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Cómo el gobierno destruye el carácter moral
6/11/2006
Robert Higgs
The San Francisco Examiner

“No robarás” es un precepto tan antiguo como la sociedad humana misma. Debe haberlo sido, de otro modo ninguna sociedad humana compleja hubiese resultado viable.

A todos nos enseñaron desde muy temprano a respetar lo que pertenece a otros: “No le quites a tu hermana su juguete”, reprimía su madre, castigándolo si usted persistía en el hurto de su bebé. Cuando tenía tres años de edad, usted comprendía la diferencia entre mío y tuyo. Si no aprendía profundamente la lección y persistía más allá de su infancia tratando a la propiedad de los demás como algo de lo que usted podía apropiarse, mientras pudiese escaparse con ella, entonces usted era visto como un sociópata, un enemigo de la decencia y de la civilización misma.

El gobierno tal como lo conocemos, sin embargo, descansa enteramente sobre esta clase de sociopatía. Los gobernantes se apoderan de lo que no les pertenece y disponen de ello a su antojo.

Una vez que el gobierno acaba por colocarse en una posición de dominación sobre un grupo de individuos, la gente reconoce perfectamente bien que las apropiaciones del gobierno equivalen al saqueo. Pagan en virtud de que solamente se les otorgó la extrema alternativa de “su dinero o su vida”, y desean seguir con vida.

No obstante, cuando un gobierno ha estado arraigado en una sociedad durante largo tiempo, sus exacciones se tornan una “triste realidad”, una cuestión de “así son las cosas”, y la gente tiende a perder su percepción de que obtener algo del gobierno equivale a recibir propiedad robada porque el gobierno, careciendo de algo que le pertenezca legítimamente, solamente puede dar lo que injustamente ha arrancado de otros. Los gobernantes, apoyados por su intelectuales mantenidos, hacen todo lo posible para tejer un manto de legitimidad en aras de disfrazar su saqueo, porque al hacerlo morigeran las dificultades de extraer la riqueza de los propietarios legítimos.

En algunos casos, especialmente en sociedades con gobiernos que intentan justificar su existencia y sus acciones en fundamentos “democráticos”, muchos individuos pueden ser engañados por este acto de prestidigitación ideológico. Pueden en verdad creer que “nos gravamos a nosotros mismos” de modo tal que los mandatarios que “elegimos” pueden disponer del botín de maneras por las que “votamos” fallando en apreciar el abismo que separa a esta prístina visión ideológica de los sórdidos hechos palpables.

Una vez que esta clase de pensamiento se vuelve predominante, sin embargo, sirve para santificar formas especificas de depredación sin ningún límite claro. La gente empieza a creer, o al menos se esfuerzan por convencerse a sí mismos, que cualquier cosa que el gobierno pudiese estar listo para otorgarles, ellos poseen en consecuencia un perfecto derecho a recibirla. En este punto, se ha perdido todo contacto con la genuina moralidad, y en virtud de que una sociedad de sociópatas no puede permanecer viable en el largo plazo, la nación que se embarca en este curso ha zarpado hacia su propia ruina.

Pensé acerca de este tema por enésima vez cuando leí un relato en el Washington Post del 15 de octubre de 2006 escrito por Gilbert M. Gaul, Dan Morgan, y Sarah Cohen, “Aid Is a Bumper Crop for Farmers” (“La asistencia es un cosecha abundante para los agricultores”). El relato atañe a la difundida práctica de recibir de los agricultores, primero, subsidios para contratar un seguro de cosecha, luego pagos de ese seguro cuando sus cosechas resultan insuficientes, y entonces, en la cima de ese beneficio, pagos gubernamentales adicionales denominados “ayuda al desastre”. Muchos agricultores cobran de manera rutinaria grandes cantidades de dinero del tesoro público a través de esta acumulación de prestaciones—en conjunto han extraído casi $24 mil millones de los contribuyentes para financiar el seguro de cosecha y los programas de ayuda al desastre desde 2000.

Los reporteros entrevistaron a varios agricultores y a otros no solamente acerca del funcionamiento de estos programas sino respecto de su corrección. A pesar de que ninguno de los beneficiarios citados en el artículo se regodeaba precisamente por su comisión serial de la ofensa, tampoco ninguno escogió sencillamente condenarla. La actitud prevaleciente parecería ser la expresada por el granjero Charles Fisher, del Condado Tulare, California: “Ya sea correcto o no, si te la están ofreciendo, serías un tonto al rechazarla”.

En esa simple oración, Fisher ha encapsulado el corazón podrido del Estado de bienestar, y ha expresado concisamente cómo dicho Estado destruye el carácter moral del pueblo. El botín se encuentra allí para ser saqueado; usted es un tonto si no lo toma, sin importar que su asimiento pueda ser incorrecto. La ganancia financiera triunfa por sobre la probidad moral. No seas idiota; toma el dinero.

No conozco a Charles Fisher, pero si es como la gran mayoría de otros que se benefician despojando a sus compatriotas, con el gobierno actuando como un facilitador del crimen, entonces sospecho que probablemente no es la clase de hombre que embolsaría la billetera de su vecino si la viese caer al piso inadvertida, y casi con certeza no es la clase de hombre que aguardaría a la vera del camino para asaltar a mano armada al primer transeúnte. No obstante ello, le robará a incalculables extraños—en efecto, un poquito a todo aquel que paga impuestos federales—“ya sea correcto o no”, simplemente para hacer crecer sus ingresos provenientes de la agricultura. (No es necesario decir que los supuestos pagos por desastres rara vez van a alguien que ha sufrido un desastre genuino; como gran parte de lo que el gobierno hace, este programa es en su gran mayoría un engaño desde el vamos).

Sería tentador atribuir este agro-saqueo a algún defecto moral distintivo provocado por el hecho de que los agricultores pasan demasiado tiempo al sol. Podríamos recordar, por ejemplo, la aguda descripción de H. L. Mencken del granjero estadounidense: “Ningún mamífero más codicioso, egoísta y deshonesto, ciertamente, es conocido por los estudiantes de la Anthropoidea”. Desdichadamente, sin embargo, los agricultores son moralmente lo mismo que otros incontables; simplemente son más exitosos políticamente que la mayoría del resto.

Es triste decirlo, pero por cada forma específica de despojo agrícola, el gobierno debe abrir la puerta a un millar de otras clases de botines completamente inconexos con la agricultura. La podredumbre moral es amplia, y no está confinada a unas pocas manzanas malas, y contamina a empresarios, médicos, abogados, clérigos, estudiantes, jubilados, e incontables otros junto con los agricultores. Virtualmente todos han hecho revisar a su moralidad junto con su pistola al ingresar en la legislatura.

“El Estado”, nos dijo hace mucho tiempo Frédéric Bastiat, “es aquella gran ficción por la que todos tratan de vivir a expensas del resto”. Si tan solo este gran hombre pudiese vernos en la actualidad. Aún él se sorprendería, y estaría consternado, por las alturas a las que ha sido elevada esta fútil tarea. En verdad, esta vieja fantasía se ha convertido casi indiscutiblemente en la verdad central respecto del gobierno en nuestro tiempo.

Realizo estas observaciones no porque me considero un hombre especialmente recto; lejos de ello. Sin embargo, uno no precisa haber obtenido una calificación de A+ en rectitud moral para comprender que, no obstante uno pueda avaluar la moralidad de la hipertrofiada quita que el gobierno moderno hace de lo que pertenece a Pedro para dárselo a Pablo, esta actividad conlleva un fruto mortal. Porque crea difundidos y poderosos incentivos para que la gente se involucre en la depredación facilitada por el gobierno, en vez de en la producción, la misma distrae grandes energías, inteligencia, y otros recursos hacia la búsqueda de privilegios—a lo que los analistas de la “elección pública” denominan “búsqueda de renta”. A medida que más y más de ese desvío tiene lugar, la sociedad se aleja cada vez más de la plena realización de su potencial para crear riqueza genuina.

Eventualmente, todos estarán peleando por arrebatar y consumir a la semilla de maíz, y no quedará nadie para plantar la cosecha del año próximo. Hay un resultado natural e inevitable ante dicha acción. Pregúntele a cualquier granjero.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Asociado Senior en Política Económica en The Independent Institute, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.



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