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Increíble fuga debilita al gobierno de Chávez
29/8/2006
Carlos Sabino

Hace algunos días escapó de la prisión militar de Ramo Verde, a una hora de distancia de Caracas, el principal preso político del régimen chavista. Carlos Ortega, líder sindical de filiación socialdemócrata y principal dirigente del paro cívico que la oposición realizó para pedir la renuncia de Chávez a fines de 2002, logró huir de ese presidio de alta seguridad dejando perplejo al gobierno y mostrando todas las fisuras del control que el presidente pretende establecer sobre la Fuerza Armada.

Ortega, a quien acompañaban tres militares que estaban detenidos también por razones políticas, logró sobrepasar cinco controles de seguridad fuertemente custodiados, atravesar la entrada principal del penal y luego recorrer unos 500 metros hasta llegar a la carretera, donde seguramente lo esperaban para llevarlo a lugar seguro. La fuga fue consumada en plena noche y sólo fue descubierta por un guardia al mediodía siguiente, dando casi 12 horas de ventaja a los fugados, que así tuvieron tiempo de ponerse a resguardo de la persecución que luego se desató.

El gobierno declaró, al día siguiente, que fuertes sumas de dinero habían sido utilizadas para comprar a los guardias del penal. Pero, sea esto cierto o no, el hecho es que hubo una evidente complicidad interna en el intento de fuga, pues de otro modo no se explica que Ortega haya podido burlar la vigilancia que tiene la cárcel más segura del país. La alarma, por eso, ha cundido entre los más altos dirigentes del régimen, porque es obvio que su control sobre las fuerzas armadas no es tan estricto como se suponía: hay figuras importantes, dentro del ejército, que no son leales al presidente Chávez y que esperan la oportunidad propicia para salir a la luz y posiblemente derrocarlo. Esto podría suceder, si se dan ciertas circunstancias, con ocasión de las próximas elecciones de diciembre.

Dichas elecciones, en principio, no representan ningún peligro para Hugo Chávez y sus ambiciones de reelegirse indefinidamente. En los ocho años que ya lleva en el poder ha logrado construir un dispositivo electoral que le garantiza la victoria. Ha alterado el padrón electoral de modo que aparecen inscritos unos dos millones de votantes fantasmas, la votación se hace por un sistema electrónico que el gobierno nunca ha permitido auditar y cuatro de los cinco miembros del Consejo Nacional Electoral son incondicionales suyos. Cuenta, por otra parte, con un porcentaje de votantes que tiene asegurado porque son empleados públicos, contratistas del estado o receptores del dinero que reparte a manos llenas. Un sistema electoral complicado y unos dispositivos electrónicos apropiados generan el temor de que el gobierno pueda conocer el comportamiento de cada uno de los votantes, eliminando el secreto del voto, como ya ha sucedido en ocasión del referéndum revocatorio de hace dos años, en el que Chávez se impuso mediante el fraude.

El gobierno ha usado los inmensos ingresos petroleros que recibe para crear lo que llama “Misiones”, programas sociales donde se reparte dinero a personas de bajos ingresos a cambio de alguna acción social mínima y poco controlada, pero con el compromiso de asistir a los actos chavistas y de votar, por supuesto, por el candidato oficial. Con el apoyo de estos centenares de miles de activistas, y con sus discursos y promesas, Chávez ha logrado consolidar una cierta base política que respalda su régimen populista y autocrático. Pero las cosas pueden complicársele de aquí hasta diciembre.

La oposición se ha unificado hace poco alrededor de un candidato único, Manuel Rosales, que es capaz de lograr, se espera, un importante apoyo. La obra de Chávez es poca y, aunque la economía crece por el ingreso petrolero que llega a través del estado, lo hace con una alta inflación que deteriora los magros salarios de los trabajadores venezolanos. En una elección libre Chávez tendría que pelear voto a voto para permanecer en el poder y es dudoso que pudiera salir victorioso. Con el fraude que tiene preparado, y con la alta abstención que alienta la desconfianza en el actual sistema electoral, es probable que todo le resulte más fácil. Pero si gana fuerza la candidatura de Rosales y la oposición se pone firme es probable que necesite de todo su control sobre el estado para poder mantenerse en el poder. Puede haber momentos de confusión y de caos, violencia, imprevisibles escenarios.

Es en este punto en que aparece la importancia de los militares: si se deciden a sostenerlo, como hasta ahora, Chávez tendrá gran parte de sus problemas resueltos. Pero si, como permite suponer la fuga de Carlos Ortega, hay altos oficiales trabajando en contra del régimen y deseosos de un cambio, es probable que Chávez se vea enfrentado a una situación verdaderamente peligrosa.

La fuga de Ortega ha disparado por esto todas las alarmas y ha creado una situación nueva, en la que ya no es posible asegurar que los militares respaldarán al caudillo bolivariano en todas las circunstancias. Sólo en las próximas semanas, sin embargo, podrá conocerse con más exactitud hasta dónde llegan los problemas del régimen.


Carlos Sabino es asociado de la Fundación Francisco Marroquín en Guatemala, director en CEDICE, un instituto de políticas públicas en Venezuela, y autor de varios libros sobre el desarrollo.



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