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Las mujeres ausentes de China
1/9/2004
Wendy McElroy

China ha anunciado un programa para el “Cuidado de las Niñas” con incentivos financieros para aquellos que engendren hijas mujeres.

De acuerdo con la agencia oficial de noticias de China, 119 niños nacen en la actualidad por cada 100 niñas; la relación “natural” es de 103-107 por cada 100. Para el año 2020, se ha estimado que habrá en China entre 30 a 40 millones de inquietos solteros. Desgraciadamente, la “cura” propuesta simplemente prolonga el proceso que ha ayudado a crear la crisis: a saber, la ingeniería social.

La ingeniería social tiene lugar cuando un poder centralizado intenta manipular las preferencias de los individuos para hacer que éstos se comporten de acuerdo con un proyecto social. Es lo opuesto a permitir que la cultura evolucione naturalmente según las preferencias de los individuos. Las reglas son impuestas, a veces ofreciendo zanahorias pero usualmente blandiendo garrotazos.

A comienzos de los 80, la política de un solo hijo fue impuesta de manera selectiva sobre el pueblo chino como una forma de prevalecer por sobre la decisión popular de tener dos o más hijos. Los embarazos adicionales estaban sujetos a abortos compulsivos. La política de un solo hijo no buscaba reducir desproporcionadamente a la población femenina; la misma apuntaba a una reducción general. Pero la visión del estado de “una familia” no estaba incluida en las preferencias de los padres.

Generalizando, los chinos han preferido a los hijos por sobre las hijas, en parte debido a que la cultura ha menospreciado a las mujeres. Pero existen también razones prácticas. En las áreas rurales donde el trabajo duro implica sobrevivir, los hijos son usualmente más fuertes. Además, las hijas abandonan el hogar tras contraer matrimonio y su trabajo como adultas enriquece a las familias de sus esposos. De esta forma, cuando las familias rurales son obligadas a limitar el número de sus miembros, ellas pueden proceder a asegurarse el nacimiento de hijos varones. Si un estudio de ultrasonido revela que el feto es una mujer, la mujer puede abortar. (Una mejor tecnología ha contribuido también al desequilibrio en los sexos.) Si nace una niña, la misma puede ser muerta o enviada al exterior para que sea adoptada.

Así, el último censo chino muestra que las provincias rurales de Hainan y Guangdong tienen ratios de nacimientos por sexo de 135,6 y 130,3 niños por cada 100 niñas respectivamente. El desequilibrio en los sexos es lo que el teórico social Friedrich von Hayek llamaba una “consecuencia no querida.” Cada acto tiene consecuencias no previstas y no queridas que pueden determinar su impacto mucho más allá de la meta buscada con el mismo.

Hayek observaba al menos dos problemas prácticos con la ingeniería social, los cuales involucran ambos a las consecuencias nos queridas. El primer problema se relaciona con la naturaleza de una sociedad sana. Si es dejada al trabajo y a la ingenuidad de los individuos que la integran, la sociedad tiende a generar respuestas para los problemas que la confrontan.

Hayek utilizaba al lenguaje como un ejemplo tanto de la resolución de problemas como de las consecuencias no queridas. Nadie se sentó a planificar el desarrollo del lenguaje. Los seres humanos desarrollaron una forma de comunicación sofisticada y estandarizada porque deseaban comerciar y establecer relaciones sociales complejas. El lenguaje fue una consecuencia no querida, una herramienta que evolucionaba—a medida que la gente individualmente perseguía la meta deseada de la socialización. O, como Hayek lo expresaría, el lenguaje es “el resultado de la acción humana pero no del diseño humano.”

Para Hayek, cuando un gobierno va más allá de la apropiada función de proteger la libertad y comienza, en cambio, a imponer las decisiones, el mismo perjudica la dinámica de una sociedad saludable. Evita que los individuos se adapten y generen soluciones.

La segunda dificultad práctica con la ingeniería social era “el problema del conocimiento.” Al aceptar el Premio Nobel en Ciencias Económicas de 1974, Hayek explicó, “El reconocimiento de los limites insuperables a su conocimiento debería [proteger] al estudiante de la sociedad ... de no convertirse en cómplice de la puja fatal de los hombres por controlar a la sociedad—una puja que no solamente lo vuelve un tirano sobre sus compatriotas, sino que también puede convertirlo en el destructor de una civilización a la cual ningún cerebro a diseñado sino que ha surgido de los libres esfuerzos de millones de individuos.”

Con relación a China, Hayek sostendría que una burocracia centralizada no podría exitosamente diseñar las decisiones o determinar los resultados de cientos de millones de personas a las cuales él ni tan siquiera ha consultado. Esto se torna especialmente cierto a medida que las circunstancias cambian con el transcurso del tiempo. Todo lo que la burocracia puede hacer es intentar controlar a la gente limitando sus opciones. Y, cuanto más tiempo imponga el control social, más las consecuencias no deseadas persistirán.

Parte de lo que China enfrenta hoy día son las consecuencias no deseadas de dos décadas de largos intentos de hacer ingeniería social sobre la familia china.

La solución propuesta es la de introducir aún otro programa de ingeniería social, esta vez con el al parecer benevolente objetivo de incrementar el respeto por las niñas. Pero el control social chino no posee una historia benevolente. Aquellos que ven al programa “Cuidado de las Niñas” bajo esa luz deberían recordar que el programa de un solo hijo fue primero aplaudido como progresivo y voluntario por muchos occidentales.

En última instancia el desatino del programa “Cuidado de las Niñas” puede ser que el mismo resulta innecesario. Simplemente por tornarse escasas, las niñas se han vuelto altamente valoradas. La cuestión de “las niñas ausentes” hace que los comentaristas sociales especulen frenéticamente respecto del futuro de China. ¿Invadirán pandillas de jóvenes vagabundos a la nación, o China declarará la guerra a fin de extraviar su “obrante” de hijos varones?

Con una nueva apreciación de su importancia para la sociedad, el papel de la mujer en China parece encaminado a una redefinición. El gobierno chino puede colaborar de la mejor manera con ese proceso saliéndose del camino.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en the Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.




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