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Es lo que hacemos
5/1/2006
Ivan Eland

La administración afirma que los terroristas nos odian por quienes somos. Pero no es eso lo que dicen los terroristas—ni lo que demuestran los antecedentes.

En su guerra global contra el terror, George W. Bush ha evitado de manera específica la hipótesis del choque de civilizaciones, sosteniendo que los Estados Unidos no están librando una guerra contra la religión del Islam. Sin embargo, el presidente ha respaldado esa hipótesis al sostener que los terroristas “nos odian porque somos libres.” Es decir que el presidente ha empleado esencialmente el argumento de que ellos detestan a los Estados Unidos por “lo que son.” No estamos, dijo alguna vez Bush, “enfrentando a un conjunto de lamentos que puedan ser aliviados o atendidos.” Después del 11 de septiembre, este argumento resultó ser extremadamente seductor para la clase política estadounidense, los medios, y el público, todos los cuales percibían que los valores estadounidenses estaban siendo atacados por los valores foráneos y malvados de los islamistas. Durante cuatro años, el argumento ha proporcionado la totalidad del fundamento filosófico para la forma en la que el gobierno estadounidense está combatiendo el terrorismo.

Sin embargo el argumento es incorrecto. Si la gente se hubiese molestado en escarbar debajo de la superficie, hubiesen visto los signos de alerta de que el aforismo de Bush era falso e incluso peligroso. Para empezar, los sondeos de la opinión pública en las naciones islámicas muestran reiteradamente que la gente en esos países en verdad admira la libertad política y económica de los Estados Unidos. Admiran también la prosperidad estadounidense, la tecnología, y aún la cultura. Por ende, algún otro factor debe estar generando el odio anti-estadounidense en estas regiones del mundo.

Además, el gran plan de Bush para reducir el terrorismo mediante la difusión de la libertad y la democracia en las naciones islámicas—y de esa manera eliminar el odio por tales valores—no está basado en alguna evidencia empírica de que la opresión genere terrorismo. El difundir la democracia no reduce el terrorismo y de generar algo, en realidad lo empeora. F. Gregory Gause III, un politólogo de la University of Vermont que revisó las estadísticas sobre el terrorismo y la literatura académica, destacó que las propias estadísticas del Departamento de Estado de 2000 a 2003 daban cuenta de 269 incidentes terroristas importantes en países a los que Freedom House clasifica como “libres”, 119 en naciones “parcialmente libres”, y 138 en países “no libres”. Esta información corrobora un estudio anterior y bien conocido realizado por William Eubank y Leonard Weinberg, profesores en la University of Nevada, Reno, que halló que la gran mayoría de los ataques terroristas ocurren en democracias—y que tanto las victimas como los atacantes usualmente son ciudadanos de democracias. Gause destaca también que las recientes elecciones y encuestas de opinión pública en los países árabes indican que la llegada de la democracia probablemente generará gobiernos islámicos que serán mucho menos proclives a cooperar con los Estados Unidos que sus predecesores autoritarios. Esos gobiernos islámicos podrían ser también más propensos a patrocinar el terrorismo.

Irak ofrece un ejemplo actual de democratización que conduce a más terrorismo. Durante el reinado autoritario de Saddam Hussein, Irak proporcionó alguna asistencia limitada a selectos grupos palestinos que atacaban a Israel, pero no financió a grupos que concentraban sus ataques contra los Estados Unidos. El terrorismo actualmente corre rampante en un Irak más democrático, el cual, según la comunidad de inteligencia estadounidense, amenaza con convertirse en un campo de entrenamiento para la jihad islamista de todo el mundo, incluso más significativo de lo que fue Afganistán durante la ocupación Soviética.

Finalmente, y lo más importante, la evidencia es inquietantemente clara de que la guerra contra el terror de Bush en realidad ha empeorado las cosas. Según información del Departamento de Estado, el número de incidentes terroristas importantes en todo el mundo se incrementó de 121 en 2001 a 175 en 2003, la mayor cifra en 21 años. Luego, en 2004, el número aumentó estrepitosamente a 655 ataques significativos. Richard Clarke, el consejero en jefe en materia de contraterrorismo tanto del Presidente Bill Clinton como de Bush, ha señalado que el terrorismo en los tres años posteriores al 11/09 excedió al de los tres años anteriores.

Si la evidencia indica que la guerra contra el terror extensamente construida de Bush resulta contraproducente, ¿qué puede hacerse para obtener mejores resultados? Para responder adecuadamente al terrorismo, el gobierno y el pueblo estadounidense precisan saber por qué los terroristas están motivados para renunciar a su tiempo, dinero, y a veces incluso a sus vidas, para atacar los objetivos de una tierra distante. Negar o engañarnos respecto de las verdaderas causas de dicho terrorismo resulta peligroso. Y los hechos acerca del terrorismo nos llevan a la conclusión, tan controversial y difícil de aceptar como la misma pueda ser, de que los terroristas no odian a los Estados Unidos por “lo que son”. Aborrecen a los Estados Unidos por lo que hacen.

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Echémosle otra mirada a esos sondeos de opinión pública en los países islámicos. A pesar de que la gente en la mayoría de esas naciones admira las libertades políticas y económicas estadounidenses, la riqueza, la tecnología, y la cultura, los números de la encuesta se desploman cuando a los participantes se les pregunta si aprueban la política exterior estadounidense hacia el mundo arábico e islámico. Un sondeo reciente realizado por Zogby Internacional y la University of Maryland le preguntó a 3.617participantes en seis naciones árabes: “¿Diría usted que sus actitudes hacia los Estados Unidos están basadas más en los valores estadounidenses o en la política estadounidense hacia el Medio Oriente?” Más del 75 por ciento de los participantes especificaron a las políticas, mientras que tan solo el 11 por ciento objetó más a los valores estadounidenses.

La evidencia empírica indica que una causa primaria de terrorismo es la política exterior del gobierno estadounidense. En un informe de 1998 intitulado “Does U.S. Intervention Overseas Breed Terrorism?: The Historical Record,” catalogué a más de 60 ataques terroristas contra objetivos de los EE.UU.; todos fueron perpetrados en represalia por la política exterior estadounidense. Por ejemplo, desde los años 70, los terroristas han atacado blancos estadounidenses en venganza por, entre otras cosas, apoyar y asistir al Shah de Irán y a Israel; la ayuda y los consejeros militares enviados al gobierno salvadoreño; nuestra presencia militar en Honduras, Panamá, Japón, las Filipinas, y el Golfo Pérsico; las acciones hostiles hacia Libia; la participación en las guerras civiles en el Líbano, Bosnia, Kosovo, y Somalia; y la prosecución de la Primera Guerra del Golfo y el empleo de bases turcas para hacerlo.

En el informe, los ejemplos más notables de tales ataques terroristas vengativos son:

  • En 1968, Robert Kennedy fue asesinado por Sirhan Sirhan, quien veía a Kennedy como un colaboracionista con Israel. Sirhan era hijo de padres palestinos y se sentía traicionado por el apoyo de Kennedy a Israel en la Guerra de los Seis Días en 1967.


  • En 1979, simpatizantes del nuevo líder iraní Ayatollah Ruhollah Khomeini se apoderaron de la embajada de los Estados Unidos en Teherán y tomaron rehenes en represalia por el apoyo estadounidense de larga data al Shah. Los iraníes también patrocinaron varios otros ataques terroristas contra objetivos estadounidenses alrededor del mundo.


  • A comienzos de los años 80, un grupo chiita, el Hezbollah, patrocinado por Irán atacó los edificios de la embajada estadounidense y de instalaciones militares en el Líbano y secuestró a estadounidenses como venganza por el apoyo militar de los Estados Unidos al gobierno cristiano contra las milicias musulmanas. En lo que era ostensiblemente una misión estadounidense de mantenimiento de la paz, los Estados Unidos apoyaron a facciones que eran las más amistosas para con Israel. La culminación de la campaña anti-estadounidense del Hezbollah fue el ataque suicida con bombas de las barracas de los Infantes de Marina de los EE.UU., que mató a 241 efectivos estadounidenses y provocó el retiro ignominioso por parte del Presidente Ronald Reagan de las fuerzas estadounidenses del Líbano.


  • Las provocaciones estadounidenses en el Golfo de Sidra condujeron a una campaña encubierta de Libia para atacar blancos de los Estados Unidos en represalia. En agosto de 1981, poco después de asumir el mando, Reagan decidió que Muammar Quaddafi estaba actuando como un agente soviético y que era un terrorista. Los ataques terroristas patrocinados por Quaddafi se concentraban en objetivos europeos, pero Reagan decidió invadir el espacio aéreo de Libia y sus aguas territoriales en el Golfo de Sidra. Los aviones estadounidenses ingresaron al golfo y derribaron a dos aeronaves libias. A fines de marzo de 1986, Reagan envió la mayor armada naval de las épocas de paz al golfo a desafiar nuevamente a Quaddafi. De manera predecible, Libia disparó misiles contra la armada, y los Estados Unidos destruyeron un sitio de misiles y tres navíos libios. El 5 de abril de 1986, en venganza por esto, Quaddafi auspició el ataque con bombas del club nocturno La Belle en Berlín occidental, el cual era frecuentado por personal militar estadounidense. El 15 de abril de 1986, el pago con la misma moneda continuó con la represalia de los EE.UU. por el ataque del La Belle: ataques aéreos contra Trípoli y Bengasi, en Libia, que bombardearon la carpa de Quaddafi y mataron a su hija. La sabiduría convencional es la de que estos ataques aéreos intimidaron a Quaddafi para no cometer futuros actos de terrorismo. En los hechos, según la Junta de Ciencias de la Defensa, todo lo contrario ocurrió. Quaddafi comenzó una campaña secreta de terrorismo anti-estadounidense que en ocasiones involucraba la contratación de otros grupos, tales como el japonés Ejército Rojo, para lanzar ataques. La campaña de Quaddaffi culminó con la voladura del vuelo 103 de Pan Am sobre Lockerbie, Escocia, que mató a todos quienes se encontraban abordo. Resumiendo, en gran medida como la invasión de Irak del Presidente Bush, la belicosidad de Reagan contra Libia generó un terrorismo vengativo allí donde no había existido antes.


  • Durante la Guerra del Golfo Pérsico, desde mediados de enero a mediados de febrero de 1991, los ataques anti-estadounidense repuntaron alrededor del mundo. Durante esa guerra, los ataques llegaron a ser 120, comparados con los 17 durante el mismo período en 1990. En 1993, un grupo de iraquíes fue arrestado en Kuwait y acusado junto con el gobierno iraquí de complotar para asesinar al ex Presidente George H.W. Bush. Un enorme coche-bomba y armamentos fueron confiscados. Saddam Hussein había jurado asesinar a Bush por su prosecución de la guerra.


  • A principios de 1993, extremistas islámicos intentaron matar a 250.000 personas derribando las torres gemelas del World Trade Center en la Ciudad de Nueva York. Ramzi Yousef, el líder del grupo, sostuvo que su intención era la de causar un número de victimas similar al de la explosión de la bomba atómica en Hiroshima a fin de castigar a los Estados Unidos por su apoyo y ayuda en favor de Israel. Pero el coche-bomba, ubicado en el garaje de estacionamiento debajo de una de las torres no las derribó. (Los perpetradotes habían considerado el hecho de aumentar la bomba con agentes químicos o radiológicos, lo que hubiese incrementado el número de victimas.) A fines de 1993, como un complemento del ataque al World Trade Center, el mismo grupo planeó asesinar al Senador Al D’Amato de Nueva York y destruir varios monumentos históricos de Nueva York en un solo día, pero fueron atrapados antes de que pudiesen llevar a cabo el complot. El propio Yousef fue arrestado antes de que pudiese realizar otro accionar para simultáneamente bombardear 12 aviones jumbo y matar a 4.000 pasajeros.


  • En 1996, el Hezbollah de Arabia Saudita (que difiere del Hezbollah del Líbano) atacó el complejo de departamentos de los militares estadounidenses en la Torres Khobar cerca de Darhan, Arabia Saudita. El ataque mató a 19 aviadores estadounidenses e hirió a 515 personas. Los perpetradores, en vez de despreciar a los Estados Unidos per se, tenían un objetivo muy específico de “realpolitik”: Deseaban compeler el retiro de los militares de los EE.UU. de Arabia Saudita.


  • También, en octubre de 2003, un convoy diplomático estadounidense fue atacado en Gaza. Tres guardias de seguridad de los EE.UU. fueron muertos. Un día antes, Israel había arrestado a sospechosos de un truhán grupo militante palestino. Un funcionario estadounidense senior consideró que el ataque contra el convoy estuvo motivado por el creciente resentimiento anti-estadounidense en las áreas palestinas causado, en parte, por la política de los Estados Unidos en la región.


  • Mi informe también describía varios ataques relacionados con al-Qaeda. A fines de 1993, los combatientes de al-Qaeda de Osama bin Laden entrenaron a los somalíes que llevaron a cabo una emboscada de las fuerzas estadounidenses en Somalia. La emboscada causó el derribamiento de dos helicópteros, la muerte de 19 soldados estadounidenses, y eventualmente un retiro de los Estados Unidos de Somalia. Una acusación criminal de los seguidores de bin Laden destacaba que al-Qaeda consideraba que los “infieles” Estados Unidos planeaban ocupar países islámicos, tal como lo evidenciaba su participación en Somalia y la Primera Guerra del Golfo. Al-Qaeda ha estado también implicada en los ataques con bombas contra el complejo militar estadounidense en Riyadh, Arabia Saudita, en 1995 y las embajadas de los Estados Unidos en Kenya y Tanzania en 1998, que causaron más 200 muertes. Los ataques contra instalaciones militares de los EE.UU. en Arabia Saudita fueron diseñados para compeler el retiro de las fuerzas no-islámicas estadounidenses de la nación que contienen los lugares más sagrados del Islam.

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Desde la publicación de mi trabajo, al-Qaeda y grupos afiliados han atacado varios objetivos estadounidenses y occidentales: el U.S.S. Cole, una navío de guerra que se encontraba recargando combustible en Adén, Yemen, en 2000; el Pentágono y el World Trade Center en 2001; el consulado de los EE.UU. en Pakistán en 2002; cuatro trenes en España en marzo de 2004; el consulado de los EE.UU. en Yeddah, Arabia Saudita, en diciembre de 2004; el sistema de subterráneos de Londres en dos ocasiones en 2005; y tres cadenas hoteleras estadounidenses en Jordania, también en 2005. Tras el ataque del U.S.S. Cole, el Presidente Clinton implícitamente reconoció que la política exterior estadounidense fue la causa del ataque: “Si su intención era la de disuadirnos de nuestra misión de promover la paz y la seguridad en el Medio Oriente, fracasarán totalmente.” Los ataques contra los trenes españoles y el sistema de subterráneos británico estuvo también relacionado con la política exterior estadounidense. Al-Qaeda deseaba clavar una cuña entre los Estados Unidos y los únicos otros países en el mundo que proporcionaron fuerzas significativas para invadir y ocupar Irak. El grupo esperaba que el hecho de atacar los territorios de esas dos naciones las compeliera a retirar sus tropas de Irak.

En enero de 2002, Lashkar-e-Jhangvi—un grupo pakistaní vinculado con Khalid Sheikh Mohammed (la mente maestra de los ataques del 11/09) de al-Qaeda, el sobrino de Mohammed, Ramzi Yousef, y Abu Musab al-Zarqawi, el jefe de al-Qaeda en Irak—secuestró y decapitó al reportero del Wall Street Journal Daniel Pearl en Pakistán. Se considera que Mohammed ha estado involucrado en la decapitación. Las exigencias del grupo eran las de un inmediato fin de la presencia estadounidense en Pakistán, la liberación de todos los prisioneros en la prisión militar en la Bahía de Guantánamo, Cuba, el regreso de los prisioneros pakistaníes a Pakistán, y el envío del avión de combate F-16 por el que Pakistán había pagado pero que los Estados Unidos jamás entregaron. El grupo proclamó, “Les aseguramos a los estadounidenses que nunca estarán a salvo en la tierra musulmana de Pakistán.” Esta declaración indica que uno de sus principales objetivos no se relaciona para nada con la libertad, sino que es muy específico—remover la presencia del “infiel” de los territorios musulmanes.

Zarqawi tiene la misma motivación cuando ataca a los EE.UU. y a las fuerzas aliadas (por ejemplo, a los italianos en Nasiriyah) en Irak. A pesar de que aporta tan solo un pequeño porcentaje de los rebeldes de Irak, sus fuerzas representan una parte desproporcionada de la matanza debido a sus numerosos y efectivos ataques suicidas. En noviembre de 2005, iraquíes vinculados a Zarqawi lanzaron ataques suicidas con bombas contra tres cadenas hoteleras de EE.UU. en Amman, Jordania, en venganza por los ataques militares estadounidenses contra Fallujah, Irak.

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Los líderes estadounidenses preferirían enturbiar los motivos de bin Laden para atacar a los Estados Unidos. Sin embargo, si desean saber por qué bin Laden ha dedicado su vida a matar estadounidenses y a sus aliados, ni siquiera necesitan preguntarle. Ha escrito varios manifiestos y ha realizado entrevistas con los medios occidentales. De estos escritos y entrevistas, uno solamente puede concluir que la principal queja de bin Laden es para con la política exterior estadounidense. Según Peter Bergen, uno de los pocos periodistas occidentales que lo entrevistaron, bin Laden rara vez condena la permisiva cultura estadounidense. También, rara vez habla de los males de la democracia como tal. En cambio, se encuentra especialmente enojado por el apoyo estadounidense a regimenes corruptos en el mundo islámico y por la presencia militar de los EE.UU. en los territorios islámicos del Golfo Persa, una presencia a la que le gustaría desalojar. Una cuestión menor es su oposición al apoyo y asistencia estadounidense a Israel. Recientemente, al-Qaeda ha atacado también a los aliados de los EE.UU., pero tan solo para clavar una cuña entre ellos y los Estados Unidos a efectos de obstaculizar la intervención estadounidense en ultramar—especialmente en Irak.

En un reciente estudio sobre los ataques suicidas con bombas, Robert A. Pape, un profesor asociado de ciencias políticas en la University of Chicago—y un conservador—concuerda en que la razón primaria de bin Laden para atacar a los Estados Unidos es la de echar a los “infieles” de las tierras musulmanas. A pesar de que el empleo constante de la palabra “infieles” parecería indicar que la religión es lo que está guiando los esfuerzos de bin Laden, Pape reconoce que el de bin Laden es en verdad un intento nacionalista para expulsar a una democracia de su patria. También destaca que muchos otras campañas de ataques suicidas con bombas—tales como los ataques de los Sikhs contra los hindúes en la provincia de Punjab en la India, los ataques de los Tigres Tamil contra los singaleses en Sri Lanka, y los ataques del Partido de los Trabajadores de Kurdistán contra los turcos—no tenían nada que ver con el Islam y son también intentos de expulsar a un intruso democrático de un territorio nacional.

La reciente publicidad que rodea al estudio de Pape le ha dado una muy necesaria, pero tardía, exposición a la tesis sensitiva de que los Estados Unidos son atacados por “lo que hacen” en vez de “por lo que son”. La evidencia ha apuntado abrumadoramente en esta dirección durante algún tiempo. Los resultados de Pape son los más recientes para ser agregado a la pila.

Pero la mera lógica debería indicar que los Estados Unidos usualmente no son atacados por “lo que son”. Al igual que los Estados Unidos, varias naciones son ricas, tienen corporaciones con una presencia empresarial global, exportan su tecnología y cultura junto con sus productos, y permiten libertades políticas, económicas, y religiosas, pero no son blancos fundamentales para los terroristas. El empleo por parte de los Estados Unidos de unas fuerzas armadas dominantes y de un brazo para la acción encubierta (la CIA) para intervenir en los asuntos de otras naciones por todo el mundo es su atributo excepcional. Si la lógica no es suficiente, el 29 de octubre de 2004, bin Laden—frustrado con la alegación de Bush de que al-Qaeda ataca a los Estados Unidos debido a su libertad—realizó un video en el que específicamente menciona como las razones para sus ataques al entremetimiento estadounidense en las tierras musulmanas y al apoyo a los gobernantes corruptos en ellas:

Contrariamente a la afirmación de Bush de que odiamos la libertad ¿por qué no atacamos a Suecia? Deseamos restaurar la libertad para nuestra nación. Bush sigue involucrado en la distorsión, engaño y ocultamiento de las causas verdaderas. Los acontecimientos que impresionaron mi alma de una manera directa comenzaron en 1982 cuando los Estados Unidos le permitieron a los israelíes invadir el Líbano. Y la Sexta Flota estadounidense los ayudó a hacerlo. Y mientras observaba esas torres destruidas en el Líbano, vino a mi mente que deberíamos castigar al opresor de la misma manera—y que deberíamos destruir las torres en los Estados Unidos a fin de que ellos prueben algo de lo que nosotros probamos, y de esa manera que sean disuadidos de matar a nuestras mujeres y niños. Hallamos difícil lidiar con la administración Bush, a la luz de la resemblanza que la misma posee con los regímenes de nuestros países, la mitad de los cuales se encuentra gobernada por los militares y la otra mitad está gobernada por los hijos de reyes y presidentes. Su seguridad está en sus manos. Y todo estado que no juegue con nuestra seguridad garantizará automáticamente su propia seguridad.

Paradójicamente, cuanto más grande y más capaces se tornen las fuerzas armadas estadounidenses (como resultado de los recientes incrementos en el presupuesto de defensa) y más expandido sea el perímetro de la “defensa” del país, menos seguros estarán los estadounidenses. En otras palabras, el imperio no equivale a la seguridad y, en verdad, la socava. Antes de hacer cualquier otra cosa, la primera responsabilidad de un gobierno debería ser la de proporcionarle seguridad a su pueblo y al territorio en el que éste vive. El gobierno de los Estados Unidos, sin embargo, no solamente ha descuidado dicha seguridad interior sino que la ha minado activamente al hacerse de enemigos innecesarios en el exterior. Por ejemplo, durante la última parte de la Guerra Fría, para darle a la superpotencia soviética rival otro Vietnam, el financiamiento de los combatientes militantes de la oposición islámica en la remota y atrasada nación de Afganistán parecía ser una gran idea. Pero el entremetimiento en el exterior puede tener consecuencias impredecibles y por lo general desfavorables. Los islamistas radicales—apoyados por el financiamiento de los EE.UU.—se transformaron en al-Qaeda, se volvieron en contra de su benefactor, y se convirtieron en una de las más severas amenazas estratégicas para el territorio de los EE.UU. en la historia estadounidense.

Si, durante la Guerra Fría, las intervenciones de los EE.UU. en lejanos y no estratégicos países eran cuestionables, la desaparición de la superpotencia rival ha vuelto aún menos obvios los beneficios de las abundantes intervenciones estadounidenses en ultramar. Y los costos de dichas intervenciones se han incrementado enormemente. Todos los imperios han experimentado el padecimiento de consecuencias no queridas, pero los transportes, las comunicaciones y los armamentos modernos—incluidos los posibles dispositivos nucleares, biológicos, químicos o radiológicos—podrían hacer que las mismas fuesen catastróficas, tal como quedó demostrado el 11/09. De esta manera, la política exterior estadounidense militarista y activista se encuentra desactualizada y debería ser modificada.

Una política exterior más moderada resulta crucial en virtud de que tanto la inteligencia como la seguridad interior mejorada por sí solas no pueden hacer mucho. Funcionarios de la comunidad de la inteligencia concuerdan en que la inteligencia no es perfecta (el reconocimiento de la década, después del fracaso en detectar el complot del 11/09 y de la carencia de Irak de armas y programas nucleares, biológicos, y químicos significativos), y en que futuros ataques terroristas exitosos son probables. Los Estados Unidos son un país grande, rico, y libre, con fronteras porosas y muchos blancos lucrativos para atacar—por ejemplo, rascacielos, puertos, escuelas, estadios deportivos, y plantas químicas y nucleares. Además, las recientes reorganizaciones de la inteligencia gubernamental y de las estructuras de la seguridad interna agregaron burocracias que pueden en realidad obstaculizar la capacidad del gobierno para contrarrestar a pequeños y ágiles grupos terroristas, que no tienen que completar pilas de formularios a efectos de cumplir con su misión. Dada la vulnerabilidad del país al terrorismo y la incapacidad del gobierno para protegerlo todo, la circunstancia de reducir la motivación para que los terroristas ataquen a los Estados Unidos es imperiosa. El empleo de la fuerza militar solamente como un último recurso en épocas de un genuino peligro para la nación reducirá el tamaño del blanco que el gobierno estadounidense ha pintado sobre las espaldas de su pueblo.

Si quedan dudas de que un cambio en la política hacia más moderación tendrá el resultado deseado, la historia demuestra que el Hezbollah del Líbano redujo drásticamente sus ataques contra objetivos de los EE.UU. después de que el país retiró sus fuerzas militares de allí, y que los ataques anti-estadounidenses de Libia disminuyeron después de que terminaran la administración Reagan y sus provocaciones a Quaddafi.

Este cambio en la política no fue realizado ni por la administración Clinton ni por la de Bush antes de que ocurriera lo inevitable el 11 de septiembre. Tras el 11/09, aún cuando Bush había prometido “una política exterior más humilde” durante la campaña presidencial de 2000, dio un giro de 180 grados e hizo la peor cosa posible al utilizar a la tragedia de Nueva York y Washington como una excusa para invadir otro país musulmán—uno que albergaba los lugares santos para los chiitas. Es seguro que la agresiva política exterior de la administración Bush ha ayudado a causar el gran incremento en la actividad terrorista con posterioridad al 11/09.

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¿El hecho de atribuir la causa primaria del terrorismo anti-estadounidense a la política exterior de los EE.UU. y de abogar por la moderación militar en el exterior implica implícitamente culpar a la victima por el ataque e indica que deberíamos apaciguar a los terroristas? No es ese el caso. El asesinato de civiles inocentes por parte de los terroristas es atroz, y la política estadounidense de corto plazo debería ser la de castigar a los grupos terroristas que atacan a los Estados Unidos, ya sea capturando a sus miembros mediante el empleo de la inteligencia y los métodos de la aplicación de la ley o matándolos con el discreto y quirúrgico empleo de la fuerza militar (para evitar inflamar el odio anti-estadounidense tanto como sea posible). Así, una política de castigo rápido repartida entre los grupos terroristas anti-estadounidenses, especialmente al-Qaeda, no puede ser mal interpretada como apaciguamiento.

Pero en el largo plazo, los estadounidenses deben percatarse de que no obstante que los terroristas se equivocan al matar a inocentes, su propio gobierno carga con parte de la culpa por crear en primer lugar las quejas subyacentes que motivan a los terroristas a atacar. Sobre un horizonte más largo, el gobierno estadounidense debería sosegadamente estrechar su concepción de los intereses vitales y adoptar una política de moderación militar. También, una política exterior más moderada, cambiando la manera en la que los árabes piensan respecto de los Estados Unidos, podría reducir de forma dramática cualquier clase de apoyo popular que los terroristas tienen en los países islámicos.

Una política exterior estadounidense más humilde incluiría la remoción del apoyo de los EE.UU. a los gobiernos arábicos despóticos, tales como aquellos en Egipto, Jordania, Arabia Saudita, y en otros países del Golfo Pérsico; la eliminación de la presencia militar estadounidense en el Golfo Pérsico; la terminación de la ayuda de más de $3 mil millones (billones en inglés) otorgada al prospero estado de Israel y la adopción de una política más neutral respecto del conflicto israelí-palestino; y el hecho de evitar el comportamiento antagonista—abierto o encubierto—hacia los grupos que no concentran sus ataques contra los Estados Unidos, tales como Hezbollah, Hamas, y la Jihad islámica palestina, todos los cuales se concentran en atacar a Israel. A pesar de que estas desviaciones significativas de la política estadounidense existente pueden ser difíciles de alcanzar pronto, los estadounidenses deberían darse cuenta que adoptarlas reduciría dramáticamente los motivos de los terroristas para atacar a los Estados Unidos. Si los estadounidenses desean continuar de todas formas con tales políticas, al menos deberían ser concientes del alto costo de las mismas.

Lejos del apaciguamiento, estas modificaciones en las políticas beneficiarán a los Estados Unidos ya sea que los terroristas anti-estadounidenses lancen o no ataques. Los costos en vidas y en dinero estadounidenses se reducirán de manera dramática, los militares de los EE.UU. no estarán en su actual condición de sobre estiramiento, y la sobre extensión imperial será eliminada—todo esto reduciendo la probabilidad de la declinación estadounidense como una gran potencia. Además, el resistirse al impulso de atacar a los grupos y países que no están atacando a los Estados Unidos se compadece más con los valores de una república (en vez de con los de un imperio).

Una política de una moderación militar en el exterior meramente implica retrotraerse a la tradicional política exterior estadounidense adoptada por George Washington, Thomas Jefferson, y los otros fundadores de la nación y continuada (con esporádicas desviaciones) hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Los fundadores se percataron que los Estados Unidos poseían una seguridad intrínseca debido a su separación de los centros mundiales de conflicto por dos grandes océanos. A pesar de los progresos en materia de transporte y comunicaciones, los Estados Unidos son aún relativamente inmunes a un ataque o invasión convencional, especialmente con el efecto disuasivo de nuestro moderno armamento nuclear. La única amenaza que tales distancias y capacidad militar no pueden vencer o disuadir es la amenaza terrorista. En razón de que la intrínsicamente buena situación de la seguridad estadounidense le ha permitido siempre a los Estados Unidos la opción de permanecer fuera de mayoría de los conflictos externos, la era del terrorismo catastrófico torna imperativo en la actualidad ese curso de acción.

Los padres fundadores también se daban cuenta de aquello que muchos políticos de la actualidad han olvidado: La guerra constante socava a la república. A medida que el territorio de Roma crecía, el poder pasaba de la asamblea al senado aristocrático, de éste al dictador y al emperador. De manera similar, en los Estados Unidos, el aberrante intervensionismo en el exterior con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial ha concentrado el poder en un presidente imperial y está carcomiendo las libertades civiles de la nación. El intervensionismo estadounidense provoca ataques terroristas, los que a su vez llevan a la constricción de las libertades civiles—por ejemplo, la Ley Patriota de los EE.UU. y las acciones ejecutivas inconstitucionales por parte de la administración Bush. Una política exterior estadounidense más refrenada eliminaría esta suerte de compensación que existe entre la seguridad y las libertades civiles—los Estados Unidos podrían tener ambas cosas. Por lo tanto, tan ventajoso como los más bajos costos y las menores victimas (para las tropas de los EE.UU. y para los habitantes locales en el exterior y los civiles estadounidenses dentro del país) que serían el resultado de una política exterior más humilde, el mayor beneficio resultaría para nuestro apreciado y excepcional sistema constitucional. El imperio estadounidense amenaza a la propia república estadounidense.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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