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La verdadera razón detrás de la sobrepoblación de las prisiones
26/7/2006
Anthony Gregory

En respuesta a la crisis de una masiva sobrepoblación carcelaria, el Gobernador Schwarzenegger ha solicitado la construcción de dos penitenciarías más.

Desde 1980, el estado de California ha edificado más de 20 prisiones, y su población carcelaria se ha incrementado alrededor de cinco veces.

Con aproximadamente unos 170.000 reclusos, posee un índice de encarcelamiento per-capita superior al del resto de los Estados Unidos, país que ya de por sí tiene el mayor número de población carcelaria per-capita del mundo industrializado.

Todas estas son buenas noticias para los sindicatos de aquellos encargados de hacer cumplir las leyes y los políticos. Sin embargo, desde el punto de vista del público, no es algo que resulte tan positivo.

En un típico ejemplo de una falla del gobierno grande, vemos que sin importar cuántas prisiones son construidas, ni cuánto dinero los políticos arrojan sobre el problema, existe sobrepoblación.

Las condiciones para los prisioneros se deterioran. Las violaciones y la brutalidad se han vuelto la norma.

La más obvia de las reformas jamás es mencionada: Dejar de encerrar a tantos individuos y comenzar a permitir la salida de muchos de ellos.

Con seguridad los Estados Unidos no poseen la cultura más delictiva sobre la tierra. ¿Por qué los Estados Unidos tienen entonces la mayor cantidad de prisioneros? La razón principal es que tienen demasiadas leyes.

Hay más prisioneros encarcelados por violaciones relacionadas con drogas que por todos los crímenes violentos combinados. Solía ser perfectamente legal para cualquier persona ingresar en una tienda y adquirir heroína o cocaína. Luego los progresistas se hicieron cargo del poder a comienzos del siglo 20 y comenzaron a librar una guerra contra las drogas, la cual floreció bajo el New Deal de Franklin Roosevelt, cuando la marihuana se volvió ilegal a nivel nacional.

La gente tiene el derecho a la libertad, a la propiedad, y a la búsqueda de la felicidad. Es una afrenta a los principios fundadores de los Estados Unidos encerrar a individuos pacíficos en jaulas tan solo porque consumen o venden drogas.

Ello también resulta ineficaz para reducir el abuso en el consumo de estupefacientes. Y conduce a más crímenes violentos, guerra de pandillas, corrupción judicial y policial, y a todos los otros problemas que acompañaron a la prohibición del alcohol.

Aquellos que no han cometido crimen alguno contra las personas o la propiedad deberían ser liberados de las cárceles y prisiones. Esto incluye a los delitos menores por drogas, las trabajadoras sexuales, aquellos en posesión de armas ilegales, y cualquier otro individuo que no haya lesionado ni amenazado a alguien, cuya única ofensa fue la de violar un estatuto penal sin que hubiesen victimas.

A un costo anual de $35.000 por recluso, mantenerlos en prisión no solamente es algo enormemente costoso, drenando recursos que podrían ser empleados para perseguir a los criminales realmente violentos, sino que es también francamente inmoral.

Al igual que respecto de los delitos menores contra la propiedad, la justicia debería consistir en resarcir a la victima, no en enjaular de manera costosa a individuos tan solo para proporcionar guardias para las prisiones, dinero para la burocracia, y temas de debate para los políticos recios respecto del crimen.

En lugar de ser obligadas a pagar impuestos que se destinan a encarcelar a sus victimarios, las victimas deberían al menos tener la opción de ser reembolsadas por lo que les fue robado y compensadas por su tribulación.

Moverse hacia un modelo de restitución liberará espacio valioso. Lo mismo haría el hecho de dejar de aplicar la extremista ley de los “Tres Delitos” contra personas cuyas tercera falta fue un delito menor y no violento.

Los críticos han acusado a Schwarzenegger de estar demasiado próximo al lobby de los guardias penitenciarios. Por supuesto, Gray Davis no era exactamente el enemigo del lobby. Tanto los republicanos como los demócratas adoran al complejo industrial de las prisiones.

De hecho, fue Davis, quien encolerizó a gran parte de la izquierda cuando invitó a las corporaciones a beneficiarse con la mano de obra de bajo costo.

Mientras que en un mercado libre, las empresas deben abonarle a sus empleados un salario adecuado o lo mismos pueden renunciar e irse a trabajar a otra parte, el Estado corporativo proporciona un mercado laboral literalmente cautivo para la industria, socializándole los costos a los contribuyentes.

Tal como ocurre con muchas otras cosas que el gobierno hace, las mismas son horribles para la economía en su conjunto, pero algunos individuos se vuelven fabulosamente ricos con ellas. Aquí encontramos un montón de incentivos en favor de más prisiones.

Los Estados Unidos y especialmente California padecen actualmente de una enfermedad, de una adicción por las prisiones que los distingue como los grandes encarceladores del mundo.

Esto no se debe hacer en un país libre. Está corrompiendo a nuestra cultura y llevando a la quiebra a nuestra economía, todo para beneficiar al Estado corporativo que lucra en proporción a cuántos de nosotros nos encontramos enjaulados.

Ahora mismo, California está llevando la delantera en materia de abuso carcelario. En su lugar, debería pasar al frente en materia de sensibilidad y libertad, y comenzar a liberar a aquellos prisioneros que no han violado los derechos de nadie.

Traducido por Gabriel Gasave


Anthony Gregory es Investigador Editor en The Independent Institute. Obtuvo su título de bachiller en Historia Estadounidense de la University of California en Berkeley y brindó el discurso sobre historia como no graduado en la ceremonia de graduación de 2003. Además de su labor en el Independent Institute, escribe regularmente para numerosos websites de noticias y comentarios, incluidos LewRockwell.com, Future of Freedom Foundation y el Rational Review.




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