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Adulando a la Administración de la Seguridad del Transporte
30/12/2005
Ivan Eland

La próxima vez que vaya al aeropuerto asegúrese de poner cara de contento, aún cuando le hayan informado que su vuelo ha sido demorado una hora y que perderá todas sus conexiones. Precisará de esta alegre fachada para poder atravesar el puesto de control de seguridad aeroportuaria de la Administración de la Seguridad del Transporte o TSA como es conocida por su sigla en inglés.

Como si el hecho de estar solicitándoles que se quiten los zapatos, abrigos, cinturones y otras prendas antes de pasar por el detector de metales y de examinar con rayos x sus pertenencias personales no fuese suficiente, la TSA comenzará a psicoanalizar a los pasajeros aéreos en los 40 aeropuertos más importantes de los EE.UU. el año próximo. Los inspectores de la TSA, quienes ni tan siquiera son personal plenamente entrenado en la aplicación de la ley, y menos psicólogos profesionales, harán un análisis de revisión del comportamiento sobre todos los pasajeros. Los encargados de esta revisión buscarán signos “sospechosos” que pudiesen indicar que un pasajero podría ser un terrorista: la circunstancia de tener los labios secos o una arteria carótida palpitando (no bromeo), el hecho de evitar hacer contacto visual con el inspector o saludarlo, o las respuestas evasivas o pausadas ante preguntas casuales formuladas por el inspector. Los viajeros que exhiban tales perversas características sufrirán inspecciones físicas adicionales—el infame cacheo “minucioso” y la revisión desordenada del equipaje—e incluso podrían hacer frente a un interrogatorio policiaco.

Esta invasión adicional de la privacidad del público es parte de una tendencia en la aplicación de la ley que va más allá de la circunstancia de meramente responder a la actividad criminal en un intento por evitarla. Pero el hecho de permitirle al personal de seguridad que interrogue a las personas, lleve a cabo inspecciones fisgonas, y posiblemente incluso efectúe arrestos sobre la base de tal endeble criterio, en vez de sobre una sólida evidencia de actividad criminal, debería hacer sonar campanas de alerta para todos los estadounidenses preocupados por sus libertades civiles. Incluso los psicólogos que creen en que el hecho de analizar el lenguaje corporal en un ambiente controlado de laboratorio puede detectar el comportamiento engañoso, admiten que se precisan estudios para ver si ello funcionará en la vida diaria—en este caso, en los masivos y caóticos puestos de control aeroportuarios.

Otros estudios psicológicos conexos deberían provocar incluso más escepticismo. Según el periódico USA Today, Jonathan Turley, un eminente profesor de leyes en la George Washington University, está preocupado de que la detección del comportamiento pudiese degenerar en un perfil racial. Turley destacó que las observaciones de una persona se encuentran a menudo coloreadas por sus prejuicios. Los estudios han demostrado que cuando a los blancos y a las minorías les son exhibidas fotografías de distintas razas, los blancos son mucho más proclives a ver a las minorías como amenazantes. En contraste, las minorías tienden a creer que sus similares son benignos.

Turley señaló también que los tribunales le han permitido a los agentes que se encargan de aplicar las leyes llevar a cabo una pesquisa cuando tienen una “sospecha razonable” de que un crimen ha sido cometido. Sostuvo que el catalogar a los comportamientos sospechosos podría proporcionar una lista conveniente para cualquier oficial abusivo que alegue “sospecha razonable”.

La comunidad de quienes se encargan de aplicar la ley y la administración Bush están enamorados del modelo anti-terrorista israelí. La política de Israel incluye al comportamiento agresivo hacia las amenazas externas percibidas, así como también respecto de sus propios ciudadanos, incluido el monitoreo del comportamiento de los viajeros en los aeropuertos. Pero Israel es un estado cuasi-policiaco—uno que ha fracasado en terminar con el continuo terrorismo anti-israelí mediante la remoción de su causa subyacente—y ciertamente no es ningún modelo para que el “hogar del libre y el valiente” emule en modo alguno. En verdad, los Estados Unidos deberían adoptar la posición opuesta. En vez de adicionar otra innecesaria y absurda capa de seguridad aeroportuaria al estilo del “gran hermano”, los Estados Unidos deberían suavizar su política exterior en ultramar a fin de reducir de manera dramática el terrorismo anti-estadounidense al remover su causa subyacente primaria.

En virtud de que es improbable que la administración Bush adopte este iluminadapolítica, el público viajero está destinado a experimentar una política de seguridad aeroportuaria más opresiva que nunca. Esto puede conducir a una espiral descendente de más pasajeros quisquillosos que exhiban más “comportamientos sospechosos”, lo que a su vez llevará a interrogatorios y cateos incluso más entremetidos por parte de los encargados de la aplicación de la ley. Por otra parte, a fin de evitar la seguridad adicional, el público quizás caerá en la cuenta y fingirá un comportamiento jovial y lisonjero para con los inspectores de la TSA. Muy probablemente incluso, cualquier grupo terrorista sofisticado, enterándose del programa de detección del comportamiento de la TSA a través de los medios, hará lo mismo.

En virtud de que este programa de detección del comportamiento es improbable que atrape a algún terrorista profesional, tal vez su verdadero objetivo sea el de mejorar el estado de animo de los detestados inspectores al brindarle al público algún incentivo para que sea agradable con ellos. Por lo tanto, la próxima vez que viaje por aire, no olvide simular una sonrisa y usar protector labial.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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