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Terremoto político en Palestina
30/1/2006
Ivan Eland

La apabullante victoria del grupo militante Hamas sobre el partido Fatah en los comicios palestinos ha generado gran consternación en los Estados Unidos e Israel. Pero indirectamente las políticas estadounidenses e israelíes ayudaron a provocar ese resultado. Sin embargo, a pesar de la chapucería de la administración Bush, quizás aún todavía pueda hacerse algo para salvar a la política estadounidense en el Medio Oriente.

No obstante el reclamo de la destrucción de Israel por parte de Hamas, los israelíes originalmente apoyaron en secreto a Hamas como una alternativa a la por entonces más poderosa organización Fatah, conducida por el archirival de Israel Yaser Arafat. Arafat está ahora muerto, Fatah se encuentra inmersa en el caos, y Hamas ha crecido hasta convertirse en un monstruo. También, en lugar de negociar con el Presidente palestino Mahmoud Abbas, el sucesor más moderado de Arafat, los israelíes lo socavaron al retirarse unilateralmente de Gaza, al construir un muro de seguridad a través del “West Bank”*, y al continuar con la expansión de asentamientos allí. La administración Bush apoyó incondicionalmente el unilateralismo de Israel y estuvo de acuerdo con que Israel pudiese conservar grandes asentamientos en el “West Bank” y con que le negase a los refugiados el derecho a regresar a Palestina.

Diversos analistas, tratando de encontrar alguna clase de civilidad en un nubarrón, enfatizan el hecho de que la gran mayoría de los palestinos estaban votando contra la corrupción de Fatah en lugar de a favor de la política de Hamas de destruir a Israel. En cierto aspecto, esto puede ser cierto, pero los palestinos fueron también radicalizados por la invasión de Irak de la administración Bush y por la revelación pre-electoral de intención de ayudar a Fatah en los comicios mediante el financiamiento de proyectos de obras públicas en Palestina.

La administración nos dijo que el camino hacia la paz en Jerusalén pasaba por Bagdad—es decir, que la expulsión del autoritario Saddam Hussein generaría un efecto dominó democrático en los países árabes despóticos. La implicación era la de que esas nuevas democracias serían más proclives a resolver el conflicto israelí-palestino. Sin embargo, varios expertos sobre esa región del mundo consideraban que en las elecciones democráticas, las no comprometidas fuerzas fundamentalistas islámicas harían un buen papel o incluso ganarían. Desafortunadamente, la administración no consultó a muchos de estos especialistas, quienes resultaron estar en lo cierto no tan solo respecto de Palestina, sino también con relación a Irán, Irak, y Egipto. Claramente los comicios democráticos no garantizan la libertad, y un respeto por los derechos humanos.

Al mismo tiempo, la administración ha subestimado la circunstancia de cuán detestados son los Estados Unidos en el mundo islámico. La mejor recomendación tendiente a mejorar la política estadounidense en el Medio Oriente es: Dejar de promover la democracia coaccionado y amenazando a los gobiernos autocráticos a efectos de promover la democracia y asumir un perfil más bajo en la resolución de la disputa israelí-palestina.

El Presidente Bush inicialmente tuvo un perfil más bajo en el Medio Oriente pero, al igual que sus predecesores, fue absorbido por el espiral de la vorágine de la política del Medio Oriente. Ahora que Hamas ha obtenido una resonante victoria, a los intransigentes probablemente les irá bien en las próximas elecciones israelíes. A pesar de que Hamas y cualquier nuevo gobierno israelí probablemente deberán ser más pragmáticos que lo que su retórica indica, los palestinos y los israelíes estarán más lejos que nunca de terminar con las décadas de añejo conflicto. Si los israelíes fueron incapaces de alcanzar un acuerdo final negociado con Arafat y el moderado Abbas, es improbable que lo hagan con el más estridente Hamas.

Varios expertos afirman que las democracias que aprecian la libertad-es decir, las democracias liberales-deben desarrollarse desde una incipiente cultura de libertad en lugar de ser coaccionados desde arriba por una potencia externa. Los Estados Unidos pueden apoyar retóricamente a las fuerzas democráticas en cualquier país pero esas fuerzas pueden ser también fácilmente desacreditadas si los EE.UU. las financian o tratan de apoyarlas a través de la intimidación al gobierno autoritario escogido como blanco.

Contrariamente a la sabiduría convencional, el hecho de resolver el conflicto israelí-palestino-para no mencionar la circunstancia de garantizar cualquier solución con el prestigio y el dinero estadounidenses-no es una necesidad estratégica para los Estados Unidos. Cuando los israelíes y palestinos se encuentren verdaderamente listos para efectuar negociaciones genuinas, para las cuales ninguna de las partes está preparada actualmente y pueden no estarlo por algún tiempo, los Estados Unidos podrían actuar como un mediador neutral-en vez de como un garante–de un acuerdo. Mientras tanto, el Presidente Bush debería seguir su instinto natural y apostar bajo.

Nota del Traductor:
West Bank hace referencia al territorio alrededor de Jerusalén y colindante con la frontera jordana, al oeste del río Jordan.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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