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El descubrimiento de un complot terrorista, entonces y ahora
18/5/2006
Robert Higgs

El historiador no tiene tiempo que perder. Debe llenar sus días con la lectura de libros y artículos, investigando a través de sucios archivos, sopesando el diseño más incontestable para hilvanar los hilos enredados de un pasado casi incomprensible en un tapiz interpretativo coherente y persuasivo. Para ahorrar tiempo en su composición de una narrativa, a menudo puede hacer un uso eficaz del diseño general que un predecesor ha adelantado. Después de todo, aún cuando ningún episodio histórico se desarrolla exactamente como se han desarrollado episodios similares en el pasado, la recurrencia de ciertos patrones parecería innegable.

Así, por ejemplo, el descubrimiento de un complot terrorista, especialmente uno designado para infligir gran devastación y para perjudicar a las figuras políticas reinantes, con frecuencia da lugar más o menos a la misma clase de repercusiones. Para ilustrar este patrón recurrente, presento aquí un relato selectivo del complot terrorista que actualmente se considera ha provocado los infames ataques del 11 de septiembre de 2001. Entre corchetes y en negrita aparecen los cambios que he realizado a efectos de encuadrar a los acontecimientos recientes en un relato de acontecimientos muy anteriores. El relato original, el cual he utilizado como plantilla, aparece a continuación, junto con una referencia a su fuente.

Un complot terrorista, septiembre de 2001

La mayoría [de los musulmanes] . . . no hubiesen soñado con generar un status quo en el cual, en general, prosperaron. Pero un pequeño y alienado grupo de ellos estaba soñando con una forma de salvación que la vida del establishment y la ordinariez de todos los días no podía proporcionar. El estado había elaborado, superponiendo y entrelazando, medidas de seguridad que habían identificado y rastreado a algunos de estos subversivos, e infiltrado sus redes, pero no creía que la amenaza fuese lo suficientemente seria como para actuar contra ellos. Habían pergeñado pequeños complots y conspiraciones y cometido atrocidades menores en los años previos, pero las mismas habían sido tomadas como provocaciones–no, en definitiva, como amenazas. Existía un deseo o una esperanza viva en los primeros [meses del primer mandato de George W. Bush] . . . de que de alguna manera la historia estaba concluida, que era posible acomodar a todas las formas de opinión en un sociedad mutuamente beneficiosa, que la amenaza del [Islam radical], y de [Irán], su brazo militar, era cosa del pasado.


El ataque terrorista terminó con esa complacencia. . . . Los [estadounidenses] se obsesionaron con la seguridad interior. Un ideal inclusivo y conciliador del mutuo beneficio fue reemplazado por un complejo defensivo/agresivo en el cual todos [los musulmanes],de todos los matices, sin importar su grado de entusiasmo por el ataque planeado, fueron, al menos por un tiempo, identificados como el enemigo. . . . El estado había invadido y se había apropiado la conciencia [estadounidense].


[Cualquier detenido sospechado de ser un terrorista] estaba sujeto a periodos de tortura, personalmente autorizada por [George W. Bush].


Era la naturaleza oculta del peligro la que lo hacía tan terrible. . . . Los complotadores eran ''una cría de víboras, mordentes in silentio [mordiendo en silencio] . . . . No fueron hombres quienes hicieron esto. . . . Ni siquiera las bestias lo hubiesen hecho. ''Esto es más que brutal, Que tigre, nunca tan enfurecido, hubiese hecho un estrago así.'' No, este solamente podía haber sido el trabajo del diablo.


La pesadilla de [John Ashcroft]—y la misma es la pesadilla nacional . . .—es la de la aflicción, el mundo en pedazos, toda la coherencia desaparecida, las partes para ser recolectadas en canastas. Es el terror de la anarquía y la pérdida del orden, motivado por la sensación de que el orden no es más que una piel tensa y ansiosa estirada por encima del burbujeante caos debajo. . . . En la atmósfera extrema que siguió al descubrimiento del complot, las distinciones entre [los musulmanes] fueron suprimidas y a la distancia que [Saddam Hussein] había mantenido de la conspiración no se le dio ningún crédito. Era visto en verdad como el principal seductor, el complotador maestro.


[Saddam], tal como los funcionarios del estado [de los EE.UU.] insistían en llamarlo, fue considerado culpable de conocer de antemano la conspiración sin denunciar a los complotadores ante las autoridades [estadounidenses].

Un complot terrorista, 1605

La mayoría de los ingleses católicos jacobinos. . . no hubiesen soñado con generar un status quo en el cual, en general, prosperaron. Pero un pequeño y alienado grupo de ellos estaba soñando con una forma de salvación que la vida del establishment y la ordinariez de todos los días no podía proporcionar. El estado había elaborado, superponiendo y entrelazando, medidas de seguridad que habían identificado y rastreado a algunos de estos subversivos, e infiltrado sus redes, pero no creía que la amenaza fuese lo suficientemente seria como para actuar contra ellos. Habían pergeñado pequeños complots y conspiraciones y cometido atrocidades menores en los años previos, pero las mismas habían sido tomadas como provocaciones–no, en definitiva, como amenazas. Existía un deseo o una esperanza viva en los primeros años del reinado de Jaime . . . de que de alguna manera la historia estaba concluida, que era posible acomodar a todas las formas de opinión en un sociedad mutuamente beneficiosa, que la amenaza de la Iglesia Romana, y de España, su brazo militar, era cosa del pasado.


El ataque terrorista terminó con esa complacencia. . . . Los ingleses se obsesionaron con la seguridad interior. Un ideal inclusivo y conciliador del mutuo beneficio fue reemplazado por un complejo defensivo/agresivo en el cual todos los católicos,de todos los matices, sin importar su grado de entusiasmo por el ataque planeado, fueron, al menos por un tiempo, identificados como el enemigo. . . . El estado había invadido y se había apropiado la conciencia ingles.


Guy Fawkes estuvo sujeto a periodos de tortura, personalmente autorizada por Jaime.


Era la naturaleza oculta del peligro la que lo hacía tan terrible. . . . Los complotadores eran ''una cría de víboras, mordentes in silentio [mordiendo en silencio] . . . . No fueron hombres quienes hicieron esto. . . . Ni siquiera las bestias lo hubiesen hecho. ''Esto es más que brutal, Que tigre, nunca tan enfurecido, hubiese hecho un estrago así.'' No, este solamente podía haber sido el trabajo del diablo.


La pesadilla de [Lancelot] Andrewes—y la misma es la pesadilla nacional . . .—es la de la aflicción, el mundo en pedazos, toda la coherencia desaparecida, las partes para ser recolectadas en canastas. Es el terror de la anarquía y la pérdida del orden, motivado por la sensación de que el orden no es más que una piel tensa y ansiosa estirada por encima del burbujeante caos debajo. . . . En la atmósfera extrema que siguió al descubrimiento del complot, las distinciones entre los católicos fueron suprimidas y a la distancia que Garnet había mantenido de la conspiración no se le dio ningún crédito. Era visto en verdad como el principal seductor, el complotador maestro.


El Sr. Henry Garnet, tal como los funcionarios del estado inglés insistían en llamarlo, fue considerado culpable de conocer de antemano la conspiración sin denunciar a los complotadores ante las autoridades.

Fuente: Adam Nicolson, God s Secretaries: The Making of the King James Bible (New York: HarperCollins, 2003), pp. 105-06, 109-12, describe la llamada Conspiración de la Pólvora y las repercusiones de su descubrimiento. El Día de Guy Fawkes, la festividad que los ingleses celebran el 5 de noviembre con fuegos artificiales y fogatas, conmemora estos famosos acontecimientos.


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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