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Enfrentarse a dos grandes potencias a la vez es una mala política
Ivan Eland

Desde su inicio, la administración Biden parece estar enfrentada tanto con China como con Rusia. Richard Nixon estaría decepcionado.

A pesar de su reputación de anticomunista, Nixon consiguió que China y la Unión Soviética compitieran por mejorar sus relaciones con los Estados Unidos. Su apertura diplomática a una más débil y más radical China maoísta espoleó a la URSS comunista a desear la distensión con los Estados Unidos y a celebrar el primer tratado estadounidense-soviético de limitación de armas estratégicas (Tratado SALT I) para limitar los misiles nucleares de largo alcance.

Para su inmenso mérito, Joe Biden, casi inmediatamente después de asumir el cargo, renovó con Rusia un descendiente del Tratado SALT I, el Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START), por otros cinco años. Este tratado mitiga la única amenaza existencial para los Estados Unidos en su historia: la aniquilación termonuclear global. No obstante, la relación entre los Estados Unidos y Rusia es tensa, con la injerencia del régimen de Putin en las elecciones estadounidenses de 2016 y 2020, la incursión en Ucrania y los intentos de asesinar a opositores.

Las quejas de los Estados Unidos con China incluyen las disputas territoriales con sus vecinos en los mares del Sur y del Este de China, la opresión de los uigures en Xinjiang, en el oeste de China, la revocación de la democracia en Hong Kong, las prácticas comerciales percibidas como injustas y su acumulación militar, incluido su creciente arsenal nuclear.

A pesar de toda la publicidad que rodea a las malas acciones de Vladimir Putin, una China próspera y en ascenso es un reto mayor para Estados Unidos en el largo plazo. Idealmente, Biden debería hacer lo contrario que Nixon. Debería hacer las paces con una Rusia más débil para equilibrar al ascendente contrincante chino.

El escollo más importante para mejorar las relaciones con Rusia es su inaceptable intromisión en las elecciones estadounidenses. Aunque los Estados Unidos se ha entrometido en los comicios de otros países durante décadas (debería dejar de hacerlo), ese comportamiento ruso es una gran amenaza para la seguridad de la república estadounidense. Los presidentes Barack Obama y, especialmente, Donald Trump no castigaron lo suficiente a Rusia por este comportamiento intolerable. Pero ahora quizás Biden debería utilizar la zanahoria en lugar del palo, intentando un gran acuerdo con Rusia.

A largo plazo, Rusia -con una región de Asia Oriental poco poblada y una larga frontera con una China muy poblada- debería tener más que temer de esa nación que de los Estados Unidos, y por lo tanto podría muy bien apreciar una mejora en las relaciones con los Estados Unidos para equilibrar al rival más cercano. A cambio de que se le conceda una esfera de influencia tácita en Ucrania y Bielorrusia en la que Estados Unidos no se inmiscuya, Rusia tendría que acceder a desistir de manera permanente de interferir en las elecciones estadounidenses. Ucrania y Bielorrusia han tenido tradicionalmente un significado especial para Rusia, y ésta podría estar ansiosa por asegurar la seguridad allí. Durante siglos, los vulnerables accesos occidentales de Rusia han sido violados por potencias extranjeras, y millones de rusos han muerto en estas invasiones. Sin embargo, este gran acuerdo significaría que Ucrania nunca podría ser admitida en la OTAN, cuyo temor hizo que Rusia anexara Crimea y provocara disturbios en el este de Ucrania.

Del mismo modo, los Estados Unidos podrían mejorar las relaciones con China anunciando que no se involucrarán en las disputas territoriales en los mares de China Oriental y Meridional, algo que la administración Trump se había acercado a hacer. Estas disputas se encuentran al otro lado del vasto océano Pacífico y, por tanto, suponen una pequeña amenaza para la seguridad de los Estados Unidos. Biden debería preocuparse más por la bipartidista adopción del proteccionismo en los Estados Unidos que por lo que hace China en materia de política económica internacional, incluido el despilfarro que supone la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China en su intento de conseguir la siempre esquiva "influencia" en todo el mundo; las prácticas comerciales "injustas" de China son las que más le perjudican. Por último, los Estados Unidos deberían permitir que la comunidad internacional tome la iniciativa de criticar públicamente a China por la represión de los uigures y la democracia en Hong Kong.

En síntesis, en el siglo XXI, los Estados Unidos, con una deuda pública monstruosa y creciente, deben abandonar su aberrante -e inútil- política exterior posterior a la Segunda Guerra Mundial de patrullar el mundo entero. Si los Estados Unidos no reducen su presencia global, podrían seguir el camino de muchas naciones dominantes, incluidos los imperios británico y ruso, al verse muy disminuidos por un relativo declive financiero y económico. En cambio, los Estados Unidos deberían adoptar lo que Franklin Roosevelt se encontraba considerando antes de que se fascinara con la creación de las Naciones Unidas. Cada gran potencia -actualmente los Estados Unidos, China, Rusia, Alemania e India- se ocuparía de su propia región para amortiguar los conflictos a nivel local. Los problemas que crucen las fronteras regionales podrían abordarse en un Consejo de Seguridad de la ONU ampliado. Los Estados Unidos no tienen que replegarse sobre sí mismos, sólo tienen que ser realistas sobre lo que se puede lograr política y militarmente en el mundo, y en cambio concentrarse en reducir la deuda e instituir políticas que aumenten su influencia global alcanzando niveles de prosperidad sin precedentes.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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