado acerca del racismo en Sudáfrica mediante la imposición de tibias sanciones contra ese país y ha señalado, durante 45 años, a los exilados cubanos en el importante estado electoral de Florida que deseaba que Fidel Castro fuese removido del poder. No importa que dichas sanciones tuvieran poco efecto—o en algunos casos, uno contraproducente—en el país escogido como blanco.

También, hay un poco de hipocresía en la política de los Estados Unidos. Las sanciones son a menudo impuestas de manera selectiva—solamente contra regimenes autocráticos que no agradan a los Estados Unidos o que no jugarían a la pelota con la política estadounidense. A pesar de que los Estados Unidos apoyan activamente a déspotas en Egipto, Jordania, Pakistán, Arabia Saudita y otras naciones alrededor del mundo, tanto el Poder Ejecutivo como el Congreso han concentrado su ira sobre Lukashenko—un gamberro al que las encuestas locales sostienen que es popular—en virtud de que Bielorrusia es el único ex país soviético en mantener relaciones económicas y políticas cercanas con Rusia y que se resiste a la expansión de la OTAN en su vecindario. Algunos ya afirman que Lukashenko está empezando a semejarse a “Slavic Castro”, quien recibe un tratamiento económico preferencial y subsidios de Moscú. En su silencio posterior a la Guerra Fría contra Rusia, la superpotencia estadounidense está frustrada de que no puede fisgonear a la última nación importante en la bastamente disminuida esfera europea de influencia de Moscú. Pero aumentando la presión mediante la imposición de sanciones económicas solamente garantizará que Lukashenko se convierta en un genuino “Slavic Castro”—durando potencialmente en el poder por 45 años o más.

Las sanciones propuestas contra el vergonzoso régimen de Lukashenko son solamente un microcosmos de un problema mucho más grande: La tendencia del gobierno de los EE.UU. a usar en exceso la ineficaz y potencialmente contraproducente coerción económica para fines simbólicos.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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