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Los crímenes en Abu Ghraib no son lo peor
10/5/2004
Robert Higgs

Los últimos días han sido agitados para los Supremos Mandatarios en Washington, D.C.. El Presidente George W. Bush y el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld han cesado su acostumbrada fanfarronería, pusieron sus caras más solemnes, y pronunciaron una disculpa tras otra por el mal tratamiento a los prisioneros en la prisión de Abu Ghraib por parte de soldados y mercenarios estadounidenses. A pesar de que el gobierno sabía acerca de estos desagradables, sádicos y estúpidos divertimentos desde hacía un largo tiempo, Rumsfeld mantuvo un estrecho control sobre la información, la mejor forma posible de barrerla bajo la alfombra oficial. (Sabemos que el gobierno lo sabía, porque el International Committee for the Red Cross, el cual efectuó varias inspecciones de los prisioneros en Irak, confirma que hace mucho “les dijo a los estadounidenses que lo que estaba aconteciendo en Abu Ghraib es censurable.”) Una vez que las fotografías salieron a la luz, por supuesto, más de una clase de infierno se desencadenó, y en la actualidad todos los principales perros del gobierno tienen sus rabos fruncidos entre sus piernas vergonzosamente. El Senador de Carolina del Sur Lindsey Graham les advirtió a los reporteros tras el interrogatorio a Rumsfeld en el Senado el 7 de mayo que “hay más por venir” y que “estamos hablando de violación y de asesinato y de algunos cargos muy serios” contra soldados y empleados civiles de los EE.UU. en Irak.

Pese a que Bush expresa que lamenta los “actos terribles y horribles,” y que Rumsfeld afirma que asume la “plena responsabilidad,” el presidente continúa expresándole confianza a su secretario de defensa, y el secretario afirma que no tiene ninguna intención de dimitir. Lo cual equivale a decir que ninguno de estos hombres prevé en absoluto hacer frente a ningún costo real, aparte del momentáneo bochorno, del destemple político, y del tiempo desperdiciado en hilar el asunto para el Congreso y el público. Mientras tanto, la administración está trabajando horas extras para cargar la culpa sobre algunos tontos de bajo nivel, de modo tal que todos puedan seguir haciendo campaña para la reelección de Bush.

Pese a que ningún principio se erige más alto en la doctrina militar que aquel de que el comandante asume la plena responsabilidad por las acciones de sus subordinados, ninguno de estos dos máximos comandantes militares tienen la decencia de renunciar—no tan sólo con relación a las revelaciones de la prisión, por supuesto, sino también en virtud de la plétora de acciones a través de las cuales han abusado de sus facultades constitucionales y generado una perdurable vergenza sobre los Estados Unidos—y nadie se encuentra en posición de destituirlos a excepción del invertebrado Congreso, cuyos miembros se cortarían los brazos y las piernas antes de procesar a Bush por sus crímenes de guerra.

Y no nos equivoquemos: torrentes de crímenes de guerra han sido, y continúan siendo, cometidos por los cuales estos hombres, junto con muchos otros agentes gubernamentales civiles y militares, sobrellevan la total responsabilidad. Después de todo, en violación de la regla de los Aliados aplicada contra los Nazis en el Juicio de Nuremburg con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, escogen lanzar una guerra agresiva, no provocada e innecesaria contra el pueblo iraquí, y durante el pasado año han comenzado a imponer la dominación de los EE.UU. sobre el pueblo conquistado mediante la rampante violencia militar. El que muchos iraquíes se hayan defendido contra sus ocupantes, de manera alguna justifica las acciones de los EE.UU.. Todos poseen el derecho a la defensa propia. ¿Qué haría usted si su país hubiese sido ocupado por asesinas y sádicas tropas extranjeras?

Los peores crímenes estadounidenses en Irak han recibido mucha menos prensa que las fotos de los soldados de EE.UU. divirtiéndose y jugando con los prisioneros en Abu Ghraib—no es que los prisioneros no fueran aterrados por estas viles diversiones—pero los crímenes verdaderamente terribles no han pasado totalmente sin ser informados, especialmente en los medios noticiosos fuera de los Estados Unidos.

El pasado 11 de mayo, una de las miles de dichas historias se abrió camino de alguna manera hasta The New York Times. La misma narraba como el 5 de abril de 2003, una casa en Basora había sido alcanzada por una bomba estadounidense que explotó y mató a diez miembros de la extensa familia de Abed Hassan Hamoodi. Los funcionarios militares británicos dijeron que habían recibido informes de que el General Ali Hassan al-Majid—el notorio “Químico Ali”- se encontraba en el vecindario. Por supuesto, el ataque, que demolió a un número de hogares y mató a veinte y tres de sus ocupantes, falló en matar a al-Majid. (En la frase “inteligencia militar,” el énfasis debería ser puesto siempre en la palabra “militar.”) Pero una de las bombas trajo fin a la mayor parte de los miembros de la familia de Hamoodi.

“Ammar Muhammad no tenía aún 2 años de edad cuando su abuelo lo sacó de los escombros e intentó darle resurrección boca a boca, pero su boca estaba llena de polvo y murió.” Hamoodi de setenta y dos años declaró que consideraba que la destrucción de su casa y la matanza de los miembros de su familia constituyen crímenes de guerra, y preguntó retóricamente: “¿Cómo se sentiría el Presidente Bush si tuviese que desenterrar a sus hijas de los escombros?”

¿Cómo, por cierto?

Las fuerzas estadounidenses han despachado miles de municiones de dispersión en Irak, a menudo en lugares densamente poblados. (En el área de Karbala-Hillah solamente, los equipos de los EE.UU. habían destrozado para fines de agosto del pasado año más de 31.000 bombas sin explotar “que aterrizaron sobre campos, hogares, fábricas y caminos . . . muchas se encontraban en áreas pobladas en las afueras de Karbala.”) El índice de mortalidad entre los niños, cuya natural curiosidad los atrae a las bombas que lucen interesantes, ha sido grande.

Khalid Tamimi y otros cuatro miembros de su familia estaban caminando en un sendero en Bagdad cuando su hermano, Haithem de siete años de edad, observó algo interesante, lo levantó y lo examinó, para luego dejarlo caer. La explosión de la bomba mató a Haithem y a su prima de nueve años, Nora, e hirió gravemente a Khalid, así como también a las madres de los niños, Amal y Mayasa.

El año pasado el mundo enteró supo de Ali Ismail Abbas, el muchacho de 12 años de edad que se encontraba durmiendo en su casa en Bagdad cuando un misil estadounidense impactó y la explosión le arrancó ambos brazos y mató a sus padres y a su hermano. Su desgarradora fotografía apareció en los medios noticiosos de todo el mundo, así como los reportes de sus angustiados lamentos pidiendo ayuda para que le regresaran sus brazos.

Recientemente, los feroces ataques estadounidenses contra Falluya han producido cientos de víctimas adicionales entre gente inocente. Allí, como en muchas otras áreas de Irak, los efectivos de los EE.UU. han abierto fuego de manera precipitada y sin el cuidado adecuado por los miles de civiles colocados en una situación de peligro mortal. “Estoy sentado en el funeral de mi único hijo, quien fuera muerto por la recia aptitud de los Infantes de Marina de los EE.UU. al tratar con los civiles,” dijo Abbas Abdullah a un reportero de Los Angeles Times. “Le dispararon en la cabeza, y murió instantáneamente.”

En el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca el 30 de abril, el Presidente Bush, desplegando su habitual aguda sensitividad, se jactó como a menudo lo hecho durante la campaña de que, debido a la invasión estadounidense, “ya no existen más cámaras de torturas o habitaciones para la violación o tumbas colectivas en Irak.” El presidente realizó su afirmación aún cuando la prensa de todo el mundo estaba dando a conocer las fotografías de las cámaras de torturas estadounidenses en Abu Ghraib e informando de peores crímenes contra los iraquíes detenidos allí y en otras partes, incluida la violación y el homicidio.

Además, las tumbas colectivas se han estado llenando durante semanas en Falluya, en su mayor parte con no combatientes. De acuerdo con un informe de Dahr Jamail en The Nation, “dos campos de fútbol en Falluya ha sido convertidos en camposantos.” Jamail informó también que “los estadounidenses han bombardeado un hospital, y numerosas fuentes nos dijeron que se encontraban disparándoles a las personas que intentaban entrar y salir de otra importante instalación hospitalaria.” Francotiradores disparan también a las ambulancias que desafían las peligrosas calles para trasladar a los heridos a los lugares improvisados de asistencia médica.

A lo largo de una tranquila calle residencial en Falluya, Rahad Septi de nueve años y otros niños estaban jugando a las escondidas cuando el piloto de una aeronave estadounidense A-10 dejó caer allí una bomba. Rahad, “pequeña flor” para su padre Juma Septi, fue muerta junto con otros diez niños, y otros doce fueron lastimados. Tres adultos también murieron. Jamal Abbas estaba conduciendo un taxi cuando cayó la bomba. Encontró a su sobrina Arij Haki de 11 años de edad con “la mitad superior de su rostro . . . que había sido volada.” Tras media hora de buscar en medio de la devastación, Abbas halló a su hija, Miad Jamal Abbas de 11 años, con su “cuerpo ensangrentado y desgarrado.” Ella murió más tarde en el hospital. “No había actividad militar en esta área,” dijo Saad Ibrahim, cuyo padre Hussein falleció en su tienda de la vecindad a causa de la explosión de la misma bomba. “No había tiroteo alguno. Este no es un campo militar. Estas son casas con niños jugando en la calle.”

Cuando Daham Kassim, su esposa Gufran Ibed Kassim, y sus cuatro hijos trataron de escapar del infierno del bombardeo estadounidense en su vecindario en Nasiriyah, se detuvieron en las afueras de la ciudad ante un control militar, donde, sin advertencia, los tripulantes de un tanque estadounidense explotaron su automóvil con el fuego de una ametralladora, matando a tres de los niños e hiriendo a todos los otros ocupantes del vehículo. Las tropas de los EE.UU., humanitarias como siempre, llevaron luego a los tres sobrevivientes del ataque a un hospital de campaña, trataron sus heridas, y los dejaron reposar en camas. A la tercer noche, sin embargo, los efectivos los echaron del hospital a fin de hacer lugar para soldados estadounidenses heridos. Como Kassim relata la historia: “Nos arrojaron como perros, afuera al frío, sin cobijo, o una manta. Eran los días de las tormentas de arena y de heladas durante la noche. Y yo escuchaba a Zainab [de cinco años] llorando: ‘Papá, Papá, tengo frío, tengo frío.’ Entonces ella se quedó en silencio. Completamente en silencio. . . . Mis brazos estaban quebrados. No podía cargarla o abrazarla. . . .Nos tuvimos que sentar allí , y escucharla morir.”

En Nasiriyah, solamente Kadem Hashem y su hija menor sobrevivieron cuando un misil de los EE.UU. impactó su vivienda. Su esposa Salima, cinco de sus hijos, y otros seis miembros de su familia que se encontraban en ese momento en la casa fueron muertos. Encontrando una fotografía entre los restos de su hogar, Hashem le comentaba al reportero Ed Vulliamy del The Observer: “Esta era mi hija del medio, Hamadi. La hallé muerta por quemaduras en el portal, se había encogido a cerca de un metro de alto.” Su hija sobreviviente, Bedour, descrita ahora como “lo que queda de una hermosa niña,” yace en el piso de la casa de un familiar. “Se encuentra marchita y petrificada como un gato muerto. Su piel es como un achicharrado pergamino plegado sobre sus huesos. Incapaz de moverse, parece encontrarse en un coma nervioso, pero abre sus ojos, con dificultad, para emitir un indescifrable lamento como un animal herido.” Hashem cavó una tumba colectiva para su familia en una ciudad santa cercana. “Los recogí y los coloqué en una tumba única en Najaf; mi dinero también se quemó y no pude costear el enterrarlos de forma separada.”

En mi conocimiento, ni el Presidente Bush, ni el Vicepresidente Dick Cheney, ni el Secretario de Estado, ni el Secretario de Defensa, ni el Secretario de Defensa Interino Paul Wolfowitz, ni el Subsecretario de Defensa Douglas Feith, ni Richard Perle (quien ha trabajado durante décadas en los niveles más altos dentro y fuera del gobierno para provocar los actuales horrores en Irak)—ni uno solo de ellos se ha disculpado con alguna de las victimas identificadas en los sucesos precedentemente señalados.

Lo que el gobierno estadounidense hizo en Abu Ghraib estuvo mal, pero lo que le hizo a Ammar Muhammad, a Haithem Tamimi, a Ali Ismail Abbas, al hijo de Abbas Abdullah, a Rahad Septi, a Arij Haki, a Miad Jamal Abbas, a Zainab Kassim, y a Bedour Hashem estuvo mucho, mucho peor.

Sus historias no son sino unas pocas de la decenas de miles que podrían contarse si una información más completa estuviese disponible a efectos de suministrar los detalles asociados con las repulsivas estadísticas sobre los muertos y los heridos entre la población iraquí. Relativamente pocos de los individuos muertos eran “terroristas,” miembros del partido Baath, o incluso insurgentes. La mayoría eran no combatientes; miles eran mujeres, niños y personas ancianas. El eufemismo militar para estas muertes es el de “daño colateral,” pero las mismas son realmente muertes. Después de todo, no ocurrieron por accidente; en las circunstancias, ellas fueron tan predecibles como el sol saliendo por el este. Al escoger involucrarse en la clase de acciones militares que tornaron a estas muertes inevitables, el gobierno estadounidense eligió de este modo provocarlas. La afirmación de que las mismas no fueron queridas carece en absoluto de toda sustancia.

Bush y Rumsfeld han estado ocupados disculpándose la semana pasada, de seguro, y las payasadas de la prisión de Abu Ghraib ciertamente claman por disculpas, así como también por un montón de esfuerzo adicional para contener a los sádicos y a los psicópatas sexuales entre los efectivos estadounidenses en Irak y para impartir algún grado de justicia a aquellos que han estado equivocados. No obstante este desorden total, su poderoso simbolismo sin embargo ha constituido una gigantesca distracción de los crímenes verdaderamente monstruosos cometidos, y siendo aún cometidos a diario, por las fuerzas de los EE.UU. en Irak.

Saddam Hussein languidece actualmente en custodia de los EE.UU.; su gobierno ha sido derrocado; ningún arma de destrucción masiva existía en Irak, y de esa manera el “desarmar” a los iraquíes de tales armas demostró ser innecesario. En síntesis, la declarada misión estadounidense desde hace mucho que ha sido cumplida plenamente. ¿Por qué entonces los Estados Unidos persisten en masacrar al pueblo iraquí?

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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