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Las elecciones no son la manera correcta de gobernar a un país
2/8/2004
Pierre Lemieux

El principal efecto de las elecciones federales [canadienses] ha sido el de ilustrar una vez más sobre la ilusión de la democracia. El partido de Paul Martín obtuvo el 37 por ciento del 60 por ciento de los votantes registrados; lo que representa, como mucho, el 22 por ciento del electorado. Y él afirma: “Considero que tenemos un mandato del pueblo para actuar sobre las cuestiones que propusimos y obviamente intentamos cumplir con ese mandato.”

Quizás algo similar a la costumbre veneciana descrita por el economista Mancur Olson debería ser aquí implementado: “En Venecia, después de que un duque que intentó volverse autocrático fuera decapitado por su ofensa, los duques subsecuentes eran escoltados en las procesiones oficiales por un simbólico ejecutor blandiendo una espada, como un recordatorio del castigo pensado para cualquier líder que intentase asumir un poder dictatorial.”

Pero el problema de nuestro sistema democrático nos es solamente el de que una pandilla de políticos y burócratas gobierne en nombre del pueblo, es algo mucho más profundo que esto. La primera pregunta es, ¿quiénes son la mayoría y qué es lo que desean?

Nótese que esta pregunta resulta válida bajo la representación proporcional. Muchas reglas diferentes existen para prorratearles los votos a los representantes en el parlamento en una “representación proporcional.” El economista de la Escuela de la Elección Pública Gordon Tullock destaca que, “para un número dado de votantes con preferencias que no varían, cualquier resultado puede obtenerse mediante al menos un método de votación.” La representación proporcional es un símbolo para los estatistas románticos.

El misterio de qué es lo que desea la mayoría puede ser sintetizado de la siguiente manera. Se ha sabido por más de dos siglos que el voto de la mayoría puede producir inconsistencias, dependiendo de cuáles alternativas les sean ofrecidas a los votantes. Y un corolario del moderno análisis que realiza la escuela de la elección pública es el de que cuando los resultados inconsistentes son descartados y las cuestiones no son demasiado complejas, el “teorema del votante medio” irrumpe: a efectos de tener una posibilidad de ser elegidos, todos los partidos políticos poseen un incentivo para acercarse más y más al votante medio (el más típico) y, de esa manera, para volverse más y más parecidos.

Así, el voto mayoritario produce decisiones inconsistentes, ya sea una tiranía de la mayoría, o una tiranía de los mediocres. Y todas ellas son denominadas “mayorías.”

Pero esto no es todo. Los partidos políticos prometen una mezcla heterodoxa de políticas complejas y mal definidas con consecuencias que resultan imposibles de pronosticar. Y cada votante permanece “racionalmente ignorante,” como dicen los economistas, debido a que no se justifica para ellos perder tiempo en obtener información, porque su voto no va a hacer ninguna diferencia. De hecho, Martin no posee ningún mandato de algún votante, a excepción tal vez de entre su corte de intelectuales y de sus más cercanos colaboradores superiores.

Además, las leyes mordaza que limitan la libre expresión durante las campañas electorales implican que el resultado se encuentra cargado de una artificial igualdad de expresión. Y no hemos ni siquiera considerado la idea de que la intervención estatal vuelve a los individuos más y más adictos al estado, como lo sostiene el economista Anthony de Jasay.

La democracia es una ilusión en un sentido aún más profundo. Es un mecanismo aceptable para decidir quien gobernará, dado el acuerdo general sobre qué es lo que debe hacerse, pero es un sistema pobre para resolver los conflictos serios. Cuanto más amplia es la gama de cuestiones en las que la democracia totalitaria desea entrometerse, más conflictiva se torna.

En la práctica, la democracia presenta dos desafíos. El primero es el de evitar que los políticos y los burócratas gobiernen en nombre de un pueblo invisible. El segundo desafío es el de evitar la tiranía de la mayoría, o lo que sea visto o calculado como la mayoría.

¿Ofrecería la democracia directa (el referendo realizado por los ciudadanos, con libertad de expresión, por supuesto) una solución? La misma atacaría al menos al primero de los desafíos—lo que explica porqué le temen los estatistas o “estatócratas”- pero serían aún necesarias formas de limitar el alcance de la intervención democrática. De todas maneras, la democracia directa no podría ser peor que el actual sistema.

Traducido por Gabriel Gasave


Pierre Lemieux es co-director del Economics and Liberty Research Group en la University of Quebec en Outaouais y un Investigador Asociado en The Independent Institute en Oakland, California.




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