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Plus Ça Change. . . Una plantilla para la guerra de los Estados Unidos en Irak*
10/3/2005
Robert Higgs

La composición de una narrativa histórica coherente, no es una tarea sencilla. Por suerte, el aspirante a historiador de la actual guerra estadounidense en Irak puede recurrir a relatos anteriores a fin de facilitar su labor, simplemente mediante la sustitución de una palabra aquí y de otra allá a efectos de lograr que el texto quede acorde con los nombres y lugares que resultan pertinentes en la actualidad.

Sin embargo, como lo evidencian las declaraciones que a continuación se transcriben, los patrones básicos tienden a persistir, de modo tal que nadie precisa padecer el tener que realizar una nueva búsqueda exhaustiva para poder estudiar cómo una guerra en particular debe ser combatida.

Entre corchetes, aparecen mis modificaciones al texto para aplicar el modelo a la guerra actual.


A efectos de obtener el apoyo popular para una política tan inútil [como es la de atacar y ocupar a Irak] los republicanos fueron implacables en sus esfuerzos por despertar un sentimiento jingoísta en el país.

Los demócratas, también, se encontraban deseosos de una aventura en el exterior.

. . . el pueblo estadounidense podría ser realmente distraído de sus preocupaciones domésticas si le fuese ofrecida la clase correcta de cruzada en el exterior.

Al incitar al aborrecimiento de [Saddam], al declamar pretextos intervencionistas, al alentar a los rebeldes para que prolonguen su lucha, al enmarañar oficialmente a los Estados Unidos en los asuntos de [Irak], los intervencionistas se inclinan por la tarea de cambiar la pasiva, si prometedora, compasión [por los iraquíes oprimidos] por un activo apoyo para combatir.

. . . el sentimiento intervensionista gobierna fuerte en ambos partidos.

. . . no hubo nada de independiente respecto de la prensa estadounidense. La misma era, de manera abrumadora, una prensa partidista, una prensa que repetía al punto del servilismo las políticas y la propaganda de uno u otro de los grandes partidos.[57]

Del mendaz periodismo beligerante de la prensa estadounidense, basta con decir que cualquier cosa que pudiese inflamar el sentimiento público en contra del [régimen de Irak] fue prominentemente informada, exagerada, o fabricada.

[Cuando George W. Bush asumió el cargo en el año 2001] . . . el principal empresario occidental aguardaba una administración pro-negocios, con fervor por ninguna reforma interna ni por cualquier abandono drástico de la tradicionalmente modesta política exterior de los Estados Unidos, un punto respecto del cual [Bush] jamás habló.

En su totalidad, los hombres lo pensaban afablemente débil.

No había nada de sutil respecto de los acuerdos [de Bush] con [Irak]. Desde el comienzo, reclamó el derecho de dictar la conducta [de Irak]. . . y a efectos de intervenir por la fuerza, esa conducta debía fallar en contar con la aprobación del gobierno estadounidense.

Los demócratas, por ahora, eran un partido unido y clamoroso de la guerra . . . .

. . . los [ataques del 11/09] exaltaron un profundo cambio en el sentimiento del público estadounidense.

A pesar de que [los ataques del 9/11] no generaron clamor alguno a favor de la guerra [contra Irak], los mismos han vuelto impacientes a la gran mayoría de los estadounidenses para ver por vez primera que las cosas se solucionen en [Irak], mediante la intervención estadounidense de ser necesaria.

El ultimátum estadounidense [al gobierno iraquí] fue severo.

Si [Bush] hubiese estado buscando una solución pacífica, las concesiones [iraquíes] ciertamente proporcionaron las bases para una.

Pocas naciones soberanas le han hecho alguna vez tales concesiones a una apotencia extranjera en épocas de paz, sobre sus propios asuntos internos. Las mismas no beneficiaban en nada a [Irak].

[El 19 de marzo de 2003] . . . el Presidente dio su mensaje de guerra . . . . el Presidente concluyó muy falsamente que había “agotado” todos los medios diplomáticos para asegurar la paz. [“Nuestra nación ingresa en este conflicto de mala gana—no obstante, nuestro propósito es seguro. El pueblo de los Estados Unidos y sus amigos y aliados no vivirán a merced de un régimen ilegal que amenaza la paz con armas de muerte masivas,” declaró Bush].

El apoyo popular para la guerra era más que abrumador. El mismo era jubiloso, exuberante, extático. Los estadounidenses le dieron la bienvenida a la guerra en un tumultuoso espíritu festivo. . . .

¿De qué había que inquietarse? ¡Los Estados Unidos eran buenos! ¡Los Estados Unidos eran auténticos! [¡Irak Libre!] En ese espíritu, generoso y vertiginoso, honrado e irresponsable, el pueblo estadounidense marchó a la guerra contra una potencia de quinta categoría, bajo el liderazgo de su Presidente ostensiblemente amante de la paz.

El conquistar y gobernar a [Irak] como una colonia estadounidense [de facto] era el principal objetivo de la guerra de [George W. Bush].

Las [fuerzas armadas de los Estados Unidos] . . . en aproximadamente [un mes], . . . destruyeron a las desgraciadas masas que pasaban por el [ejército iraquí]. La batalla no fue más arriesgada que una practica al blanco dado que [las tripulaciones de lo bombarderos, de los tanques, los artilleros, y los equipos de los mísiles crucero estadounidenses] simplemente disparaban a voluntad fuera del alcance de las armas [iraquíes]. . . . Las noticias de [las rápidas victorias estadounidenses] llevaron al populacho a un ataque de extático regocijo.

La lógica no es de ayuda para el vencido.

. . . el derecho internacional tampoco es de ayuda para el vencido.

La renuente aceptación de un hecho consumado fue la nota distintiva de la campaña de propaganda. . . . El pueblo estadounidense era invariablemente descrito como exigiendo ya, lo que los propagandistas estaban tratando de hacerle aceptar.

La degradación del lenguaje por parte de la mendacidad política nunca fue descripta de manera más adecuada que en la desesperada pretensión [de los neoconservadores] de que el imperialismo era un movimiento popular. . . . Ante todo, los propagandistas, siguiendo nuevamente a [Bush], realizaban frenéticos esfuerzos por negar cualquier intención imperialista. . . . La misma era atribuida a la tarea del “destino.” Era conceptuada no por el designio de los hombres, sino de la “Providencia.” . . . El control estadounidense de [Irak], insistían por ende los propagandistas, fue desagradable pero un inevitable “deber” en su tren, a saber, el deber de gobernar a [Irak, ya sea directamente o mediante títeres iraquíes]. . . . El propio [Bush] repudiaba severamente el termino “imperialismo.” . . . Si los Estados Unidos se estaban convirtiendo en una potencia imperial, eran un imperio meramente sin advertirlo. En eso insistían los propagandistas.

Si los demócratas hubiesen conducido la fortaleza de su partido contra los designios de [Bush], esos designios nunca hubiesen acontecido. Incluso sin una oposición demócrata, el pueblo estadounidense, con nada que lo guiase a excepción de la incesante propaganda [de la guerra], se encontraba dolorosamente dividido y confundido acerca de [Irak]. Incluso al finalizar la guerra, con la bandera estadounidense flameando sobre [Bagdad], no había ninguna exigencia popular para retener a [Irak] y ninguna evidencia de que incluso una mayoría lo favoreciera. . . . Para el éxito del designio imperial de [Bush], el cómplice silencio de los demócratas resultó ser decisivo.

A fin de complementar su argumento secular, por si acaso, [Bush] también invocaba a la Deidad.

Los mismos políticos que habían castigado [al régimen iraquí] por tratar de aplastar a los guerrilleros [kurdos y chiitas] apoyaban ahora a los esfuerzos militares estadounidenses para subyugar a los guerrilleros [sunnitas].


Por lo tanto, chicos y chicas, como verán no existe ningún problema para fabricar una guerra en los Estados Unidos modernos. El mismo proyecto sirve para todas las ocasiones; el régimen estadounidense solamente emplea las materias primas que están al alcance de su mano; y el pueblo es engañado con los mismos trucos una y otra vez– o, al menos, para cuando despiertan y se percatan de lo que se ha hecho, ya es demasiado tarde.

Para aquellos que deseen examinar la fuente original de mi plantilla, la misma es como sigue:

Notas sobre la Guerra Hispano-Estadounidense, de la obra Politics of War de Walter Karp

Las siguientes declaraciones están extraídas de la obra de Walter Karp, The Politics of War: The Story of Two Wars Which Altered Forever the Political Life of the American Republic (1890-1920) (New York: Harper and Row, 1979.) Los números de página aparecen entre corchetes.

A efectos de obtener el apoyo popular para una política tan inútil los republicanos fueron implacables en sus esfuerzos por despertar un sentimiento jingoísta en el país. [31]

Los demócratas, también, se encontraban deseosos de una aventura en el exterior. [41]

. . . el pueblo estadounidense podría ser realmente distraído de sus preocupaciones domésticas si le fuese ofrecida la clase correcta de cruzada en el exterior. [48]

Al incitar al aborrecimiento de España, al declamar pretextos intervencionistas, al alentar a los rebeldes para que prolonguen su lucha, al enmarañar oficialmente a los Estados Unidos en los asuntos cubanos, los intervencionistas se inclinan por la tarea de cambiar la pasiva, si prometedora, compasión por un activo apoyo para combatir. [49]

. . . el sentimiento intervensionista gobierna fuerte en ambos partidos. [56]

. . . no hubo nada de independiente respecto de la prensa estadounidense. La misma era, de manera abrumadora, una prensa partidista, una prensa que repetía al punto del servilismo las políticas y la propaganda de uno u otro de los grandes partidos. [57]

Del mendaz periodismo beligerante de la prensa estadounidense, basta con decir que cualquier cosa que pudiese inflamar el sentimiento público en contra de España fue prominentemente informada, exagerada, o fabricada. [58]

[Cuando William McKinley asumió el cargo en el año 1897] . . . el principal empresario occidental aguardaba una administración pro-negocios, con fervor por ninguna reforma interna ni por cualquier abandono drástico de la tradicionalmente modesta política exterior de los Estados Unidos, un punto respecto del cual McKinley jamás habló. [66]

En su totalidad, los hombres lo pensaban afablemente débil. [69]

No había nada de sutil respecto de los acuerdos de McKinley con España. Desde el comienzo reclamó el derecho de dictar la conducta de España en Cuba y a efectos de intervenir por la fuerza, esa conducta debía fallar en contar con la aprobación del gobierno estadounidense. [80]

Los demócratas, por ahora, eran un partido unido y clamoroso de la guerra . . . . [85]

. . . la explosión del Maine exaltó un profundo cambio en el sentimiento del público estadounidense. [88]

A pesar de que la explosión no generó clamor alguno a favor de la guerra, la misma ha vuelto impacientes a la gran mayoría de los estadounidenses para ver por vez primera que las cosas se solucionen en Cuba, mediante la intervención estadounidense de ser necesaria. [88]

El ultimátum estadounidense fue severo. [91]

Si McKinley hubiese estado buscando una solución pacífica, las concesiones españolas ciertamente proporcionaron las bases para una. [92]

Pocas naciones soberanas le han hecho alguna vez tales concesiones a una apotencia extranjera en épocas de paz, sobre sus propios asuntos internos. Las mismas no beneficiaban en nada a España. [92]

El 11 de abril, el Presidente dio su mensaje de guerra al Congreso. . . . el Presidente concluyó muy falsamente que había “agotado” todos los medios diplomáticos para asegurar la paz. [93]

El apoyo popular para la guerra era más que abrumador. El mismo era jubiloso, exuberante, extático. Los estadounidenses le dieron la bienvenida a la guerra en un tumultuoso espíritu festivo. . . . [94]

¿De qué había que inquietarse? ¡Los Estados Unidos eran buenos! ¡Los Estados Unidos eran auténticos! ¡Cuba Libre! En ese espíritu, generoso y vertiginoso, honrado e irresponsable, el pueblo estadounidense marchó a la guerra contra una potencia de quinta categoría, bajo el liderazgo de su Presidente ostensiblemente amante de la paz. [94]

El conquistar y gobernar a las Filipinas como una colonia estadounidense era el principal objetivo de la guerra de McKinley. [96]

El Escuadrón Asiático [estadounidense] . . . . en aproximadamente una hora, destruyó a los desgraciados buques que pasaban por la flota española. La batalla no fue más arriesgada que una practica al blanco dado que los navíos de Dewey simplemente disparaban a voluntad fuera del alcance de las armas españolas. . . . Las noticias de la victoria llevaron al populacho a un ataque de extático regocijo. [98]

La lógica no es de ayuda para el vencido. [103]

. . . el derecho internacional tampoco es de ayuda para el vencido. [104]

La renuente aceptación de un hecho consumado fue la nota distintiva de la campaña de propaganda. . . . El pueblo estadounidense era invariablemente descrito como exigiendo ya, lo que los propagandistas estaban tratando de hacerle aceptar. [104]

La degradación del lenguaje por parte de la mendacidad política nunca fue descripta de manera más adecuada que en la desesperada pretensión de los anexionistas de que el imperialismo era un movimiento popular. . . . Ante todo, los propagandistas, siguiendo nuevamente a McKinley, realizaban frenéticos esfuerzos por negar cualquier intención imperialista. . . . La misma era atribuida a la tarea del “destino.” Era conceptuada no por el designio de los hombres, sino de la “Providencia.”. . . El control estadounidense de las Filipinas, insistían por ende los propagandistas, era desagradable pero un inevitable “deber” en su tren, a saber, el deber de gobernar a las islas. . . . El propio McKinley repudiaba severamente al termino “imperialismo.” . . . Si los Estados Unidos se estaban convirtiendo en una potencia imperial, eran un imperio meramente sin advertirlo. En eso insistían los propagandistas. [105]

Si los demócratas hubiesen conducido la fortaleza de su partido contra los designios de McKinley, esos designios nunca hubiesen acontecido. Incluso sin una oposición demócrata, el pueblo estadounidense, con nada que lo guiase a excepción de la incesante propaganda expansionista, se encontraba dolorosamente dividido y confundido acerca de las Filipinas. Incluso al finalizar la guerra, con la bandera estadounidense flameando sobre Manila, no había ninguna exigencia popular para retener a las Filipinas y ninguna evidencia de que incluso una mayoría lo favorecía. . . . Para el éxito del designio imperial de McKinley, el cómplice silencio de los demócratas resultó ser decisivo. [106]

A fin de complementar su argumento secular, por si acaso , McKinley también invocaba a la Deidad. [108]

Los mismos políticos que habían castigado a España por tratar de aplastar a los guerrilleros cubanos apoyaban ahora a los esfuerzos militares estadounidenses para subyugar a los guerrilleros filipinos. [110]

*Nota del Traductor:
La expresión alude al dicho francés “Plus ça change, plus c''''''''est la même chose” que significa “Cuanto más cambia algo, más es la misma cosa”

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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