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No hagamos un blanco de las “armas de asalto”
20/9/2004
Don B. Kates Jr.

Patinando en las encuestas, el Senador John Kerry engañosamente acusa al Presidente George Bush de no promover una extensión de la prohibición federal de 1994 contra las supuestas “armas de asalto,” la cual ha expirado recientemente. Bush embusteramente responde que apoyaba la extensión de la prohibición y que la hubiese firmado de no haber sido porque el Congreso falló en sancionarla. Las declaraciones tanto de Kerry como de Bush son verdades a medias calculadas para despistar a los votantes.

Ha quedado en claro durante varios meses, que el Congreso no sometería a votación a la extensión de la interdicción sobre las “armas de asalto” (AW como se las conoce en inglés.) Ni el Congreso, ni los demócratas, ni Bush se encontraban deseosos de hacer de esta una cuestión política importante por las mismas dos razones.

La primera razón es puramente política. En las elecciones celebradas dos meses después que la prohibición de las AW fuese originalmente promulgada en septiembre de 1994, los propietarios de armas fueron tan exitosos en vengarse contra los defensores de la misma (la mayoría demócratas) que los republicanos ganaron el control del Congreso por vez primera en 50 años. Luego, en la elección del año 2000, Al Gore perdió en su propio estado, Tennessee, y tuvo contiendas muy parejas en otros, debido a que los propietarios de armas vieron a los demócratas como oponiéndose a las armas.

Este año, tanto los demócratas como los republicanos, considerando que los electores independientes serán especialmente importantes en las elecciones de noviembre, han evitado tomar posiciones de alta visibilidad respecto de las cuestiones atinentes a las armas.

A fin de evitar ofender a los votantes que se oponen a las armas, Bush y Kerry, a manera de un ritual, proclamaron su apoyo a favor de extender la prohibición de las AW—pero lo hicieron de una manera muy tenue para atraer a los votantes pro-armas, y a sabiendas de que el proyecto de ley nunca saldría de la Cámara de representantes. Asimismo, John Kerry, quien tuvo un antecedente en contra de las armas intacto durante sus 20 años en el Congreso, en la actualidad se presenta a sí mismo como un cazador. (Irónicamente, la pistola que blandiera en las recientes apariciones de campaña hubiese sido convertida en ilegal por las hiper-técnicas enmiendas que había apoyado para la extensión.)

La segunda razón para no apoyar la extensión de la restricción es la de que no existe tal cosa como un arma de asalto. A esto se debe que los tribunales hayan sostenido con regularidad que las prohibiciones a las ”armas de asalto” son inconstitucionalmente vagas a menos que armas o características especificas sean señaladas.

Los partidarios de la posición contraria a las armas han confesado que de manera deliberada utilizaron el termino “armas de asalto” a efectos de confundir a la gente y de hacerle pensar que las armas de fuego semiautomáticas de uso civil son lo mismo que los rifles de asalto (Ej., armas del tipo de las ametralladoras que son utilizadas por los militares y que desde hace mucho ha sido ilegal fabricarlas y vendérselas a los civiles). En verdad, los ejércitos no emplean AW en virtud de que, siendo tan solo armas de tipo civil, las mismas son mucho menos letales que los verdaderos rifles de asalto.

En efecto, pese a que las armas semiautomáticas civiles generalmente lucen como armas militares, son mucho menos mortales que incluso las armas de fuego civiles de caza. Las ”armas de asalto” disparan cartuchos de “bajo poder de fuego” tales como el calibre redondeado .223, el cual en un arma semiautomática es considerado demasiado débil para ser usada incluso para cazar cervatillos. Compárese, por ejemplo, los resultados en dos de los raros tiroteos que involucraron AW. En 1989 un lunático que abrió fuego en el patio de una escuela en Stockton, California, con un arma semiautomática le disparó a 34 niños y a una maestra pero mató solamente a seis de ellos. En contraste, en 1984 otro lunático abrió fuego en un restaurante MacDonald’s en San Ysidro, California, empleando varias armas, pero primariamente una pistola de caza corriente. Mató a 21 de las 31 personas a las que les disparó.

El sentido común nos dice que el objetivo del control de armas debería ser el de evitar que los locos posean armas de cualquier clase, no el de impedir que adultos respetuosos de la ley y responsables tengan rifles de bajo poder de fuego para cazar, tirar al blanco, para la defensa persona; o para cualquier otro clase de propósito legítimo.

Al urgir por la promulgación de la prohibición de 1994, los defensores de la postura anti-armas sostuvieron falsamente que las AW son especialmente deseadas por los criminales y usadas con frecuencia en la comisión de delitos. Pero al testimoniar ante el Congreso, la Handgun Control, Inc. tuvo que admitir que, “Estamos de acuerdo con la National Rifle Association de que en estos momentos, las armas de asalto juegan un papel pequeño en los delitos violentos en general.”

En la estela de la prohibición del año 1994, los grupos anti-armas le atribuyeron falsamente a esa prohibición la declinación de los homicidios y de los delitos violentos en la década de los 90. De hecho, la declinación se había iniciado en verdad años antes de que la restricción pudiese haber tenido algún efecto. Estudios sucesivos por parte del National Institute of Justice no han descubierto efecto alguno de la prohibición de las AW sobre el crimen. Como lo afirma el analista anti-armas de la Georgetown Jens Ludwig, la prohibición de las AW es “algo así como intentar reducir las colisiones de los vehículos a motor mediante la prohibición de automóviles que tengan llamaradas pintadas a sus costados.”

Al considerar los controles de armas, debemos recordar lo que nos muestran las investigaciones criminológicas: Las armas consideradas peligrosas están en las manos equivocadas, hay un empleo mucho más beneficioso de las armas que una mala utilización de ellas. Adultos respetuosos de la ley y responsables utilizan armas más de 2,5 millones de veces cada año para repeler y derrotar al crimen. Y los estados que han promulgado leyes que le conceden a los buenos individuos el permiso de portar armas para su protección, han experimentado no un incremento de la violencia criminal, sino una disminución de la misma.

Los delincuentes no tienen un deseo mayor de enfrentarse a una victima armada del que las victimas tienen de enfrentarse a un delincuente armado. Para ser sensibles, las leyes sobre armas deben concentrarse en desarmar a los criminales y a los insanos, y no a los adultos respetuosos de la ley y responsables comunes y corrientes.

Traducido por Gabriel Gasave


Don B. Kates fue crimonólogo y abogado constitucionalista e Investigador Asociado con the Independent Institute en Oakland, California.




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