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El nuevo Presupuesto de Defensa de Bush
14/2/2005
Robert Higgs

Cuando la administración Bush hizo público recientemente su presupuesto para el año fiscal 2006, los medios de prensa, como siempre, pasaron un momento difícil al intentar buscarles sentido a las propuestas del gobierno para el gasto en materia de defensa. Hasta cierto punto, no podemos culparlos por su confusión, en razón de que incluso aquellos que siguen este tema de cerca tienen inconvenientes para clasificar las distintas formas que tiene el gobierno de consignar al presupuesto de defensa. Las cifras que aparecen en alguna parte de los documentos presupuestarios son por lo general dificultosas o imposibles de reconciliar con las cifras que se presentan en otras partes de los mismos. Los teóricos conspirativos podrían fácilmente concluir que el gobierno procura deliberadamente que una comprensión clara sea imposible. Más condescendientemente, podríamos concluir que el gobierno simplemente no sabe cómo llevar un juego limpio de libros.

El Presupuesto separa en distintas categorías al gasto propuesto, a las cuales aquellos ajenos al tema tienen problema para seguirlas correctamente: “desembolsos” son sumas de dinero a ser gastadas durante el año fiscal en cuestión; la “autoridad presupuestaria” incluye sumas de dinero recientemente apropiadas para ser gastadas durante al año fiscal en cuestión y quizás también durante varios de los últimos años fiscales. El “gasto obligatorio” incluye dólares que deben ser gastados (salvo un cambio en los requerimientos), en tanto que el “gasto discrecional” incluye dólares que pueden ser gastados (y normalmente lo serán).

En una sección del presupuesto denominada “Protegiendo a los Estados Unidos” aparece la afirmación: “Bajo esta administración, el Departamento de Defensa (DOD como se lo conoce en inglés) ha recibido los incrementos más grandes en el financiamiento desde la administración Reagan . . . . El pedido para 2006 representa un 41 por ciento de incremento respecto de 2001.”

En las tablas históricas del documento, sin embargo, tanto la Tabla 3.2 como la Tabla 4.1 muestran que los desembolsos propuestos para la parte militar del Departamento de Defensa para el año fiscal 2006 exceden la cifra del 2001 en casi un 47 por ciento. ¿Está siendo innecesariamente modesta la administración Bush respecto de sus logros al inflar el gasto militar o simplemente no se percata de lo que evidencia su propia información?

¿Tal vez el 41 por ciento del que habla, se relaciona con la autoridad presupuestaria en vez de con los desembolsos? Evidentemente, no. Cuando revisamos la información para la autoridad presupuestaria en las Tablas 5.1 y 5.2 de los documentos históricos, descubrimos, ante todo, que las cifras en esas dos tablas discrepan en $9, 5 mil millones con respecto a la autoridad presupuestaria militar del Departamento de Defensa en el año fiscal 2001. Dependiendo de las cifras de la tabla que utilizamos para 2001, el incremento para 2006 es del orden del 32 por ciento o del 36 por ciento—aún no muy cercanas al 41 por ciento sostenido en el texto y, por supuesto, mucho más lejos aún del cambio del 47 por ciento en los desembolsos.

En cualquier caso, la suma de dinero proporcionada al Departamento de Defensa es exigua para constituir la cantidad total que fuera apropiada para los propósitos militares. En verdad, en un estudio dado a conocer hace más de un año (basado en información del año fiscal 2002, los datos más recientes disponibles de manera completa al momento en que realicé mis cálculos), concluía que a fin de estimar la suma de todos los desembolsos relacionados con las fuerzas armadas en el presupuesto federal, una buena regla empírica es la de duplicar la suma de los gastos del Pentágono.

El propio presupuesto del Pentágono—para el año fiscal 2006, la ampliamente divulgada suma de $419 mil millones en la autoridad presupuestaria discrecional—no incluye: los costos de las ojivas nucleares, las que son producidas por el Departamento de Energía; las actividades relacionadas con la defensa del Departamento de Estado, incluido el “financiamiento militar extranjero”; los servicios militares pasados que son compensados en la actualidad mediante los beneficios suministrados a través del Departamento de Asuntos de los Veteranos; las actividades vinculadas a la defensa del Departamento de Seguridad Interior, tales como las actividades de defensa de la Guardia Costera; las distintas actividades relacionadas con la defensa de varios otros departamentos federales; o los actuales costos de los intereses de las actividades militares previas financiadas con endeudamiento.

Aplicando mi regla empírica, estimo que los desembolsos gubernamentales totales relacionados con las fuerzas armadas en el año 2006 serán cercanos a los $840 mil millones—o, aproximadamente a un tercio del presupuesto total, como opuesto al 16 por ciento que uno calcula al comparar la solicitud de parte del Pentágono de $419 mil millones con el pedido total de la administración de $2,57 billones (trillion en inglés.)

Entre los puntos prominentes que quedan fuera del presupuesto regular del Pentágono, se encuentran las sumas a gastarse en la prosecución de las al parecer perpetuas guerras en Afganistán y en Irak, las cuales actualmente consumen aproximadamente entre $5 y 6 mil millones por mes. Hasta ahora, la administración ha insistido con financiar a estos gastos bélicos sobre la base de apropiaciones suplementarias de “emergencia,” y unos $150 mil millones han sido obtenidos ya de esta forma. A comienzos de año, la administración espera solicitar una apropiación suplementaria adicional para la defensa de entre $80 y 100 mil millones para el año fiscal 2005 y más adelante otra de tales apropiaciones para el año fiscal 2006.

De acuerdo con el Representante Jim Kolbe, varios miembros del Congreso consideran que “esta guerra se ha vuelto una rutina suficiente como para que [aquellos a cargo de elaborar los requerimientos presupuestarios del Pentágono] fueran capaces de incorporarla en su presupuesto anual y así no tendrían que volver a nosotros por un financiamiento suplementario de esa envergadura.” Sin embargo, al mantener a este financiamiento separado del pedido regular, la administración Bush oscurece el impacto de la guerra sobre el presupuesto y, en las palabras del Representante John Spratt, “falsamente retrata el resultado final”—al menos a los ojos del ciudadano común, quien no presta la suficiente atención de cerca para apreciar lo que el gobierno se encuentra haciendo.

La administración Bush ha hecho un gran show recientemente respecto de que procura disminuir o eliminar el financiamiento para montones de programas federales, y unas pocas semanas atrás el Pentágono intentó sumarse a esta ficción al filtrar un memorando que inspiró titulares en el New York Times y en el Wall Street Journal que podrían haber hecho que los inversores incautos en las compañías de defensa perdieran el sueño: “El Pentágono dijo que Ofrece Recortes por Miles de Millones” proclamaba el encabezado del Times el 30 de diciembre, y “Los Recortes en la Defensa Afectarían a Lockheed, Northrop: Los Contratistas se Preparan para Perder Miles de Millones de Dólares en Pedidos a Medida que el Pentágono se Ajusta el Cinturón” advertía el titular del Journal el 4 enero. Los conocedores, sin embargo, deben haber dormido profundamente durante esta tormenta simulada, debido a que ellos tenían que saber que todo era una farsa política.

Muchos de los supuestos recortes fueron designados para que tengan lugar dentro de varios años en el futuro, en lo que los planificadores presupuestarios denominan los años “afuera”—para el gasto militar del año fiscal 2005, recorte alguno fue propuesto en absoluto. Resulta innecesario decir, dado el contexto político, para no hablar de la falta de certeza acerca del curso de los acontecimientos en el Medio Oriente y en otras partes, que toda esa “planificación” de largo plazo contiene una enorme carga de ilusiones aún cuando sea propuesta seriamente. El mayor problema en este caso, sin embargo, es el de que nada de dicha seriedad es agregada a estos recortes en primer lugar.

Como escribiera recientemente Winslow T. Wheeler del Center for Defense Information, los propuestos recortes en materia de defensa estarán, como aquellos conocedores siempre supieron que lo estarían, “muertos al llegar,” debido a los “gastadores del barril de los negociados políticos en el Congreso [y] a los burócratas civiles y militares de mente estrecha e insinceros en el Pentágono. . . . Mágicamente, se encontrarán justificativos para restaurar el financiamiento.” Ciertamente, el Pentágono realiza este tipo de triquinuelas cada año, normalmente tras conspirar con detenimiento con funcionarios del Congreso y de la Oficina de Administración y Presupuesto, quienes deciden de antemano quiénes pretenderán buscar qué, y cuánto cada parte interesada obtendrá en verdad finalmente.

Solamente el público en general toma seriamente a este flujo y reflujo mendaz. Si, no obstante ello, aún unos pocos votantes le conceden crédito a la administración Bush por al menos “intentar” restringir los gigantescos incrementos en el gasto del Pentágono, entonces este juego honrado en el tiempo de establecerlos y rebajarlos tiene sentido político. Al final, no obstante, como concluye Wheeler, “el tenue intento [en los recortes] será asesinado a sangre fría y, en Washington, nadie guardará luto. Por el contrario, venderán su heroísmo y celebrarán sus conquistas. Tan sólo el contribuyente sentirá la herida.”

Resumiendo, el presupuesto de la administración para el año fiscal 2006, junto con las trampas que de manera estratégica colocaron los representantes del complejo militar-industrial-parlamentario aseguran invariablemente que el tren de las gangas del gasto militar continuará corriendo a lo largo de la vía. Sin embargo, los contribuyentes carecen del derecho a quejarse. Como lo dejara en claro el presidente, ellos ya han tenido su oportunidad de participar en un “momento de responsabilidad,” y ahora, en lo que les concierne a George W. Bush y a sus lugartenientes, ese momento se ha ido para siempre.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Asociado Senior en Política Económica en The Independent Institute, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.



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