No obstante la cháchara que gobiernos, organizaciones no gubernamentales y medios de comunicación siguen dedicando a la energía eólica y solar, sobre todo en la reciente Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada en Dubai -donde unos 200 países suscribieron un acuerdo no vinculante comprometiendo su apoyo para "alejarse de los combustibles fósiles"-, algunos líderes mundiales son conscientes de que la energía eólica y solar no serán suficientes y que los combustibles fósiles seguirán aquí durante mucho, mucho tiempo.

Suecia, por ejemplo, anunció recientemente una importante apuesta a favor de la energía nuclear, y los Estados Unidos y otros países se han comprometido a triplicar la capacidad nuclear para 2050.

Mientras tanto, sólo en el tercer trimestre de 2023, China autorizó más centrales eléctricas de carbón que en todo 2021. Montones de proyectos e inversiones en energía solar y eólica han sido cancelados o puestos en suspenso a medida que los costos empiezan a ponerse al día con la realidad, y la producción no parece estar ni cerca de donde debería estar a efectos de satisfacer las necesidades de la humanidad.

Aceptar la realidad nada tiene que ver con negar el cambio climático o incluso que la actividad humana desempeñe un papel junto al ciclo climático natural. Se trata simplemente de una cuestión de comprender que los decretos y la propaganda política eventualmente colisionan con la verdad.

La verdad es que (1) producir una unidad de energía eólica o solar requiere una cantidad significativa de energía, lo que desnaturaliza el propósito y hace que los resultados sean altamente ineficientes, y (2) el costo decreciente de la energía eólica y solar durante la última década se debió a tasas de interés artificialmente bajas y a una abundancia de combustibles fósiles baratos, gracias a la revolución del "fracking".

En cuanto a la verdad nro.1, para producir una unidad de potencia de salida, la eólica requiere tres veces más y la solar seis veces más energía tradicional que una central de gas natural de ciclo combinado. Eso se debe a que los paneles solares y las turbinas eólicas requieren muchas materias primas que dependen de los combustibles fósiles.

Respecto de la verdad nro. 2, el auge de la energía verde a bajo costo parece haber terminado. La energía limpia se está volviendo más costosa. Hasta hace poco, los defensores de la energía eólica y solar estaban pregonando el dramático descenso desde 2010 del costo de las energías renovables, medido en dólares por megavatio-hora. Pero eso era en función del capital y la energía accesibles.

La revolución del esquisto que comenzó hace 15 años convirtió al mayor consumidor de energía del mundo, los Estados Unidos, en su mayor productor, reduciendo drásticamente los precios de la energía. Por ejemplo, el yacimiento de Bakken, en Dakota del Norte, multiplicó por siete su producción en los años previos a 2020.

Otros yacimientos, como la cuenca del Pérmico, en el oeste de Texas, y el yacimiento de Marcellus, en la cuenca de los Apalaches (Tennessee, Kentucky, Ohio, Virginia Occidental, Virginia, Pensilvania y Nueva York), experimentaron un crecimiento similar.

Como era de esperar, el precio del petróleo [West Texas Intermediate] bajó de 196 dólares por barril en junio de 2008 a 73 dólares por barril a principios de 2020, antes de la pandemia, mientras que el precio del gas natural [Henry Hub] cayó de 18 a 2 dólares por millón de unidades térmicas británicas (BTU).

Dado que las industrias eólica y solar necesitan materiales de consumo energético intensivo como el acero, el hormigón y el cobre, el bajo precio del petróleo y el gas natural mantuvo sus costos de producción bajos. Pero eso ha cambiado, contribuyendo a elevar el costo de la energía solar en un 60% desde 2021 y el de la eólica en un 30%.

El capital también era barato. La Reserva Federal redujo drásticamente la tasa efectiva de los fondos federales del 5,26% a mediados de 2007 a prácticamente el 0% a finales de 2008 y básicamente la mantuvo ahí hasta 2016, cuando comenzó a subir ligeramente, alcanzando el 2,4% en 2019, muy por debajo de su nivel de mediados de 2007, cuando empezó a caer nuevamente. La lucha contra la inflación devolvió las cosas a la realidad. La tasa actual ronda el 5,33%.

El doble revés del encarecimiento de los costos de la energía y del endeudamiento que han afectado a las energías renovables es improbable que desaparezca en un futuro cercano, aunque nunca deberíamos subestimar la capacidad (y la voluntad) de los políticos para cometer la misma estupidez una y otra vez. No obstante, parece improbable que volvamos a ver pronto billones de dólares (trillones en inglés) de deuda a interés cero.

Dado el declive en la producción de los yacimientos de esquisto (con la excepción de la cuenca del Pérmico, pero que también parece cercana a su punto máximo) y la escasa inversión en energía tradicional debido al entorno político medioambiental, social y de gobernanza, la dinámica de la oferta y la demanda no apunta a un retorno sostenido de los bajos precios de la energía de los que irónicamente dependen las renovables.

Por eso veremos más grandes proyectos verdes cancelados, más países apostando por la energía nuclear (olvidando sus reacciones instintivas al accidente del reactor de Fukushima, Japón, en 2011), y cómo el petróleo, el gas natural y el carbón siguen disfrutando de una larga vida.

Según la Agencia Internacional de la Energía, se han invertido billones de dólares (trillones en inglés) en energía eólica y solar. Solo este año, la cifra ronda los 600.000 millones de dólares (billones en inglés). Sin embargo, la eólica y la solar sólo representan alrededor del 12% de la generación total de electricidad.

Imaginemos lo que hubiese ocurrido si no se hubieran beneficiado de capital y energía ultra baratos, para no hablar de los generosos subsidios de los contribuyentes que muchos gobiernos les han concedido. Hace tiempo que es necesario un replanteo serio.

Traducido por Gabriel Gasave


Alvaro Vargas Llosa es Asociado Senior en el Independent Institute.