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Fidel Castro y sus amigos chinos
21/12/2005
William Ratliff

Cuba sobrevivió a una década de crisis económica en los años 90 tras el colapso de su red de apoyo de la Guerra Fría, el bloque soviético. En la actualidad el Máximo Líder está edificando una nueva red, la que se extiende desde Caracas a la República Popular China (RPC), la que considera que le permitirá atravesar sus zafarranchos económicos durante los años venideros.

El romance de Fidel con el volátil Presidente Hugo Chavez de Venezuela es un matrimonio celebrado en el paraíso castrista, pero la relación con China es más complicada. ¿Por qué se encuentra este enorme Reino Medio, con su economía explosivamente creciente, interesado en un anciano dictador de una diminuta isla caribeña quien está estúpidamente encaminado hacia políticas económicas estatistas fracasadas? ¿Y viceversa?

En 1960, Cuba fue el primer país latinoamericano en reconocer a la RPC. Sin embargo, las relaciones fueron a menudo hostiles durante varias décadas en virtud de que solamente el bloque soviético podía proporcionar tanto la asistencia económica suficiente para sostener a la siempre defectuosa economía de Castro como un escudo militar contra su enemigo escogido, los Estados Unidos.

Con el auge del conflicto sino-soviético en los años 80, las relaciones sino-cubanas comenzaron a mejorar. En junio de 1989, el acercamiento se apresuró cuando Cuba avaló férreamente la represión china en Tiananmen.

Los lazos sino-cubanos de la actualidad caen en tres amplias categorías: la política, la económica y la estratégica. Cuba se beneficia del apoyo político y económico, a menudo superpuesto, de China, mientras que China gana mediante la obtención de información de inteligencia sobre los Estados Unidos a través del gobierno cubano.

Fidel y Raúl Castro, y la gran mayoría de otros importantes dirigentes cubanos, han visitado China una o más veces. Dos presidentes chinos, más recientemente Hu Jintao, en noviembre de 2004, y muchos otros de los principales líderes chinos, han visitado Cuba. Además de los pedidos pro forma a favor de la paz y del desarrollo mundial, los dos gobiernos se apoyan recíprocamente en cuestiones tales como la condena al embargo estadounidense sobre Cuba y el apoyo a la ley anti-secesión del año 2005 de China dirigida a Taiwán.

Económicamente, Beijing es un aliado pragmático, quid pro quo. Mientras China busca recibir eventualmente cantidades significativas de níquel de Cuba, en general las exportaciones cubanas a China son insignificantes. Pero China es el tercer mayor socio comercial de Cuba, detrás solamente de Venezuela y España. En varios grados, China apoya la educación cubana, la explotación petrolera, las minas de níquel, el desarrollo tecnológico y la infraestructura en materia de transporte.

Mirando más allá de Fidel, Raúl Castro, el aparente heredero, y muchos otros líderes cubanos actuales, se encuentran fascinados con las reformas económicas al “estilo chino” que Fidel rechaza. A saber, el mantenimiento de un considerable control político pero emprendiendo algunas reformas económicas serias, sistemáticas y orientadas al mercado a fin de escapar al perpetuo malestar económico.

El resultado para China es el de una ventana de bienvenida desde la cual observar a los Estados Unidos. Considérese que Washington observa a China desde bases militares por toda Asia, satélites espaciales y aviones de vigilancia, uno de los cuales fue obligado a aterrizar sobre la isla china de Hainan a comienzos de 2001 y precipitó la primera confrontación de la administración Bush con la RPC. China, sin embargo, carece de bases militares en el exterior y ninguno de sus aviones sobrevuela a lo largo de las costas estadounidenses.

Considérese también que mientras los Estados Unidos se quejan acerca de la modernización militar de China y de una posible agresión futura en el exterior, China tiene evidencia sólida de la real agresión militar estadounidense contra países soberanos, ya sea que los estadounidenses aprueben o no las acciones, por parte de Bill Clinton en Yugoslavia en 1999 y de George Bush en Irak en 2003. Añádasele a ello el armamento sofisticado que Washington le vende a Taiwán, una isla a la que tanto Beijing como Washington (y Taipei, hasta hace poco) consideran parte de “una China.”

Los funcionarios estadounidenses no hablarán seriamente sobre cuestiones estratégicas sino-cubanas, aunque afirman que China está involucrada en le desarrollo de capacidades de inteligencia, guerra cibernética y comunicaciones que pueden afectar a la región. A veces citando a informes de prensa desigualmente confiables como evidencia, las específicas áreas de preocupación parecerían ser las de Lourdes y Bejucal, ambas cercanas a la Havana.

Lourdes, durante décadas la mayor base de espionaje soviética en el exterior, actualmente parece ser principalmente una nueva Universidad de Ciencias de la Información (UCI). Hu Jintao visitó el predio universitario en 2004 y dijo que la mayor parte de los miles de computadores que hay allí procedían de China. Los interrogantes sin respuesta son qué otra cosa en la UCI proviene de China y qué obtiene la RPC a cambio.

La base en Bejucal puede tener agentes chinos así como también cubanos, pero al menos algo de la información publicada está inflada. Por ejemplo, una fotografía que ha circulado ampliamente de unas asombrosas cúpulas de radar con forma de pelotas de golf, supuestamente en Bejucal, corresponden en verdad a una instalación estadounidense en la Menwith Hill Station, en el Reino Unido.

Washington y Beijing no se han vociferado el uno al otro desde el incidente del EP-3 en Hainan casi cinco años atrás. ¿Por qué? Tal vez, debido a que ambos han decidido que la actual ubicación de las redes de vigilancia es por ahora una compensación tolerable en un mundo peligroso, suspicaz, e imperfecto.

Las futuras relaciones sino-cubanas dependerán de desarrollos impredecibles en China, Cuba, los Estados Unidos y más allá. Podrán abarcar desde el uso más intensivo por parte de China de las bases cubanas y de contactos en las Américas, particularmente bajo un gobierno autoritario post-Fidel, hasta la decisión de Bejing de que Fidel es demasiado caro y embarazoso como para apoyarlo, particularmente si las instalaciones en Cuba pudiesen ser canjeadas en un acuerdo con los Estados Unidos sobre Taiwán.

Traducido por Gabriel Gasave


William Ratliff es Asociado Adjunto en The Independent Institute, Investigador Asociado en la Hoover Institution de la Stanford University, y un frecuente escritor sobre temas de la política exterior china y cubana.



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