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Los derechos individuales versus las políticas de la identidad
6/10/2004
Wendy McElroy

“¿Hay en casa alguna vagina registrada para votar?”

“¡Métanse dentro de sus vaginas y hagan que su vagina vote!”

Estos fueron algunos de los comentarios vociferados durante el evento nocturno intitulado “Vaginas Vote, Chicks Rock” que tuvo lugar en la Ciudad de Nueva York el pasado mes de septiembre y que estuvo repleta de celebridades. Jane Fonda y Gloria Steinem estuvieron entre las notables en el programa que urgieron a las mujeres a registrarse para votar a fin de promover “los asuntos de las mujeres.”

Subyacente a esta retórica surrealista se encuentra la idea de que las mujeres comparten intereses políticos especiales alrededor de los cuales deberían marchar y votar como un bloque sólido.

Esto es algo distinto al hecho de apelar a las estadísticas. Decir que “la mayoría de las mujeres votaron de X forma durante la última elección” es un análisis de la información. Cada parte de manera muy razonable pondera dicho análisis para determinar qué significa y cómo el mismo puede ser empleado en el mejor provecho.

El decir que todas las mujeres votarán en el futuro de acuerdo con las cuestiones definidas por sus vaginas es un argumento ideológico.

Mucho podría decirse de la idea de que todas las mujeres poseen intereses políticos compartidos. Para empezar, eso es falso. Si observamos tan sólo uno de los temas electorales—el aborto—no existe consenso entre las mujeres, las que parecieran estar divididas por igual entre las que favorecen la libre elección y las que están a favor de la vida. Solamente al degradar a las mujeres pro-vida por ser “ignorantes de sus propios intereses vaginales” pueden los partidarios de las políticas de la identidad compartida explicar esta escisión.

Las mujeres no parecieran votar en base a sus genitales. En cambio, votan por el candidato alineado de manera más cercana con su visión del mundo. De hecho, luce extraño que las feministas del género sostengan que una mujer debiera pensar y votar como un órgano sexual. ¿Qué fue de su bronca respecto de ser tratadas como objetos y de la representación de las mujeres como partes corporales?

Tampoco es obviamente cierto que los intereses de las mujeres difieran de manera dramática de aquellos de los hombres. Por ejemplo, es difícil ver cómo cuestiones centrales a ser tratadas en la elección tales como el control de armas, Irak, el precio del petróleo, mejores escuelas o el terrorismo son más importantes para un sexo que para el otro o tengan un impacto significativamente dispar sobre uno de ellos.

La teoría subyacente a la asunción de “Vote con Su Vagina” es la de que las mujeres han compartido un interés político. La teoría tiene muchos rótulos, pero comúnmente se refieren a ella como la “política de la identidad.”

Una definición bastante estándar del término es: “La política de la identidad es la política grupal basada en los movimientos que afirman representar los intereses y la identidad de un grupo en particular, en vez de las cuestiones de políticas públicas relativas a todos los miembros de la comunidad. La identidad del grupo puede estar basada en la etnicidad, la clase, la religión, el sexo, la sexualidad u otro criterio.”

La política de la identidad divide a la sociedad en distintas clases políticas y declara antagonistas a sus respectivos intereses: los negros contra los blancos, las mujeres contra los hombres, los homosexuales contra los heterosexuales. El foco se posa sobre los “derechos” de un grupo específico—es decir, aquellas cosas que el grupo afirma merecer y que desea adquirir a través de la ley. Los “derechos” se encuentran comúnmente basados en la existencia de una opresión histórica.

Las políticas de la identidad son una nítida desviación del ideal tradicionalmente estadounidense según el cual los derechos son universales, no particulares. Es decir, que todos los seres humanos poseen los mismos derechos, los cuales no están determinados por diferencias tales como el sexo o la raza.

La presencia de la esclavitud en los Estados Unidos en el siglo 19 nos recuerda que el ideal no siempre fue realizado, a veces ni tan siquiera de cerca. A pesar de todo, fue el ideal de la Declaración de la Independencia—“todos los hombres son creados iguales”—hacia el cual las políticas se movieron de manera consistente.

La abolición de la esclavitud sostuvo que la raza era irrelevante para los derechos que un individuo podía detentar. La emancipación de las mujeres señaló en gran medida lo mismo. Cuando Susan B. Anthony argía por los derechos de las mujeres, no pedía un tratamiento especial, solamente el abrazar totalmente los derechos humanos. Ella escribió: “Nosotras [las mujeres] resistimos con el hombre negro en la Constitución por más de medio siglo. . . . emancipémoslo, y somos excluidas con los lunáticos, los idiotas y los criminales.”

Idénticos derechos ante la ley acarrea una fuerte presunción de que todos los individuos comparten el interés político fundamental de que se les respeten esos derechos. Considérese la libertad de expresión. Una mujer se beneficia con la protección de la libertad de expresión no menos de lo que lo hace un hombre. Posiblemente, una historia de opresión torna a la libertad de expresión personalmente más importante para una mujer; es parte de lo que le permitirá ascender a través de la educación y el mérito.

En contraste, la política de la identidad afirma que las mujeres y los hombres no comparten un interés similar en la libertad de expresión. Por ejemplo, si un hombre expresa puntos de vista sexistas, se dice que lo hace para “silenciar” a las mujeres y, por lo tanto, su discurso debería ser restringido a través de políticas tales como las leyes sobre el acoso sexual o los códigos de expresión en los campos universitarios. De este modo, la libertad de expresión pasa de ser un derecho humano a ser un instrumento de opresión que debe ser coartado por la fuerza.

Solamente si usted defiende los derechos de los grupos y rechaza los derechos individuales tiene sentido clamar por la solidaridad sexual a la hora de votar. Irónicamente, tal pedido revierte la tendencia política que le garantizó el voto a las mujeres en primer lugar. A saber, la demanda por la inclusión en los derechos humanos. La demanda por parte de las mujeres de tener sus derechos igualmente reconocidos así ya no se encontrarían más en una categoría legal separada “con los lunáticos, los idiotas y los criminales.”

Las primeras feministas que lucharon por la verdadera igualdad no hablaban de “intereses especiales.” Hablaban de los derechos humanos. El convocar a las mujeres para “meterse dentro de sus vaginas” deshonra a las valientes mujeres que rehusaron definirse a sí mismas como partes del cuerpo y anhelaban, en cambio, participar plenamente en la riqueza de una humanidad más amplia.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en the Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.




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