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Evitemos amenazar a China respecto de su moneda
31/5/2005
Ivan Eland

Durante una reciente audiencia celebrada en el Capitolio, senadores de ambos partidos criticaron el fracaso de la administración Bush para ejercer presión contra China a fin de reducir el valor de su moneda, el yuan, etiquetando a esa nación como una “manipuladora monetaria.” Los legisladores se quejaron también de que el valor del yen japonés es demasiado alto. Pero tal interferencia del gobierno estadounidense en el comercio en ultramar es, en ultima instancia, contraproducente y podría implicar un gran riesgo de conflicto con otras naciones.

Con relación a las monedas extranjeras, al igual que con muchos otros temas, los miembros del Congreso responden a las necesidades de los poderosos, pero estrechos, intereses especiales a expensas del público en general, cuyo poder e intereses son más difusos. Las influyentes industrias estadounidenses que realizan ventas al exterior hacen frente a la competencia que representan las exportaciones chinas y japonesas, tornadas más baratas debido al yuan y al yen, monedas de las cuales muchos economistas sostienen que se encuentran mantenidas por sus respectivos gobiernos por debajo del valor de mercado. Desde 1995, el gobierno chino ha establecido el valor del yuan en 8,28 por dólar.

El banco central japonés, con más sutileza, adquirió grandes cantidades de dólares en el año 2003 para elevar al valor del dólar vis-à-vis con el yen. Pese a que Japón abandonó esa práctica en marzo de 2004, funcionarios japoneses han amenazado con reanudarla si el yen continúa subiendo contra el dólar. Adicionalmente al hecho de encontrarse en desventaja en los mercados mundiales contra los productos chinos y japoneses más baratos, el yuan y el yen artificialmente bajos vuelven a las exportaciones de los EE.UU. más costosas en los enormes mercados hogareños de China y de Japón.

A pesar de que las industrias de exportación estadounidenses se ven perjudicadas por el poder del yuan y del yen, los consumidores en los Estados Unidos disfrutan aquí en el país de productos importados provenientes de China y Japón más asequibles. Se escucha poco acerca de las ventajas que para los consumidores representan las monedas extranjeras más bajas, en virtud de que los consumidores tienen por lejos menos cabilderos en Washington que los que poseen las grandes firmas dedicadas a la exportación.

No obstante, el mundo sería un lugar mejor—y uno más rico—si los gobiernos chino y japonés evitasen tratar de influir sobre el valor de sus monedas y en su lugar, les permitiesen flotar en los mercados monetarios internacionales. Al distorsionar a sus propias economías, esos gobiernos, como los miembros del Congreso de los Estados Unidos, están apoyando a las prominentes industrias de exportación a expensas del consumidor común. Y mientras lo hacen, China y Japón podrían ayudar adicionalmente a sus consumidores abriendo más plenamente sus mercados a los productos y servicios estadounidenses, mediante una morigeración de sus barreras arancelarias y no-arancelarias.

Dicho eso, el gobierno estadounidense debería dar un mejor ejemplo evitando el tipo de presión sobre los gobiernos chino y japonés (y cualquier otro gobierno que utilice prácticas similares) que los miembros del Congreso están exigiendo. Si esos gobiernos desean pegarse un tiro en el pie, no hay razón alguna por la cual los Estados Unidos precisen dispararse uno en la cabeza. El establecimiento de un precedente para la interferencia del gobierno de los EE.UU. en el comercio de ultramar, podría generar una presión adicional por parte de grupos locales—por ejemplo, las industrias domésticas que compiten con las importaciones de China y de Japón—para vengarse por la manipulación monetaria china y japonesa recurriendo al establecimiento de barreras a la importación contra los productos de aquellos países.

Algunos senadores están ya amenazando con elevar los aranceles contra las mercancías chinas a menos que China eleve el valor del yuan. Y de acuerdo con el Financial Times, la administración Bush se encuentra privadamente comunicándole esa amenaza a los chinos, advirtiéndoles que el valor del yuan debe ser incrementado en al menos un 10 por ciento a efectos de evitar el enojo proteccionista en el Congreso. (La cifra del 10 por ciento es un ejemplo de burócratas gubernamentales que inventan un número arbitrario y lo aplican a los complejos mercados monetarios internacionales.)

De esta forma, la interferencia gubernamental en el mercado internacional puede en definitiva llevar a una guerra comercial entre las naciones. En la década de 1930, la Ley Smoot-Hawley que incrementaba los aranceles en los Estados Unidos fue seguida por la represalia de parte de otras naciones. Tal proteccionismo profundizó la depresión en todo el mundo, y la crisis económica global fue un factor que contribuyó a las causas de la Segunda Guerra Mundial.

Los Estados Unidos tienen ya suficiente tensión con una China que cuenta con armas nucleares, acerca de la cuestión de Taiwán y de los acrecentamientos militares duales, por lo que no precisan adicionarle a la mezcla una guerra comercial. En verdad, un nivel saludable de comercio internacional entre los dos países podría crear un grupo de presión a favor de la paz en cada nación y generar un mayor incentivo para evitar la confrontación militar.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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