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El estado de la libertad: 2006
21/4/2006
Alvaro Vargas Llosa

Disertación pronunciada por Alvaro Vargas Llosa el 21 de abril en el marco del 2006 Atlas Liberty Forum celebrado en la ciudad de Colorado Springs, oportunidad en la que la Atlas Economic Research Foundation le concedió el Sir Anthony Fisher International Memorial Award por su libro Rumbo a la Libertad.

Estoy profundamente conmovido por haber recibido el Sir Antony Fisher International Memorial Award y por el hecho de que la Atlas Economic Research Foundation y, en particular, su Presidente, Alex Chafuén, me hayan pedido pronunciar el discurso a nombre de los premiados esta noche. Me siento honrado de estar en presencia de tantas luminarias del firmamento liberal y, en especial, de poder asociar brevemente mi nombre con el de Sir Anthony Fischer, quien tuvo la rara cualidad de ser capaz de soñar despierto y detectar esa encrucijada imprecisa en la que el ideal se encuentra con lo posible. Somos, en cierto modo, sus hijos y nietos. El fue, si me permiten una licencia colectivista, uno de los patriarcas de nuestra tribu.

En la escena inicial de la película “El señor de la guerra”, Nicholas Cage, quien desempeña el papel de un traficante de armas, afirma que actualmente hay un arma por cada doce personas en el mundo y se pregunta angustiado qué puede hacerse para persuadir a los otros once. Observándolos desde esta tribuna, estimo que hay unas 600 personas en esta sala, es decir representantes de la mayor parte de los institutos liberales en el mundo (por su puesto, estoy bromeando: la cifra incluye a las damas y caballeros que nos atienden muy amablemente esta noche y que podrían o no concordar con nuestros puntos de vista). Esta reunión equivale a un liberal por cada 10 millones de personas: la mitad de la población, por ejemplo, del estado de Nueva York. H.L. Mencken escribió que las hormigas, a diferencia de los humanos, jamás hacen huelga. Dado que los partidarios del libre mercado también trabajan de sol a sol, y dado que nuestras ideas no son menos seductoras que las AK-47, no abrigo duda alguna de que persuadiremos a los otros 9 millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve escépticos antes de que Nicholas Cage convierta a sus once pacifistas... Así que... іadelante!

Resulta natural que aquellos que creen en la libertad individual y el estado de derecho empleen buena parte de su tiempo expresando críticas. Después de todo, eso es parte de la tradición. El espíritu critico ha sido la fuerza motriz de aquellos que lucharon por la libertad en contra de las instituciones prevalecientes, ya fuesen los filósofos griegos averiguando la naturaleza de la justicia, los juristas romanos adaptando el derecho a la evolución de las costumbres sociales, los comerciantes medievales y los clérigos tomistas reduciendo las prerrogativas del Rey, la Escuela de Salamanca descubriendo la naturaleza subjetiva del valor, los Whigs ingleses denunciando los impuestos y la guerra, los pensadores del Iluminismo Escocés criticando el mercantilismo, los fundadores estadounidenses librándose de la opresión colonial, los liberales españoles oponiendo resistencia a la invasión de Napoleón, la “generación de 1837” en la Argentina rebelándose contra el legado ibérico o los disidentes y estudiantes destrozando el Muro de Berlín (para mencionar sólo la tradición occidental). Siguiendo con esa tradición, la mayoría de nosotros en esta sala pasamos gran parte de nuestro tiempo luchando contra lo que creemos que está mal y nos indigna. Eso se debe a que, en el mundo de 2006, encontramos que es mucho lo que todavía se interpone en el camino de la libertad por la que bregamos.

Tememos, por ejemplo, que la comprensible ansia de seguridad pueda atenuar el estado de alerta de la gente respecto de la intromisión del gobierno en sus vidas y la erosión de algunas libertades civiles y económicas. Sacudimos la cabeza ante la constatación de que el Estado Benefactor europeo absorbe la mitad de la riqueza de esas antiguas sociedades que nos brindaron tantas cosas buenas. Nos sentimos indignados de que el auge de la China como potencia capitalista parezca no estar debilitando todavía el control que ejerce el Partido Comunista. Lamentamos la circunstancia de que muchas figuras internacionales que alguna vez se percataron perfectamente de los límites y las consecuencias de la ayuda exterior de pronto se dediquen a defenderla bajo el disfraz del Proyecto del Milenio. Fruncimos el ceño con impaciencia cuando escuchamos a nuestras estrellas de rock favoritas cantar alabanzas a la redistribución de la riqueza en vez de proponer la creación de riqueza como la solución para la difícil situación del África. Se nos eriza la piel ante el tipo de partidos que están ganando elecciones en el Medio Oriente. Nos alarma que el proteccionismo se esté ocultando dentro del caballo de Troya de la “competencia justa” y los “campos de juego parejos”. Nos estremecemos al ver que los actuales precios del petróleo están regando las cabezas de viejos y nuevos tiranos con riquezas petrolíferas, incluido Hugo Chávez en Venezuela. Y sentimos escalofríos, ay, ante la sospecha de que Fidel Castro podría desmentir la primera parte de la máxima de Benjamín Franklin según la cual nada es seguro salvo la muerte y los impuestos...

Hacemos bien al criticar muchos obstáculos que todavía impiden la liberación de gran parte de la humanidad. Sin embargo, no nos olvidemos de que tenemos muchas razones para celebrar y deleitarnos. Sería un error dejar pasar una ocasión como esta para recordar las cosas maravillosas que se han logrado en todo el mundo en no poca medida gracias a sus ideas y a la romántica tenacidad con que ustedes las exponen.

Gracias a la democracia entendida no como el poder irrestricto de la mayoría sino como un límite al poder gubernamental y a audaces reformas que incluyen la introducción de impuestos uniformes, la privatización competitiva, la eliminación de la mayoría de las barreras comerciales y la aplicación de derechos de propiedad garantizados por las instituciones legales, los ex países comunistas han sacado de la pobreza a 40 millones de personas en los últimos siete años. Incluso Rumania, hasta hace poco el “patito feo” de Europa, y la República Eslovaca, considerada un estado inviable cuando se separó de la república Checa, han realizado espectaculares progresos.

Gracias a las visionarias reformas de libre Mercado que se iniciaron en 1987, Irlanda pasó de ser un país que “exportaba” alrededor de treinta mil trabajadores por año a recibir unos cuarenta mil trabajadores extranjeros anualmente, convirtiéndose en la capital de la alta tecnología y de la industria farmacéutica de Europa. Irlanda goza del ingreso per capita más alto en ese continente después de Luxemburgo.

China, el travesti ideológico de nuestro tiempo, comenzó una profunda transformación en 1978 con la introducción de limitadas formas de propiedad privada que evolucionaron hasta convertirse en las denominadas empresas municipales y, más tarde, en cooperativas de accionistas y compañías en manos privadas o empresas mixtas. Aunque todavía muy restringido y confinado a las áreas costeras, este cambio de sexo ideológico significa que el estado chino representa hoy día no más de un tercio del PBI de la nación y que 250 millones de personas—el equivalente a cuatro quintas partes de la población de los Estados Unidos—han derrotado a la pobreza.

Las reformas de la India se iniciaron en los años 80 pero cobraron impulso después de 1991. Entre otras cosas, mediante el engañoso nombre de “Nueva Política Industrial” se eliminó el sistema de otorgamiento de licencias para la inversión y las barreras a numerosas empresas que habían sido impedidas de participar en los distintos mercados en virtud de la legislación “anti-monopólica”. Este cambio desató un torrente empresarial que, combinado con la inversión extranjera, ha reducido la pobreza de forma dramática. En los años 70, la mitad de la población era muy pobre; hoy día, según como se la mida, se considera que menos de un tercio se encuentra en esa condición. A pesar de que hay un largo camino por recorrer, la economía socialista de la dinastía Nehru-Ghandi ha quedado relegada al museo de cera.

Chile es otro país que tuvo un turbulento siglo 20. Era mucho más pobre que Cuba cuando la revolución cubana triunfó en 1959. Pero la transferencia del poder de tomar decisiones a los ciudadanos comunes y la difusión de la propiedad, especialmente a través del sistema de pensiones, han convertido a ese país en una especie de paradigma en la región. Como resultado de estas reformas, la economía informal no representa más de una quinta parte del tamaño total de la economía–entre la mitad y un tercio de la proporción que representa en otros países latinoamericanos. Chile ostenta una tasa de inversión anual equivalente al 22 por ciento de su PBI contra tasas de entre el 15 y el 18 por ciento en el resto del continente, y exporta más del 45 por ciento de su producción, una porción mucho más grande que la de sus vecinos. Con el 18 por ciento de su población todavía en la pobreza, ese país podría librarse del subdesarrollo en una generación si continúa transformándose. Unos pocos países latinoamericanos, entre ellos El Salvador, hasta hace muy poco una nación plagada por la guerra, han estado siguiendo su ejemplo durante algunos años.

Botswana es, por supuesto, un ejemplo muy elogiado de éxito africano. Gracias a las reformas institucionales que han vinculado a ese país con la economía mundial, Botswana se ubica actualmente por encima de México, Tailandia, Sudáfrica, Pakistán, e Indonesia en el Globalization Index publicado por la revista Foreign Policy y goza de un ingreso per capita diez veces más alto que el de Zimbabwe. Cuando Botswana obtuvo su independencia hace algunas décadas, su capital consistía básicamente de ganado. Mientras muchos países africanos estaban dedicados a practicar la necrofilia con el marxismo para enfatizar su ruptura con un pasado colonial reciente, Botswana, un país mediterráneo, optó por el comercio, la inversión extranjera, los impuestos bajos y el respeto de algunas leyes consuetudinarias. Pocos años después, las industrias y los servicios superaron a la agricultura como pilar de la economía. Actualmente, ese país, que he tenido el privilegio de visitar, ostenta un ingreso per capita que equivale a entre cuatro y cinco veces el ingreso per capita promedio del Africa subsahariana y que es mayor que el de Brasil.

Dondequiera que volteemos la mirada, el cuadro es siempre el mismo: cuando encuentran una pequeña abertura en el sistema, los pobres son capaces de crear grandes cosas. Basta con levantar las compuertas una pulgada y las Cataratas del Niágara (¿o debería decir las de Victoria?) empresariales inundan de inmediato las ciudades y naciones con ideas, bienes y servicios--en una palabra: prosperidad. En The Independent Institute estamos actualmente abocados a realizar distintos proyectos de investigación en varias comunidades atrasadas y yo mismo me maravillo ante el empuje emprendedor que todas ellas demuestran. Se trate de una empresa de gaseosas que se inició en una de las partes más deprimidas de los Andes gracias a un hombre sin mayor educación que creó una nueva fórmula química y fue capaz de competir con éxito contra los gigantes de las bebidas gaseosas, o las pobres y mayormente analfabetas mujeres de Abeokuta, un pueblo en Nigeria, que han impactado al África occidental con su industria del vestido, la iniciativa es una característica de la raza humana. Donde quiera que la dejemos actuar en libertad, convertirá a las piedras en panes.

¿A qué se debe que podamos celebrar estos y otro éxitos hoy día? Probablemente a dos factores decisivos. Uno es el clima de las ideas. El otro es el liderazgo en las épocas de crisis. Gracias a ciertas ideas que impregnaron el contexto en el cual individuos influyentes tomaron decisiones importantes las acciones de éstos contribuyeron a la parcial despolitización de la sociedad a través de la reducción de la interferencia estatal, el fortalecimiento de la autoridad moral en la sociedad civil y la consolidación de instituciones legales que ofrecieron seguridad y certidumbre más allá de los círculos elitistas tradicionales. A veces, esos dirigentes eran muy concientes de lo que estaban haciendo y asumieron con fervor las ideas de las cuales sus acciones eran el resultado, pero hubo muchas ocasiones en las que las cosas sucedieron de modo diferente. Varios líderes deshicieron ciertas barreras a la libertad de expresión, a la cooperación social espontánea y al libre intercambio en razón de que la alternativa había fracasado y parecía ser el momento adecuado para probar esas propuestas que individuos como ustedes, organizados en institutos políticos y activos en los medios, habían expuesto eficazmente. En décadas recientes, debido a la perseverancia de emprendedores intelectuales como ustedes y otros que no se encuentran aquí presentes, quienes fueron capaces de dar a las ideas de libertad una fuerte proyección en el escenario mundial, esas ideas se tradujeron en acciones.

La batalla de las ideas, como bien saben, nunca se gana. Hubo periodos en la historia en los que parecía que la libertad era irreversible. Hablamos hoy día de la globalización como si hubiésemos inventado una nueva criatura, pero para millones de individuos la globalización era ya el contexto normal del siglo 19. Y luego el siglo 20 vio el surgimiento del colectivismo en su forma atroz y genocida. Por lo tanto no podemos garantizar que la tendencia hacia la libertad individual y el libre flujo de ideas, bienes, servicios, y tal vez, un día, incluso personas, no será revertida. Pero eso sólo significa que hay mucho trabajo por delante.

Me recordaban el otro día que el Comisionado de la Oficina de Patentes de los Estados Unidos dijo en 1899, justo cuando el siglo 19 estaba llegando a su fin: “Todo lo que puede ser inventado ha sido inventado”. Gracias a Dios, nadie lo escuchó. De igual modo, no debemos ofendernos por aquellos que consideran que el movimiento de libre mercado lo ha dicho todo. Hay mucho, mucho más por decir en un mundo de crecientes bloques comerciales regionales, confrontaciones culturales y religiosas, migración ilegal masiva, contextos políticos cerrados que utilizan la energía del capitalismo de libre mercado para fortalecer a las burocracias políticas, etc...

Resulta importante recordar, al tiempo que nos regocijamos con los grandes pasos que ha dado la causa de la libertad, lo importantes que son las ideas. Como persona que estuvo brevemente involucrada en las tempestades de la vida política y como miembro de una generación que ha tenido el privilegio de ver a las ideas en las que cree pasar de representar una mera gota en el océano a convertirse en una fuerza de la naturaleza, puedo decir: las ideas cuentan. Ningún actor político o civil, ni siquiera el más pragmático, actúa en un vacío intelectual. Directa o indirectamente, un conjunto de ideas y creencias prevalecientes, una cierta forma de entender la interacción humana y el marco institucional dentro del cual la misma tiene lugar, sirven como matriz a partir de la cual la mayor parte de los actores toman decisiones. Ocasionalmente, algunos actores irán contra la corriente. Y si son exitosos, otros eventualmente los seguirán gracias al poder de imitación, ese catalizador del progreso.

El economista Israel Kirzner escribió que “la esencia del espíritu emprendedor consiste en ver a través de la bruma creada por la incertidumbre del futuro”. Los emprendedores intelectuales, que es lo que son muchos de ustedes reunidos en este Liberty Forum, encajan perfectamente en esa descripción: en virtud de que ustedes ven más claramente que muchos otros la cornucopia que les espera a los países que adoptan un gobierno limitado, dejan a los individuos producir e intercambiar valor y permiten al orden espontáneo respirar de manera confortable, ustedes encuentran maneras creativas de impulsar sus ideas a fin de modificar la disposición mental de muchos que todavía se ciñen a la superstición política y económica. Gracias a esa energía creativa, han vencido en muchas situaciones adversas.

Además del clima de ideas, el otro factor que sugeriría considerar como una determinante de la reforma institucional a la luz de los acontecimientos de las últimas décadas es el del liderazgo en épocas de crisis. Los reformadores más exitosos ejercieron un liderazgo iluminado en épocas de perturbación política, económica o social. El liderazgo, combinado con el clima de ideas adecuado, creó las condiciones para la reforma. Eso es cierto tanto históricamente como en épocas contemporáneas. Individuos como Roger Douglas, del Partido Laborista, en Nueva Zelanda en los años 80, Vaclav Klaus en Checoslovaquia y Mart Laar en Estonia a comienzos de los 90, o, en cierta medida, los jóvenes reformadores del partido ARENA en El Salvador en la última década y media, probaron estar varios pasos por delante de sus propias sociedades. Con coraje, tomando riesgos y con perseverancia, fueron capaces de transformar a sus países y de construir una base popular para las reformas que no existía cuando iniciaron su recorrido.

No deberíamos sorprendernos de esto. El liderazgo, especialmente la capacidad de emerger de una crisis con una visión clara y un sentido de dirección, y de generar emulación al convertir las ideas en acción, ha estado en el corazón de los grandes logros de nuestra civilización. Como saben, el desarrollo es un fenómeno reciente en el curso de la historia humana y no puede decirse seriamente que haya sido iniciado antes del siglo 18. El liderazgo, ya sea intelectual, político o mercantil, ha sido la partera de ese proceso. Tras un largo periodo de aislamiento, el surgimiento en el siglo 19 del liderazgo japonés de los Meiji durante una época de conflicto con los EE.UU. encendió la modernización. En la Gran Bretaña del siglo diecinueve, el liderazgo incesante de Richard Cobden y John Bright combinado con la Hambruna de la Papa en Irlanda forzó la derogación de la Leyes del Maíz. En épocas contemporáneas, el liderazgo que surgió en los círculos de la oposición bajo el comunismo en Europa central fue capaz de asumir la dirección política tras el colapso del totalitarismo. Estoy pensando en la Carta 77 en Checoslovaquia y en los intelectuales de Budapest en Hungría, así como en el Movimiento Solidaridad, un liderazgo menos intelectual pero igualmente importante (al menos, en la etapa inicial) en Polonia. Incluso en China, la crisis planteada por el desastre de la Revolución Cultural y la aparición de Deng Xiao Ping, un déspota muy intuitivo, generó reformas.

Por supuesto, una crisis resulta ser por lo general el mejor contexto para que surja el liderazgo. Muchos de los ejemplos recién mencionados no hubiesen sido posibles si una profunda crisis no hubiese hecho añicos el consenso prevaleciente y sembrado en las mentes de muchos ciudadanos una desesperación que abrió las puertas a los dirigentes que proporcionaban “seguridad” mostrándoles el camino opuesto. En América Latina, la crisis de la hiperinflación en los 80 produjo una lucha entre los estatistas que deseaban nacionalizarlo todo y los proteccionistas que querían mantener la propiedad privada bajo las reglas mercantilistas. El resultado fue una reforma preventiva liderada por los últimos. La misma no generó los resultados deseados porque las reformas no fueron lo suficientemente profundas y consistentes, pero esa es otra historia. La crisis y el liderazgo son casi dos caras de la misma moneda. Y el buen liderazgo ha surgido gracias a la clase de clima intelectual que personas como ustedes han proporcionado y siguen ofreciendo. El liderazgo y las crisis no pueden ser medidos de manera econométrica, pero si deseamos que las reformas sean más creíbles a ojos de los escépticos, seamos claros respecto de sus causas.

Hay mucho más por hacer. Un rápido vistazo a la situación de la libertad alrededor del mundo nos dirá no solamente que han ocurrido y siguen ocurriendo cosas maravillosas sino también que hay un lado oscuro en esta la historia: millones de personas todavía sufren bajo regimenes opresivos, algunos de los cuales están incluso empleando algún grado de libertad económica para consolidar su poder; a media humanidad le son negados todavía los beneficios del desarrollo debido a la excesiva intervención gubernamental y a la falta de reformas en regiones como África y América Latina, y las sociedades líderes del mundo se han vuelto tan complacientes acerca de su propia riqueza que están también fallando a la hora de hacer frente al crecimiento del Estado o, incluso en algunos casos, dejando que el socialismo se deslice furtivamente por la puerta trasera. Se nos hace difícil argumentar en favor de una reducción drástica en el tamaño del Estado en América Latina cuando nuestros críticos nos señalan que el gasto federal en los Estados Unidos se ha incrementado un 50 por ciento en los pasados cinco años y que incluso muchos de los paladines del gobierno limitado abogan por aminorar la tasa de crecimiento del gobierno en vez de reducirla. Y esto en una nación cuyo Estado consumía no más del 6 al 8 por ciento de su PBI cuando se convirtió en la economía número uno del mundo en el siglo 19. No ayuda a nuestra causa el que Europa continúe manteniendo un Estado de Bienestar en medio de una población que está envejeciendo, y que Alemania, Francia, e Italia, que juntas representan el 70 por ciento de la economía de la Unión Europea, se aferren obstinadamente a rígidos controles del mercado laboral, un lesivo sistema tributario y a un torrente de llamados “beneficios” sociales, razón por las cuales sus economías han crecido a un escaso promedio del і1,5 por ciento en los últimos diez años!

¿Cuáles son los mayores desafíos para nosotros en los años venideros? Rápidamente sugeriré cinco áreas: la necesidad de llevar el desarrollo a África, Asia central, y América Latina; la necesidad de modificar la abrumadora percepción de que la represión es la mejor manera de luchar contra el tráfico de drogas; la necesidad de combatir al proteccionismo y el instinto antiliberal que el terrorismo procurará generar a través de sus ataques bárbaros pero bien calculados contra la civilización; la necesidad de proteger a la propiedad privada contra el ataque de un ecologismo fundamentalista basado en su doctrina de la subjetividad plural y los derechos difusos; la necesidad de desenmascarar al denominado socialismo de mercado mediante el cual una Nomenklatura intenta controlar el proceso de cambio económico a fin de consolidar su poder. Otros casos, como el de Rusia, donde los zares se han levantado de sus tumbas, caen en la quinta categoría.

Entre estos distintos desafíos, los cuales no hay tiempo de describir en detalle esta noche, pongo particular énfasis sobre el primero: la urgente necesidad de llevar la reforma a África, donde diez de cincuenta y siete países se encuentran peor actualmente que en 1950 y donde un país como Nigeria ha visto crecer su número de pobres de 19 millones a más de 90 millones en tres décadas, y a América Latina, donde apenas menos de la mitad de la población es pobre y casi un cuarto es extremadamente pobre.

Los latinoamericanos fueron traumatizados por las reformas de los años 90, cuando una privatización basada en el amiguismo, pobremente estructurada y corrupta falló en producir resultados. Es tiempo de superar esta parálisis, especialmente ahora que el populismo autoritario ha regresado a algunos países de la región. El comercio se encuentra todavía fuertemente obstaculizado por los bloques comerciales regionales, un laberinto de impuestos alienta una economía de dos velocidades, el poder judicial está aún subordinado al poder político o económico, y resulta casi imposible operar legalmente en cualquier clase de actividad sin pasar por el amiguismo.

Los latinoamericanos tienen a su disposición la información necesaria acerca de las causas de la pobreza. Un reciente estudio realizado por el Banco Mundial demostró que en los países subdesarrollados, incluidos los de América Latina, el costo de hacer negocios es tres veces más alto que en otras naciones mientras que los derechos de propiedad son menos de la mitad de seguros. Con la excepción de Colombia, donde alguna reforma ha tenido lugar y ha habido un incremento del 16 por ciento en el número de nuevas empresas en el último par de años, ningún país latinoamericano ha hecho mucho para reducir los costos y la burocracia en este nuevo milenio. Incluso Chile ha venido perdiendo terreno con relación a Corea, Malasia, Sudáfrica, y otros.

En algunos casos, las pequeñas y medianas empresas brasileñas gastan más de un tercio de sus recursos contratando escuadrones de especialistas tributarios y contables para cumplir con las continuamente cambiantes y complejas reglamentaciones. Los brasileños pagan cinco veces más impuestos que los chinos, y dos veces más que los indios. Con disparidades de renta que son las más grandes del mundo (la ratio del ingreso del distrito federal en Brasil comparado con el de la región más pobre es de 7 a 1), solamente mediante reformas liberales se evitará el surgimiento de déspotas populistas en aquellos países donde bulle la tentación de seguir los malos ejemplos.

Un reciente estudio en Argentina indicó que la acumulación de leyes en ese país es tal que el 85 por ciento de ellas ni siquiera es aplicable debido a que se contradicen o superponen unas con otras, y en muchos casos continúan formando parte de las normas legales aún cuando han sido tácitamente derogadas. El resultado de esta jungla legislativa es que los ciudadanos sencillamente no conocen cuál es la ley del país, encontrándola tan compleja y entrometida que a menudo eligen no hacerle caso. Según el estudio realizado por la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, existen actualmente unas 26.000 normas pero no más de 4.000 son en verdad aplicables. Este es el resultado de un proceso legislativo (incluidos los decretos emanados del poder ejecutivo) que ha sobrevivido a todos los cambios de régimen desde que el país obtuvo su independencia de España.

Cualquier proceso de reforma serio tendiente a la liberación de los individuos de la fenomenal acumulación de poder estatal en América Latina implicará una minuciosa purga de la legislación y de los organismos generados por ella. Este proceso permitirá a las instituciones oficiales tener un contacto mucho más próximo con la realidad, es decir con las formas y medios de la gente común que ha generado instituciones paralelas en su lucha por sobrevivir. Una vez que las instituciones sean despojadas de sus dimensiones autoritarias y socialistas, dejaran de expropiar las pertenencias de las personas comunes, de sofocar su talento creativo mediante barreras de entrada y a través de una redistribución coercitiva de la riqueza, y de relegarlas a una status de segunda clase en el cual tienen un acceso muy limitado a los tribunales. El resultado debería ser una reducción de la brecha que hoy día separa a la ley de la realidad y la restauración de un orden social presidido por la cooperación pacífica.

Lo que se necesita en esta etapa en América Latina probablemente sea parecido a lo que tuvo lugar en la Inglaterra del siglo 18 cuando los viejos reformadores Whig decidieron deshacer gran parte de la legislación (y de las agencias sujetas a esas leyes y normas legadas por las generaciones previas). Hacia el tercer cuarto del siglo 18, más de 18.000 normas habían sido derogadas–-unos cuatro quintos de las leyes sancionadas desde Enrique III. Este proceso fue inspirado por el principio de la libertad individual: la mayor parte de las normas que subvertían la libertad individual y la responsabilidad personal fueron eliminadas con el efecto de que el poder del Estado sobre los ciudadanos fue dramáticamente reducido. El resultado fue el de un largo periodo de prosperidad que ahora asociamos parcialmente con la Revolución Industrial.

Alrededor de 2.400 A.C., un hombre conocido por el nombre de Urukagina lideró una revolución del pueblo contra el Estado oligárquico en Lagash, una de las ciudades estado de Sumer, en Mesopotamia, acusando a los intereses especiales–-los tribunales eclesiásticos, los administradores, el gobernador--de actuar en su propio provecho y de usurpar la propiedad de los demás o simplemente esclavizarlos. “El sacerdote ya no invadió más el jardín de un hombre insignificante”, dice el documento que imparte sus reformas y le dio a la raza humana la primera palabra que significa libertad: amagi (literalmente “un regreso a la madre”, en referencia a un pasado idílico en el cual los dioses deseaban que la gente fuese libre). Les prohibió a las autoridades, tanto eclesiásticas como civiles, incautar la propiedad de los plebeyos, terminó con la mayoría de los recaudadores de impuestos, recortó la facultad de los jueces para fallar en favor de los oligarcas que procuraban explotar a los débiles y sacó al gobierno de procedimientos tales como el divorcio. A pesar de que Lagash se desarrolló con fuerza, el reinado de Urukagina sucumbió ante un rey rival después de una década. Urukagina Se erige como quizás el primer caso de reforma liberal (para emplear un paradigma mucho más reciente) y un muy temprano ejemplo de lucha contra el colectivismo, la expoliación y la conquista de unos por otros. Algo del espíritu de Urukagina, el primer reformador de libre mercado en la historia escrita, debería impregnar la discusión popular e intelectual de modo tal que quienes toman las decisiones puedan iniciar el proceso de “deshacer” gran parte de lo que ha sido hecho durante los últimos siglos. Es proceso liberará a las sociedades africana y latinoamericana de las restricciones que hoy día impiden su desarrollo mientras otras regiones del mundo--menos dotadas por la naturaleza y con historias menos impresionantes--siguen yendo en la dirección correcta.

Traducido por Gabriel Gasave


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.




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