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La lucha global contra el extremismo violento: ¿Un truco de marketing o un giro lamentable?
8/8/2005
Robert Higgs

Digámosle adiós a la GWOT y, en la medida en que la administración Bush está interesada, buena liberación también. Esta sigla para la “guerra global contra el terrorismo”—a menudo traducida como “guerra global contra el terror”—una monstruosidad impronunciable con todo el encanto de la verborrea de un documento de planificación del Pentágono, de todos modos nunca fue muy popular entre el público. Por lo tanto nada está perdido. La pregunta es: ¿qué busca ganar la administración al volver a etiquetar a sus esfuerzos como la “lucha global contra el extremismo violento”? ¿Es este cambio por un nuevo eslogan nada más que eso, o el mismo significa un cambio de postura hacia un abordaje diferente de la explotación gubernamental en curso de la “oportunidad” que los consejeros más influyentes del presidente percibieron en los acontecimientos del 11/09?

Los sucesivos rótulos del gobierno para sus acciones en respuesta al 11/09, han hecho el ridículo desde un comienzo. La “Guerra contra el terror” no tuvo sentido: usted no puede dejar caer una bomba sobre una emoción. La “Guerra contra el terrorismo” escasamente tuvo algo más de coherencia, ya que el terrorismo no es algo a lo que usted pueda acabar con un obús, sino una táctica que está a disposición de incontables millones de personas determinadas en una forma u otra. Evidentemente ninguno de los genios de relaciones públicas del gobierno nunca encontró merito alguno en la más sensible frase de “guerra contra los terroristas.” A su debido tiempo, surgió la GWOT, haciendo su propia parte del ridículo (“pérdida de tiempo gigantesca,” y cosas así.) La misma tuvo el mérito de enfatizar el alcance mundial de las acciones gubernamentales, ofreciendo una justa advertencia de que nadie en la tierra puede ocupar una zona neutral y que cualquiera sobre el planeta podría ser visitado por un misil Hellfire enviado desde un avión no tripulado Predator si llegase a despertar la sospecha suficiente en Langley (sede de la CIA.)

Cualquiera sean las deficiencias de la terminología precedente para ayudar al gobierno a venderle al público su programa, el más reciente cambio de eslogan indica una dificultad más sustancial. La prosecución de la guerra en Irak está yendo de mal en peor, y el sopor público está finalmente comenzando a despertarse y a darse cuenta de que algo anda mal. Las encuestas informan de continuos descensos en la aprobación pública del manejo que hace de la guerra el Presidente Bush. Todo ese progreso al que los voceros han exagerado desde el inicio de la ocupación estadounidense, ha obviamente fracasado en crear una impresión favorable sobre las legiones de combatientes por la resistencia y los bombarderos suicidas en Irak. A menos que los individuos en los ámbitos superiores de la administración Bush sean incluso más estúpidos de lo que parecen, deben comprender que su “liberación” de Irak es un chasco, que han colocado a las fuerzas de los Estados Unidos en un avispero, y que la persistencia en azuzar el avispero solamente traerá más avispas. Si la administración Bush no puede resolver este problema, quizás pueda distraer la atención del público sobre el manifiesto fracaso del gobierno en cumplir con su promesa de establecer una democracia pacífica en Irak. Habiendo fallado en demostrar algún dejo de verdad en sus afirmaciones de la pre guerra respecto de las armas de destrucción masiva iraquíes o en sus reiteradas insinuaciones de un vínculo entre el 11/09 y el régimen de Saddam Hussein, el gobierno procura ahora cambiar el foco de la guerra que está perdiendo en Irak.

Los políticos siempre están tratando de desviar la atención del público de sus fracasos políticos. Si el cambio terminológico más reciente del gobierno fuese nada más que otro ejemplo de dicho engaño político, podríamos simplemente descartarlo como más de lo mismo. Las explicaciones que han dado los funcionarios gubernamentales, sin embargo, sugieren que podemos tener más motivos sustanciales para preocuparnos. El titular del Comando en Jefe, el General Richard B. Myers, afirma que a pesar de que los actuales esfuerzos del gobierno recaen largamente en la fuerza militar, la amenaza “debería ser definida como tan violenta como los extremistas,” y así la solución es “más diplomática, más económica, y más política que militar.” ¿Duda alguien que las actuales medidas diplomáticas, económicas, y políticas que el gobierno intenta adoptar afectarán de manera adversa a un millón de personas comunes por cada potencial terrorista al que las mismas alcancen? Por medio de las acciones autorizadas por la Ley Patriota de los EE.UU. y mediante varias otras medidas, el gobierno desde el 11/09 ya le ha dado un mordisco a nuestras libertades. En la actualidad, al parecer amenaza con engullir aún más de ellas al emplear, en palabras de Myers, “todos los instrumentos de nuestro poder nacional.”

Esta amenaza parecería solamente mayor cuando consideramos la vaguedad del término “extremismo violento.” Ya hemos visto que individuos que no cometieron ningún acto de violencia, en verdad quienes no hicieron nada más que recaudar o transmitir fondos en nombre de organizaciones de caridad o como asociados con ciertas personas en su vecindario o mezquita, han sido tratados como terroristas. Cualquiera que se haya molestado en leer las leyes anti-terrorismo sabe cuan elástico es su lenguaje, cuanto el mismo puede ser estirado por un entusiasta agente del FBI o por un ambicioso fiscal desesperado por un puesto más alto. Bien podemos preguntarnos, ¿qué hará el gobierno con el término “extremismo”?

Ya sabemos bastante acerca de este asunto, al meramente observar la conducta de la política estadounidense. La gente está constantemente siendo etiquetada como extremistas en los noticiosos o en los procedimientos parlamentarios. Incluso hombres y mujeres prominentes y respetables y nominados para puestos en la justicia federal son rutinariamente tildados de extremistas. Nada resulta más fácil que llamar extremista a cualquiera cuyos puntos de vista y acciones van más allá de los limites de las 40 yardas de la política estadounidense. Se han ido los días en los cuales Barry Goldwater tenía el coraje de pararse frente al mundo y declarar que el “extremismo en defensa de la libertad no es un vicio.” Ahora el gobierno procura al parecer equiparar al extremismo con el terrorismo. Nada bueno puede surgir de un cambio así. Si el gobierno no puede incluso identificar de una manera no ambigua a las personas a las que se propone destruir, entonces carece de un adecuado interés en montar los ataques.

Aparte del deseo gubernamental de distraer la atención del público de la espantosa situación en Irak y de reprimir a los supuestos proveedores de extremismo, los principales funcionarios del gobierno han enfatizado que el nuevo eslogan refleja un deseo de librar una guerra ideológica más feroz. Tienen en mente no a la guerra ideológica que libran sin descanso contra los ciudadanos estadounidenses—apenas pueden emprender esa guerra más violentamente—sino a la guerra ideológica que libran contra los potenciales perpetradores extranjeros de terrorismo contra los estadounidenses y sus aliados. Según el consejero sobre seguridad nacional Steven J. Hadley, “precisamos contender tanto a la visión pesimista como ofrecer una alternativa positiva.” Bajo la secretaría de defensa, Douglas J. Feith elabora: “en última instancia ganar la guerra” exige “tratar la parte ideológica de la guerra que lidia con cómo los terroristas reclutan y adoctrinan a nuevos terroristas.” En síntesis, quienes pergeñan las políticas estadounidenses tienen la intención de aquietar a la amenaza terrorista planteada a los estadounidenses y sus aliados siguiendo un programa de relaciones públicas diseñado para persuadir a los fundamentalistas islámicos a abandonar su ideología actual en favor de una ingeniosa alternativa hecha en los Estados Unidos, que ofrezca una visión más brillante y una alternativa positiva, en gran medida similar a un fabricante de detergente que pudiese ofrecerle a los consumidores un producto que los librará de una antiestética aureola alrededor del cuello.

¿Deberíamos reír o llorar? ¿Son tan estúpidos los principales funcionarios de los EE.UU.? ¿No tienen idea alguna de cómo las personas sacan sus conclusiones más profundas? ¿No ven ninguna relación de causa-efecto entre la política exterior estadounidense y las reacciones que la misma produce de manera predecible? ¿Están tan acostumbrados a engañar al público estadounidense que consideran que pueden hacer lo mismo con la gente a la que bombardean, disparan, intimidan, y humillan cada día en Irak y en Afganistán o a los miles de millones alrededor del mundo cuyos medios locales de comunicación les presentan imágenes y relatos menos saneados de las brutales acciones de los EE.UU., que aquellas proporcionadas por Fox News y el Wall Street Journal?

Quienes establecen las políticas en los EE.UU., desean alcanzar una política de hegemonía global e imprimirla con una fuerza especial sobre las áreas del mundo ubicadas encima de los grandes depósitos de petróleo o sobre las rutas de tuberías para transportar el petróleo y el gas hacia los mercados mundiales. Desean apuntalar a gobiernos tiránicos, pero colaboradores, en lugares tales como Egipto, Pakistán, y Arabia Saudita. Desean ponerse siempre del lado de Israel en el conflicto israelí-palestino. Desean posicionar a sus fuerzas armadas en más de un centenar de países extranjeros y, en demasiados casos, emplear a esas fuerzas contra los locales políticamente contrariados, quienes podrían alterar el status quo. Sin embargo, los que definen las políticas estadounidenses pretenden creer que en medio de todas sus provocaciones a los musulmanes y a otros pueblos aquí y allá, pueden ya sea matar o embaucar a aquellos que se resistan y que den batalla a veces con medios terroristas de por sí moralmente reprensibles, sin duda, pero sin embargo comprensibles. En suma, los líderes de los Estados Unidos buscan obtener lo imposible.

Desafortunadamente, sin importar cuan absurdo pueda ser este curso de acción con relación al alcance de sus ostensibles propósitos públicos, el mismo sirve a los intereses privados de importantes sectores en los niveles superiores de la administración, del Congreso, de ciertas ramas de la industria (más notablemente a los contratistas militares y a las empresas petroleras), y al mismo tiempo satisface los anhelos ideológicos de los partisanos neoconservadores y las fantasías religiosas de ciertos cristianos fundamentalistas.

Solamente el pueblo estadounidense en masa puede exigir de manera efectiva un fin de dicha política exterior de los Estados Unidos. Actualmente, el pueblo parecería, aún muy lentamente, estar volviendo en sí, a pesar de que la historia demuestra que a menudo el mismo puede ser desviado de sus tendencias naturales mediante la propaganda ingeniosa, las falsas crisis, u otras triquiñuelas políticas. Solamente podemos esperar que eventualmente el pueblo estadounidense ampliamente se cansará de ser manipulado por sus engañosos líderes y que enfáticamente les expresen que basta es basta, que el gobierno debe cambiar de política, no de eslogan.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Asociado Senior en Política Económica en The Independent Institute, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.



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